Ignorancia y fe, Siglo XXI

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Desde hace mucho tiempo me ha llamado profundamente la atención la relación del conocimiento, tanto con la catástrofe humana narrada en las Escrituras de la caída, como sobre la salvación del mismo.

Por una parte, la desobediencia, según el relato bíblico; llevó a Adán y Eva a comer del árbol del conocimiento del bien y del mal; pero por otra, en palabras de Jesús, es la salvación el conocimiento del Padre y de su Unigénito (refiriéndose a este último como a sí mismo).

Y en medio, se encuentra el conocimiento caminando de lado a lado; bailando con los desprevenidos transeúntes que describe el mismo texto bíblico; pero por sobre todo, de aquellos que se convierten en el objeto de los relatos, y por supuesto, quienes nos acercamos a ellos.

Y en ese trasegar se aparece el predicador con un quejido angustioso. Yo puedo sentir el dulce y adictivo dolor que emana de sus palabras, pero que a su vez, me identifica. Uno que no me ha dejado; tal vez porque yo, tan adicto como él, sigo teniendo algo de masoquista, o de iluso (en el mejor de los casos). Pero en fin, volviendo a las palabras de aquel abnegado comunicador de su época, me quedo pasmado con lo asertivo de la afirmación; “Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor” Eclesiastés 1:18.

Así las cosas, al parecer no tenemos muchas opciones para escoger. El conocimiento, o nos salva, o nos condena. Ignorarlo, de acuerdo al veterano autor, nos dará cierta tranquilidad, que más bien puede percibirse como un anestésico que nos mantiene contentos, llevándonos al margen de lo que verdaderamente podemos soportar.

Este último camino me resulta, no menos que peligroso. Ignorar el conocimiento en últimas no es más que embriagarse con el vino que sirve a la mesa la ignorancia. Yo conozco muchos que andan así, borrachos por la vida; por la iglesia, por la casa. Son tan felices que a veces me da envidia y quisiera unirme a la fiesta.

Pero me acuerdo que soy un melancólico, que lo mío no son los gritos, ni las carcajadas; sino la pesadumbrez de mi propia embriaguez, porque si de ignorancia hablamos, todos andamos con la botella debajo del brazo.




Entonces caminamos por la vida sin estar condenados del todo, pero tampoco salvos. ¿Cómo es que la condena es el conocimiento y la salvación también? Pero claro, cuando camino las veredas del medio, en donde ni lo uno, ni lo otro; entiendo que así vamos, tambaleando, haciendo camino al andar, como diría el cantor.

La diferencia es la elección. Alguien dijo que el conocimiento es el ejercicio de escoger selectivamente aquello que se ignora. Una deliciosa paradoja que quita el sueño, y que para quienes son conscientes de ella, es el camino a la muerte. ¡Pero como morir es ganancia!…

Aquí me quedo entonces muriendo, escogiendo, buscando qué ignorar y qué no (en lo posible, aunque lo posible no existe; así el predicador del domingo diga lo contrario, afirme que es lo imposible lo que no existe).

Yo ya tengo mi excusa para ahondar en la denuncia que leí en el Eclesiastés; muchos otros tienen la propia para mantenerse al margen, sedados, ignorantes. “Es que la letra mata”, dicen mientras sus obesas capacidades de razonamiento se regodean con una espiritualidad que canta lindo los domingos y se harta de lo que el pastor les dice. “Es que a Dios no lo podemos estudiar”, afirman otros que se mantienen a una distancia segura de los libros, esa que los aleja del peligro del cuestionamiento, la duda, el ejercicio fáctico del razonamiento. “Es que soy un custodio de la sana doctrina y no la puedo dejar escapar”, musitan otros, convencidos de sus palabras; de ese convencimiento que justamente le llega al caminante, quien perdido de la borrachera, tiene una laguna mental tan grande, que ya se ahogó en ella. Hace rato.

Yo los escucho y suspiro, mientras los veo borrachos desde mi propia embriaguez; no somos muy diferentes. Al final del día, su frescura y mi angustia se reúnen en las espesuras del universo para burlarse de nosotros, para seguirnos distrayendo y convencernos que lo estamos haciendo bien y que son esas borracheras, las que nos deben mantener alejados, en vez de vivir en la sobriedad del amor.

David (2)Por David A. Gaitan
Periodista – Pastor
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