Fe, Gracia y Escritura

martin-luther-2

¡Sola Fe!
¡Sola Gracia!
¡Sola Escritura!

(Decía el reformado)

-¡Pero te faltan dos mas!!!
-¿Quién es usted?-
-Martín Lutero. Para servirle…-
-¿Y qué mas me falta señor según usted???-
-Espere, deje tomarme este último sorbo de cerveza.
Le faltan dos mas… Libertad cristiana e iglesia reformada siempre reformándose.-
-¿Libertad cristiana???-
-Claro!! Es más, yo a veces me hago llamar “Lutero el libre”, una por mi apellido que viene del griego “eleuthero” que significa libertad y otra por la convicción de las implicancias de la Gracia.-
-… Mmm, ¿Puedo sentarme junto a usted para que me explique mas de eso???-
-Claro. Otto, ¡trae otra cerveza para el señor!!!-

———————————-

Estoy de acuerdo con Lutero.
Creo que afirmar
Sola Fe
Sola Gracia
Sola Escritura

Sin la libertad y el desafío de seguir reformándose, de seguir avanzando es definitivamente peligroso.

Porque sin la libertad y el constante ejercicio de seguir el diálogo teológico, la Fe en el Jesús vivo y actualizado en su iglesia a través de su Espíritu, se deforma en la Fe estática hacia un sistema que se afirma irrefutable y que muestra a un Jesús construido desde una lectura que se quedó con preguntas exclusivas del siglo 16.

La Gracia, que los reformadores casi exclusivamente la entendieron desde una mirada judicial, no es sólo eso (quizás poco tiene que ver con eso).

Gracia es la autodonación de Dios, que camina con el hombre invitándole a seguirle para la construcción de aquella utopía maravillosa llamada Reino, esa sociedad alternativa donde hombres y mujeres en un acto de libertad (porque el amor solo se puede dar desde la libertad y no desde la manipulación o la presión de cualquier agente externo) son convocados sin merecerlo a compartir la mesa de comunión como hermanos, y desde ese símbolo de fraternidad y amor comprometido, también experimentan esa gracia no solo como regalo, sino como exigencia, pues así como Dios nos perdona y nos recibe, nosotros debemos vivir para los demás desde el perdón y el amor.

Esa Gracia la podemos trasformar en meras ecuaciones racionales y sectarias, que se reducen sólo a argumentos que alimentan más el orgullo asolapado de sentirse “escogidos”, que verlo como el llamado a la praxis de ser amados para amar a los demás.

Y las Escrituras, que siendo una compilación de libros escritos por personas de un mundo que ya dejó de existir y que frente a ese encuentro revelador con Dios registraron ese acontecimiento usando como medio del mensaje, la lengua, con sus códigos y formatos literarios tan diversos, desde la fe le damos a esa colección de libros la categoría de Inspirados por Dios, pero eso no anula que al ser un libro, como tal se perfila en el horizonte de la interpretación.






Por fe decimos que estos libros compilados registran esa respuesta de diferentes autores al acontecimiento revelador con lo divino, y ese acontecimiento tuvo su punto climax en la aparición de Jesús de Nazaret, que desde la Fe , le reconocemos como Dios encarnado y como la palabra final y autoritativa para enseñarnos en última instancia quién es ese Dios que se ha venido revelando.

La vida de Jesús, para los cristianos se transforma en el punto neurálgico desde donde se debiera leer todos los demás escritos. Él es el Verbo, la Palabra de Dios hecha carne. Como dice el evangelio, ” A Dios nadie le ha visto (conocido) Jamás, pero el hijo lo ha dado a conocer”.

En Jesús, es decir, en lo que hizo en su vida, se conoce qué es lo que Dios hace.

En Jesús y sus intereses se conoce cuáles son los intereses de Dios.

Así también, en Jesús y su desinterés por algunas prácticas se sabe cuáles son las cosas que tampoco a Dios le interesa. En otras palabras, si a Jesús nunca le interesó instalarse en el poder de turno, nunca le interesó establecer castas sacerdotales, nunca le interesó hacer show de sus actos milagrosos, nunca levantó la piedra, no buscó encerrar a Dios en edificios sagrados, etc; a Dios tampoco le interesan esas cosas.

En Jesús y sus denuncias también se sabe qué es lo que Dios también denuncia.

En Jesús y la gente que él buscaba para compartir la mesa y la alegría, se sabe también a quién Dios busca con amor y alegría.

La mala noticia, es que las Escrituras pueden transformarse en una herramienta que promueve justamente valores que se alejan totalmente de la persona de Jesús.

¿Y cómo se llega a eso?

Cuando leo la Biblia desde el literalismo inflexible, del cual incluso el mismo Jesús fue crítico, o desde los moldes ya preestablecidos desde donde se nos enseñó a entender el texto sagrado. Y es ahí cuando terminamos defendiendo, no el texto en sí, sino la interpretación del mismo que fue envasado desde una tradición determinada y que se presenta como la única y absoluta manera de entenderlo.

O también podemos terminar encajando la Biblia en un “sistema teológico” con sus preguntas y respuestas ya diseñadas de antemano y que pretende ser para todos los tiempos y para todas las personas.

Las implicancias de ese ejercicio es  creer más en el sistema o en el método teólogico que en una lectura sin juicios predeterminados.

Un sistema teológico nos puede ayudar, pero siempre teniéndolo a raya, porque ese sistema responde a una lectura,  que primero, pertenece a un momento muy diferente al contexto en que se escribió originalmente el texto sagrado y que intenta interpretarlo con preguntas y una visión del mundo no solo ajeno al contexto primero del texto, sino también ajeno a nuestro propio contexto y a nuestras propias preguntas.

Las últimas consecuencias de una lectura así nos llevarían a un texto ajeno a su contexto primero y con respuestas que no tienen nada que decir a las preguntas que hoy nos hacemos en nuestro tiempo.

ulisesPor: Ulises Oyarzún
Teólogo – Comunicador
Facebook / Ulises Oyarzún
Twitter / @UlisesOyarzun 

Un comentario en “Fe, Gracia y Escritura

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *