El Camino del Evangelio y la limitación de la Ley

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La vida cristiana, en cualquier sentido, siempre significa apersonarse de una posición ética. Y máxime si provenimos del cristianismo protestante. Casi que nacimos en la disidencia moral frente a la tibieza e hipocresía de la Iglesia Católica.  Por esta razón, es común observar que un protestante, efectivamente, le proteste a todo lo que moralmente no le cuadre.  Ahí está, entonces, un profundo dilema que quiero discutir aquí. Para eso tomaré el pasaje de Lucas que habla sobre hacerse talegas o bolsas que no se corrompan, refiriéndose al Reino de los Cielos, el cual dice:

Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye. Lucas 12.33 (RVR1960)

Muchas veces se ha dicho sobre este pasaje que pertenece a la escatología, es decir, a aquellos textos que hablan sobre la vida después de la muerte. Y eso en principio está bien. Mi propuesta es releer eso de las talegas ‘corruptibles’, que en Lucas son literalmente talegas viejas, obsoletas. Eso ilumina otra comprensión del texto, pero también de la economía del reino. Las talegas viejas en Lucas son como los odres viejos y los trajes viejos (Lc. 5:33). Para Lucas esas referencias metafóricas de lo viejo se asocian a la obsolescencia de la ley como vínculo vigente entre Dios y nosotros, y también como el mejor regulador de la relación con nuestro prójimo. Sin embargo, Lucas dirige nuestra atención a una tercera relación, nuestra relación con las cosas mismas, con las cosas inanimadas que habitan nuestro mundo.

Es pues, en este tercer horizonte que se pone en juego la eficacia del amor cristiano. Lucas escribe que Jesús dijo: “Vendan lo que tienen, y den a los necesitados” (DHH) En otras palabras aquí se estira el chicle hasta cuestionar el vínculo que rige la relación entre nosotros y el mundo de las cosas que poseemos, eso a mí me cautivó. Esta es, digamos, una poderosa reflexión teológica sobre la economía.

Una de las formas como veo esto es que la clave interpretativa está en las bolsas, las talegas. En otras palabras, las talegas nuevas son un correlato de la gracia -siempre inmerecida- pero ahora aplicada a las posesiones, o sea, posesiones inmerecidas. Las cosas que hoy están frente a nosotros, las cosas que son nuestras, vivimos con ellas como si las hubiéramos obtenido por nuestros valiosos méritos (ley), sin embargo, viene la gran pregunta: ¿estamos dispuestos a reconocer que hay cosas que tenemos por pura gracia? y a partir de allí compartirlas bajo la misma perspectiva, la perspectiva de la gracia. Allí veo la gratuidad.

 

Ahora bien, quizás el mejor ejemplo de la gratuidad que veo es el de la reconciliación. La expresión más bella de algo que podemos poseer, compartir, y sobre lo cual no existe nada creado que lo pueda destruir. Incluso, sin temor a equivocarme podría asegurar que ni siquiera la ley puede con la reconciliación. El perdón es la violación más tajante de la ley y de sus efectos.

Un comentario más sobre lo que aquí se entiende como Ley y cómo funciona. La naturaleza del vínculo legal en cualquiera de sus formas se produce casi siempre de la misma manera: Lenguaje – Norma, cumplimiento – incumplimiento, castigo – premio= imperio de la ley. Incluso la Ley de Dios produjo lo misma dinámica. Y en cualquiera de los dos casos la ley produce el mismo mundo, uno en el que es necesario un juez, un abogado, un precio a pagar, una sentencia y obviamente un ente acusador. Un mundo en el que finalmente el ojo por ojo es lo justo. Es en este sentido que digo que esa producción de mundo es la que tenemos, a través de ella nos vinculamos con Dios, con el prójimo y con las cosas mismas.






Ahora pasemos al correlato de la gracia, de la gratuidad. El Evangelio, por su parte, introdujo otra dinámica, otro mundo, otro modo de producir humanidad. Anuló el poder de la ley cumpliéndola y ridiculizando su eficacia. El más justo de los justos fue torturado de la forma más dolorosa posible. Y todo por la ley. Jesús demostró que ese no es el mundo de su Padre. El mundo del evangelio se mueve por la gratuidad inmerecida, por la gracia de sabernos redimidos por amor y por lo tanto, también redimimos a los que nos ofenden, de ese modo rompemos la Ley del Talión y por gracia redimimos las cosas que poseemos y así anulamos la ley del mercado, pues no reconocemos como nuestras las cosas, sino que podemos compartirlas con aquellos que las necesitan, dando gratuitamente, aquello que hemos recibido gratuitamente. El evangelio redimensiona la belleza de la vida con Dios con los demás y con las cosas a partir de la gratuidad. Por eso el diablo (el acusador, el fiscal, el mayordomo, el dueño de este mundo) y todos los que se inspiren en él quedan sin poder frente a quien se apoye en el poder del evangelio. Bueno o por lo menos así ha sido la historia de muchos cristianos a lo largo de los siglos.

Es muy común ver en distintos escenarios a muchos intérpretes de la Biblia que la citan como un abogado a un código civil o como los escribanos a la Ley judaica. Y eso es un modo de interpretación que usan muy bien: organizan las citas bíblicas desde su sentido literal, de la misma manera en que lo hacen los abogados. Pero precisamente son esos modos de interpretación jurídica (de la Ley) de los que me cuido para entender a Jesús. Me da algo de sospecha cuando todo parece cuadrar en un sistema doctrinal perfectamente articulado en proposiciones y disposiciones que califican la legalidad o no de algo. Es un modo respetable de interpretar un texto sagrado, pero demostradamente insuficiente o por lo menos obsoleto. Los lenguajes para hablar de Dios superan el lenguaje forense de la Ley.

Quisiera resaltar la insistencia paulina en rechazar a quienes deseaban hacer del evangelio una “herramienta de trasformación por la ley”. Esa fue una contundente afirmación contra la tesis de que el evangelio está para “cambiar” a la gente, de modo que se sujete a una norma o ley. Si uno se pierde de eso, no queda versión de Evangelio puede quedar viva.

Y sobre la soteria, que es el estudio de la salvación, me encantaría poder mostrar el uso de esta bella palabra en la literatura de la época. Si se conocieran todos los poemas, canciones, obras y sentimientos que expresaba esta palabrita, se sabría que esconde todo un mundo de realización y liberación humana. Una tal, que valía la pena morir por ella. Y era eso precisamente, la esperanza por la libertad, la promesa de ser quien se era, y ser aceptados como tales. A estos se les conoció en el mundo antiguo como las ovejas del otro redil. Y no es broma. Los primeros cristianos fueron gente dignificada en su ser. Afirmados. La trasformación viene luego.

El evangelio para mí no es un producto que haga cambiar a la gente de algo a otra cosa. Creo que eso fue lo que quiso Simón el Mago en los Hechos, y también toda la línea de cristianos judaizantes (ebionitas) hacer que eso del evangelio sirva para algo. En eso no podría estar nunca de acuerdo.

Lo que yo le entiendo a los evangelios, los apóstoles, los padres de la iglesia y la iglesia protestante es que el evangelio tiene su propio poder, intocable por nuestras preferencias o tendencias ideológicas, que Dios por su propia y misteriosa forma de proceder embellece la vida de quienes lo buscan y que nosotros no tenemos ya ninguna autoridad en emitir algún tipo de juicio sobre la felicidad (soteria) de nadie, máxime cuando esa persona está siendo movida por el Espíritu. Eso, fue el único pecado el cuál ni el mismo Jesús podría perdonar.

En síntesis, la Ley son las talegas obsoletas, viejas, que no son suficientes para llevar con nosotros la inmensidad de la gratuidad ofrecida por el Evangelio, la Ley se queda corta, está limitada, es insuficiente; en cambio las bolsas nuevas no tienen límites, reciben y dan gratuitamente. Así, hemos recibido del Padre, un perdón y un amor sin igual; de la misma manera en que somos invitados a reconciliarnos con nuestros cercanos y también con nuestros enemigos, somos aquellos que no estimamos nada como propio, sino que hemos entendido la abundancia de la gracia, que no escatima.

edwin-alexander-villamilPor: Edwin Alexander Villamil
Teólogo – Escritor
Facebook / Edwin Villamil

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