El día que callamos para encontrarnos con el gran misterio: Aportes de la teología indígena para una resignificación de la espiritualidad urbana

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Estoy convencida de que los buenos textos siempre se las arreglan para salir a nuestro encuentro. Hace tiempo, un gran amigo tuvo la amabilidad de presentarme a Hugo Jamioy Juagibioy, poeta del pueblo camënts̈á (Colombia) y su obra Danzantes del viento. Cuando leo porciones de su oralitura, me encuentro con destellos de sabiduría y de tradición que me permiten adentrarme un poco más en la forma de ver el mundo de esta comunidad que habita el valle del Sibundoy, y que hace eco a otras cosmovisiones no muy conocidas en el mundo evangélico urbano latinoamericano.

Para esta ocasión, voy a citar en varias ocasiones a Jamioy y a otros indígenas de distintas partes del mundo que han puesto en palabras ciertas ideas y reflexiones que iré hilando con inquietudes y lecturas propias y de otras personas no indígenas sobre temas vitales, como la espiritualidad, la forma en la cual diversos grupos humanos la entienden y la viven, y cómo un diálogo (¡Ojo! No dije monólogo) respetuoso y pausado puede enriquecer nuestra construcción de fe, comunidad y otros elementos importantes.

Inicio con un poema de Jamioy (2010) en su lengua camënts̈á y en español:

Nÿe chë luaroy cochtsay

Inÿe chë luaroy cochtsay
jtsebosán bid jëftsebomnam;
ndocna luarentsa yentsang quematsmënëng
yëts mochantsuenan jtsichamuan

Bëng tsënjamna ca;
ndoñe inÿe luarëngocan Puebl shjajnëng
bëng camuentsëng fsëndmën yentsang
puebl fsëndmën.

Fshants jashenoiquentsan onynanëng
quem luarentsa oyjuay sosong
taitang tojëftsayents bashejuán
uáman luar uaishanÿang
uaishanÿang y enyeonan yentsang.

Chë luar enangmen Puebl
bëngbe báseng
oyejuayëng y quetsomñëngcá chamuetsiyenam..

Solo a ese lugar debes ir

Presta bien atención, dice mi taita:
Debes llegar a la tierra
donde te esperan.

Si alguna vez pisas lugares
sin que nadie te haya invitado,
habrás violado la inocencia de esa tierra
porque es sagrada,
y te habrás sumergido
para envenenar el agua
que solo a los que allí viven baña.

Te habrás inmiscuido
en lo que no te concierne.

No soy crítica literaria, tampoco sé mucho de poesía, pero cuando pienso en lo que dice el texto, me parece que es válido en diferentes contextos y puede ayudarnos a los creyentes urbanos contemporáneos a entender y evaluar la forma en que nos relacionamos con individuos y comunidades distintos a los nuestros. El taita le está explicando normas de cortesía (en el sentido pragmático) a su oyente. Le cuenta que es un imperativo “llegar a la tierra donde [lo] esperan”, en vez de “pisar lugares sin que nadie [lo] haya invitado”. El principio no está apelando a lo que en la ciudad llamaríamos la “buena educación”, sino que va más lejos y lo relaciona con el territorio, lo sagrado y lo propio:

 Si alguna vez pisas lugares
sin que nadie te haya invitado,
habrás violado la inocencia de esa tierra
porque es sagrada,
y te habrás sumergido
para envenenar el agua
que solo a los que allí viven baña

Siguiendo el hilo de pensamiento del taita, quisiera plantear(nos) una pregunta en la tarde de hoy: Como cristianos, ¿hemos sido invitados por las comunidades indígenas para ir a sus territorios y entablar conversaciones sobre Dios y su/nuestra espiritualidad? El taita dice que inmiscuirse es equiparable a envenenar; nosotros decimos que debemos pisar tierras “no alcanzadas” y “ganar almas para Cristo”. Muchos pueblos indígenas equiparan el proceso de evangelización con una violación a lo sagrado; nosotros lo leemos en términos de victoria y redención del alma india bajo el famoso lema: Matar al indio; salvar al hombre (Pratt, 1892), el cual retomaremos más adelante.
Al “[habernos] sumergido para envenenar el agua que solo a los que allí viven baña”, no deberían sorprendernos acciones como las de los indígenas Máximo Flores, Emo Valeriano y Ramiro Reinaga, quienes leyeron una carta abierta al papa Juan Pablo II en su visita a Perú en 1985:

Nosotros, indios de los Andes y de América, decidimos aprove¬char la visita de Juan Pablo II para devolverle su Biblia, porque en cinco siglos no nos ha dado ni amor, ni paz, ni justicia.

Por favor, tome de nuevo su Biblia y devuélvala de nuevo a nuestros opresores, porque ellos necesitan sus preceptos morales más que nosotros. Porque desde la llegada de Cristóbal Colón, se impuso a la América, con la fuerza, una cultura, una lengua, una religión y unos valores propios de Europa.
La Biblia llegó a nosotros como parte del cambio cultural impuesto. Ella fue el arma ideológica de ese asalto colonialista. La espada española, que de día atacaba y asesinaba el cuerpo de los indios, de noche se convertía en la cruz que atacaba el alma india (Boff, 1991).

¿Cómo se explica que un mensaje que, en principio, estaba destinado a promover la reconciliación con Dios, con el prójimo y con la creación (Col. 1:18-20) se convirtiera en un discurso que llevó a legitimar unas prácticas asimiladoras, alienantes y en muchas ocasiones, etnocidas? ¿En qué momento se distorsionó? A fin de comprender este y otro tipo de hechos, es necesario revisar ciertos momentos de la historia, los actores involucrados, sus motivaciones, el contexto y el discurso dominante.

No somos tan neutrales como pensamos

En 1985, monseñor María Rafael Carrasquilla, rector del Colegio Nuestra Señora del Rosario, dijo en su discurso de apertura: “Nuestras repúblicas hermanas hispanas han llamado a nuestra capital [Bogotá], La Atenas de Suramérica” (Rincón, 2003). No vamos a discutir la veracidad de esta afirmación, solo la cito porque este calificativo ha hecho que los bogotanos tengamos una tendencia a creer, entre muchas otras cosas, que hablamos el español más bonito del mundo y por tanto, asumimos esa perspectiva purista que nos impide ver la belleza y diversidad de otros dialectos de nuestra lengua.

Debido a ese sesgo lingüístico y a nuestro etnocentrismo, tenemos una gran facilidad para imitar peyorativamente y descalificar a otros hispanohablantes. Sin embargo, experimentamos cierta molestia cuando “los otros” destacan los rasgos de nuestro dialecto bogotano. Entonces, negamos sus observaciones e incluso, tenemos el descaro de decir cosas como: “Es que nosotros no tenemos acento.” Un momento. Una cosa es no tener acento y otra muy distinta es no haber desarrollado suficientemente la competencia metalingüística, o “la posibilidad que tenemos los humanos de elevarnos por encima de la lengua y de contemplarla, es decir, tomarla como objeto de observación y como referente del discurso-, al mismo tiempo que la utilizamos en la actividad comunicativa” (Benveniste, 1971).

En ocasiones, el etnocentrismo, la falta de contacto y diálogo con personas de otros contextos, el desinterés, entre otras causas, nos pueden llevar a pensar que no tenemos acento… ni una marcada influencia cultural ni unos cimientos teológicos basados en unos meta-paradigmas (Pietersen, 2001), ni una postura política ni una serie de ideologías. Sin embargo, no sabemos u olvidamos que cada uno de estos elementos determina nuestra visión de Dios, de la espiritualidad, del Yo, del Tú, del Ellos, del Nosotros.

Míguez (2013) lo expresa de la siguiente manera:

La teología siempre se ha construido en diálogo con otros saberes. En muchos casos esos acompañantes en la búsqueda para mejor comprender el mensaje divino le fueron dictando sus temáticas, imponiendo sus agendas, estableciendo los pisos cognitivos o los paradigmas que nutrieron el discurso teológico. Si bien la teología finalmente depende de la Palabra divina, como respuesta humana a esa palabra está ligada a las posibilidades de comprensión y expresión que le brinda cada cultura, cada circunstancia histórica. Es el precio que Dios voluntariamente paga por la encarnación, por llegarse a los seres humanos en nuestra realidad y debilidad, para encontrarnos allí donde estamos y ofrecernos caminos de salvación. 

Así como en lingüística se habla de la importancia de que los hablantes puedan desarrollar su competencia metalingüística, los seguidores de Jesús deberíamos desarrollar una competencia metateológica, o -parafraseando a Benveniste-, la posibilidad de elevarnos por encima de nuestra espiritualidad y contemplarla, es decir, tomarla como objeto de observación y como referente de las expresiones de fe-, al mismo tiempo que la utilizamos en la vida diaria.

En ocasiones, la falta de diálogo y acercamiento a personas que entienden la espiritualidad de otra manera; el hispanoamericanismo o eurocentrismo que tristemente hemos adoptado las comunidades de fe latinoamericanas urbanas; los imaginarios que nos han comunicado y que hemos reproducido pasivamente (p. ej., “Debemos tener una fe ciega en el Señor”, “Somos ciudadanos del cielo, así que no debe preocuparnos lo que suceda en nuestro entorno”, etc.), nos han llevado a creer que ni la cultura ni la política, ni las ideologías ni el devenir histórico nos afectan. Solemos creer que somos “a prueba de todo lo que no suene a Dios”, en el sentido más religioso posible. Pero la verdad es que jamás seremos neutrales. Lo que pasa es que quizás no somos conscientes de las posturas a las que nos afiliamos por defecto. Y esa manera de pensar y vivir tiene unas implicaciones enormes en nuestras prácticas diarias:

En la teoría postestructural, es común que, aunque la forma y la sustancia del discurso parezcan inocentes y neutrales en la superficie, están totalmente imbuidos de los prejuicios, limitaciones, opiniones y juicios variables de una comunidad intelectual específica. Como dice Diane Macdonell: “Todos los discursos están ideológicamente posicionados; ninguno es neutral” (Clifford, 1987). 

La Conquista y la Doctrina del Descubrimiento: Cultivo de la “misión” moderna

Todo se remonta a 1493, cuando el papa Alejandro VI escribió la bula papal Inter Caetera, dirigida a los reyes católicos Fernando e Isabel. A continuación, un extracto de la misma (Gutiérrez, 1990):

Nos hemos enterado en efecto que desde hace algún tiempo os habíais propuesto buscar y encontrar unas tierras e islas remotas y desconocidas y hasta ahora no descubiertas por otros, a fin de reducir a sus pobladores a la aceptación de nuestro Redentor y a la profesión de la fe católica (…) habéis enviado al amado hijo Cristóbal Colón con navíos y con hombres convenientemente preparados, y no sin grandes trabajos, peligros y gastos, para que a través de un mar hasta ahora no navegado buscasen diligentemente unas tierras remotas y desconocidas.
Estos, navegando por el mar océano con extrema diligencia y con el auxilio divino hacia occidente, o hacia los indios, como se suele decir, encontraron ciertas islas lejanísimas y también tierras firmes que hasta ahora no habían sido encontradas por ningún otro, en las cuales vive una inmensa cantidad de gente que según se afirma van desnudos y no comen carne y que -según pueden opinar vuestros enviados- creen que en los cielos existe un solo Dios creador, y parecen suficientemente aptos para abrazar la fe católica y para ser imbuidos en las buenas costumbres, y se tiene la esperanza de que si se los instruye se introduciría fácilmente en dichas islas y tierras el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo (…)

Por todo ello pensáis someter a vuestro dominio dichas tierras e islas y también a sus pobladores y habitantes reduciéndolos -con la ayuda de la divina misericordia- a la fe católica (…) Nos pues encomendando grandemente en el Señor vuestro santo y laudable propósito, y deseando que el mismo alcance el fin debido y que en aquellas regiones sea introducido el nombre de nuestro Salvador, os exhortamos cuanto podemos en el Señor y por la recepción del sagrado bautismo por el cual estáis obligados a obedecer los mandatos apostólicos y con las entrañas de misericordia de nuestro Señor Jesucristo os requerimos atentamente a que prosigáis de este modo esta expedición y que con el ánimo embargado de celo por la fe ortodoxa queráis y debáis persuadir al pueblo que habita en dichas islas a abrazar la profesión cristiana sin que os espanten en ningún tiempo ni los trabajos ni los peligros, con la firme esperanza y con la confianza de que Dios omnipotente acompañará felizmente vuestro intento.

Por esta razón, el rey Fernando y su hija Juana decidieron redactar El requerimiento (2013):

Por ende, como mejor podemos, os rogamos y requerimos que entendáis bien esto que os hemos dicho, y toméis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo, y reconozcáis a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo, y al Sumo Pontífice, llamado Papa, en su nombre, y al Rey y reina doña Juana, nuestros señores, en su lugar, como a superiores y reyes de esas islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación y consintáis y deis lugar que estos padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho.






Si así lo hicieseis, haréis bien, y aquello que sois tenidos y obligados, y Sus Altezas y nos en su nombre, os recibiremos con todo amor y caridad, y os dejaremos vuestras mujeres e hijos y haciendas libres y sin servidumbre, para que de ellas y de vosotros hagáis libremente lo que quisieseis y por bien tuvieseis, y no os compelerán a que os tornéis cristianos, salvo si vosotros informados de la verdad os quisieseis convertir a nuestra santa Fe Católica, como lo han hecho casi todos los vecinos de las otras islas, y allende de esto sus Majestades os concederán privilegios y exenciones, y os harán muchas mercedes.

Y si así no lo hicieseis o en ello maliciosamente pusieseis dilación, os certifico que con la ayuda de Dios nosotros entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas las partes y maneras que pudiéramos, y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia y de Sus Majestades, y tomaremos vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haremos esclavos, y como tales los venderemos y dispondremos de ellos como Sus Majestades mandaren, y os tomaremos vuestros bienes, y os haremos todos los males y daños que pudiéramos, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su señor y le resisten y contradicen; y protestamos que las muertes y daños que de ello se siguiesen sea a vuestra culpa y no de Sus Majestades, ni nuestra, ni de estos caballeros que con nosotros vienen.

En el contexto del sistema moral del conquistador, el “derecho divino” de conquistar y dominar incluye el derecho divino a convencer por la fuerza a “nuevos” pueblos en “nuevas” tierras que les deben tributo y obediencia al conquistador (Newcomb, 2008). La iglesia, los reyes de distintas naciones y los conquistadores se apropiaron del mandato de Dios en el Antiguo Testamento de tomar la tierra de Canaán y someter a los pueblos que allí habitaban, solo que sus coordenadas apuntaban hacia América y otras zonas desconocidas en la época, y ahora incluían fines evangelísticos. Esto es lo que se conoce como la Doctrina del Descubrimiento, que ha tenido serias repercusiones en distintos territorios, culturas, y enfoques políticos y misioneros.

Por su supuesto, la reacción de los pueblos indígenas no fue la esperada. Cuenta Herrera (1993) que en 1509, el conquistador Martin Fernández de Enciso les exigió a dos caciques del territorio de Finzenú (al norte de Cartagena, Colombia) que se sometieran al rey,

Los caciques contestaron que les parecía bien lo que decían sobre la existencia de un solo Dios que gobernaba el cielo y la tierra (…) pero en lo que decía que el Papa era señor de todo el universo en lugar de Dios, y que había hecho merced de aquella tierra al rey de Castilla, dijeron que el Papa debiera estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo, y que el rey que pedía y tomaba tal merced debía ser algún loco, pues pedía lo que era de otros, y que fuese allá a tomarla, que ellos le pondrían la cabeza en un palo, como tenían otras (…) de enemigos suyos.

Y el resto, es historia. Desde entonces, pueblos indígenas de todo el mundo se han visto amenazados de diferentes maneras: lingüicidio, asimilación cultural, pérdida de territorio, asesinatos selectivos, torturas, maltratos, secuestro de sus niños para cristianizarlos en internados, desplazamientos forzosos, etnicidios, entre muchas otras prácticas deshumanizantes.
Podría pasar que algún lector desprevenido dijera, “Bueno, pero todo eso fue con el aval de los hermanos católicos. Nosotros los evangélicos no hemos cometido tales brutalidades. Hemos hecho las cosas muy bien”. De nuevo, la historia nos cuenta lo contrario. La siguiente declaración de la Iglesia Presbiteriana de Canadá (1996) nos ejemplifica la actitud colonizadora y etnocentrista de muchas comunidades protestantes contemporáneas respecto a las comunidades indígenas: “Si pudieran ser como nosotros, si pudieran pensar como nosotros, hablar como nosotros, adorar como nosotros, cantar como nosotros y trabajar como nosotros, conocerían a Dios y por tanto, tendrían una vida abundante.”

Como nosotros. Y, ¿qué tenemos nosotros que no tengan ellos? ¿De dónde viene ese sentimiento de superioridad sobre todo el que no se adhiera a la forma de vida cristiana euronorteamericana? Por eso es tan importante conocer el contexto de origen de nuestros valores y prácticas. En los entornos evangélicos, es muy usual manejar la expresión “el ministerio de misiones”, “la misión”, “las misiones”, “el misionero”. Estos conceptos no tienen un fundamento bíblico, sino que son residuos de los procesos colonizadores que se basaron en la Doctrina del Descubrimiento.
La palabra ‘misión’ proviene del latín ‘missio’. Era un término técnico para expulsar del servicio militar romano, bien fuera por desgracia u honor, o podría ser dar de baja a un soldado. En otros contextos, significa liberación de una cautividad, despacho, envío, indulto de un castigo o incluso, efusión de sangre (Cancik, Schneider, Salazar , & Orton, 2002-2010; Levis & Short, 1879). En el siglo XVI, los jesuitas fueron los primeros en usar el término para referirse “al envío de seres humanos con el evangelio (…) de hecho, se usó por primera vez al enviar [personas] al norte de Europa para reconvertir al catolicismo a las personas que se habían vuelto protestantes” (Taber, 1999).

Y así, es como hemos heredado una tradición que equipara el acercamiento de Dios a los hombres con conquista; cuando una persona se reconcilia con el Creador, celebramos que “se ha ganado un alma para Dios”; promovemos la victoria sobre la oscuridad. Casi todas las metáforas que usamos están relacionadas con la guerra, con vencidos y vencedores, con victorias y derrotas, con el Dios-guerrero. Hemos adoptado un enfoque que se basa en la idea implícita de que la primera vez que el Creador llegó a las comunidades lo hizo gracias a los misioneros, ignorando que,

El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, este Maestro del cielo y la tierra, no vive en santuarios hechos por encargo ni necesita a la raza humana para que le haga mandados, como si no pudiera cuidarse Él mismo. Él hace a todas las criaturas; las criaturas no lo hacen a Él. Al empezar de cero, hizo a toda la raza humana e hizo que la tierra fuera acogedora, con suficiente tiempo y espacio para vivir, de modo que pudiéramos buscar a Dios, y no solo tantear en la oscuridad, sino realmente encontrarlo. Él no juega a las escondidas con nosotros. No está lejos; está cerca. Vivimos y nos movemos en Él y, ¡no podemos escapar de Él! (Hechos 17: 24:28a, MSG) 

Perder de vista esta verdad nos puede llevar a desarrollar un síndrome mesiánico, junto con serias implicaciones teológicas y éticas, que nos pueden llevar a creer que: 1) Somos indispensables en la obra del Soberano Creador del Universo; 2) Las semillas del evangelio plantadas por Él en cada cultura son maleza que hay que arrancar porque no se ajustan a las semillas que estamos acostumbrados a ver y probar; 3) A Dios le quedó grande revelarse a cada grupo humano; solo unos privilegiados (nosotros) sabemos cómo conocer a Dios y caminar con Él, y es mediante la reproducción pasiva de formas occidentales urbanas.

Por otro lado, nos dice Church (2014), que esa práctica permanente de decirles a los indígenas que deben usar prácticas occidentales, al considerarlas equivocadamente “mejores que sus formas indígenas heredadas”, lleva a múltiples problemas.

Cuando un pueblo usa en su mayoría formas extranjeras, la cristiandad se entiende y se experimenta más como una religión extranjera, la religión del hombre blanco, no como una fe indígena (Kraft, 1996).

Entonces, hermanos, ¿qué haremos?

Ésta es la pregunta que me ha rondado en la cabeza desde hace unos meses. Tiene su origen en el famoso discurso de Pedro (Hechos 2) en que le explica a la multitud lo que está sucediendo en ese momento (la llegada del Espíritu Santo sobre los creyentes en el día de Pentecostés), denuncia la responsabilidad de judíos y gentiles en la tortura y asesinato de Jesús mediante la crucifixión y por último, explica y declara su innegable resurrección. Dice el versículo 37: “Cuando los allí reunidos oyeron esto, se afligieron profundamente, y preguntaron a Pedro y a los otros apóstoles: ‘Hermanos, ¿qué debemos hacer?’”

Pareciera que esa pregunta es la reacción natural cuando hemos sido exhortados debido a un acto reprochable que hemos cometido y no nos queda más que reconocer: a) Nuestra responsabilidad y, b) Que no tenemos ni idea de lo que tenemos que hacer para reparar el daño.

En mi caso personal, no llevo mucho tiempo caminando con personas indígenas, pero ha sido suficiente para reproducir modelos asimiladores, colonizadores, sin siquiera preguntarme si estaba haciendo “lo correcto”. Creo que con la mejor intención, herí a muchas personas y resquebrajé relaciones que pudieron haber florecido con vitalidad y belleza para el beneficio de todos y para la gloria de Dios. No me enorgullece decirlo ni me divierte reconocerlo en público, pero creo que es un primer paso para empezar el proceso de la reconciliación y la reparación.
Al igual que los colonizadores que tanto repudio, yo también creí que había recibido el mandato divino de “convertir” a los indígenas a las formas cristianas occidentales. Yo también confundí las verdades del evangelio con la cultura. Yo también me indigné y me alejé cuando ellos salieron en defensa de sus formas propias de entender y vivir la espiritualidad y el mundo. Yo también pisé lugares donde nadie me había invitado. Yo también envenené el agua…

¿Qué se hace después de haber cometido la ofensa? Mejor dicho, ¿qué hago? ¿Qué hacemos como institución, después de tanto atropello e irrespeto? A mí también me afligen mis acciones personales y todo el dolor histórico que hemos causado como iglesia a tantas comunidades e individuos indígenas. Sin embargo, necesito recordar lo siguiente:

El dolor hizo que se arrepintieran y cambiaran su conducta. Fue la clase de tristeza que Dios quiere que su pueblo tenga, de modo que no les hicimos daño de ninguna manera. Pues la clase de tristeza que Dios desea que suframos nos aleja del pecado y trae como resultado salvación. No hay que lamentarse por esa clase de tristeza; pero la tristeza del mundo, a la cual le falta arrepentimiento, resulta en muerte espiritual. ¡Tan solo miren lo que produjo en ustedes esa tristeza que proviene de Dios! Tal fervor, tal ansiedad por limpiar su nombre, tal indignación, tal preocupación (…) tal celo y tal disposición para castigar lo malo. Ustedes demostraron haber hecho todo lo necesario para corregir la situación (2 Corintios 7:9-11, NTV).

Según este texto, la tristeza que causa la exhortación deriva en arrepentimiento y transformación. Quizás es hora de que como iglesia empecemos a transitar este camino doloroso, pero esperanzador, a fin de que revisemos nuestras acciones a lo largo del tiempo y podamos entender que “el evangelion no es una misión, aunque aquellos que llevan el nombre de Cristo sean enviados por Él y llamados a ser heraldos de las buenas nuevas tanto en palabra como en obra, siguiendo el ejemplo de Jesús” (Padilla, 2010).

Algunos países ya han empezado a tocar el tema de la responsabilidad compartida junto con la iglesia, católica y protestante, respecto a las atrocidades cometidas. Han conformado Comisiones de Verdad y Reparación, han ofrecido disculpas públicas y aunque aún falta mucho, han sido primeros pasos para empezar a dimensionar lo que han hecho, el impacto sobre sus víctimas, el trauma generacional que viven muchas comunidades debido a sus acciones. De igual manera, algunos sectores de la iglesia empiecen a cuestionar nuestros paradigmas y métodos:

¿Qué hubiera pasado si el encuentro se hubiera dado de otra manera? ¿Si la evangelización, en vez de hacer “tabula rasa”, hubiese contribuido al crecimiento de los “gérmenes del Verbo” presentes en las culturas amerindias? ¿Podemos imaginar cómo hubiese sido el adviento del “deseado de los collados eternos”, de Jesucristo reconocido como Viracocha, Quetzalcóatl redivivo, Señor de la yuca, que cruzaba el mar para dar un abrazo a su pueblo? Esta diversidad de lecturas nos suscitan múltiples interrogantes hermenéuticos: ¿Cómo es posible que pueda haber interpretaciones tan contradictorias de un mismo hecho, y no aceptar la evidencia de los filtros? ¿De parte de quién está Dios, si no hay más que un solo Dios, diversamente conocido y adorado? La Colonia, ¿pudo ser legitimada religiosamente como esclavitud para los indios y tierra prometida para los cristianos? Si el conocer la Biblia nos da más Conocimiento de la voluntad de Dios, ¿qué falla? (Reynés, 1992)

Después de haber tenido la increíble oportunidad de compartir con hermanos y hermanas indígenas de Colombia, Filipinas, Tailandia, Guatemala, Estados Unidos y Canadá, he aprendido que el silencio también es una forma de extender el puente para la restauración y el perdón. El silencio entendido como la abierta disposición a dejar el protagonismo para agudizar los sentidos y el espíritu a fin de percibir y disfrutar del obrar de Dios en distintas personas y comunidades, aunque no siempre corresponda a las formas habituales en mi contexto local. Callar como un ejercicio contemplativo que me permita admirar las semillas del evangelio manifestadas en profundos diálogos entre líderes, prácticas culturales transmitidas de generación a generación, relaciones saludables entre personas, formas alternativas de resolver los conflictos, la riqueza de conocimiento que se encuentra en las narraciones orales, reflexiones sobre cómo vivir mejor con Dios, la comunidad y la Creación, entre muchas otras acciones significativas.

Guardar silencio es un recordatorio personal de que es el Creador quien obra en cada grupo humano; no yo ni mis esquemas socioculturales. Por tanto, también puedo aprender de lo que ha venido enseñando en distintas comunidades. Entonces, dejo de verlos como desvalidos y vulnerables para reconocerlos como interlocutores válidos y así, puedo escuchar mejor sobre su caminar con Dios, sus retos, aprendizajes, recursos, luchas y legado. Cuando me obligo a callar, puedo escuchar pensamientos como éste:

Siento que estoy más cerca de Dios cuando soy fiel a mi cultura. Así es como Dios me hizo. Las personas continuamente tratan de separar mi vida indígena y mi vida cristiana. Les digo que no puedo separarlas. Soy tanto cristiano como indígena. Los cristianos occidentales podría ser capaces de hacer esa separación; yo no puedo. A medida que estudio las Escrituras, hallo una identidad más cercana con el pueblo hebreo bíblico que con los euronorteamericanos (Church, 2014).   

Naturalmente, cada comunidad de fe tiene dilemas y preguntas que debe tratar, según el contexto en el que vive. Por esa razón, se realizó el concilio en Jerusalén (Hechos 15:1-35) y los escritores del Nuevo Testamento les escribieron cartas a las iglesias cuyo fin era  exhortar y animar. Asimismo, nosotros como creyentes contemporáneos tenemos retos por delante. A veces, nos perdemos en las formas y dejamos de lado los contenidos; podemos armar peleas bizantinas por asuntos que no merecen tanta atención. Pero todo esto hace parte de nuestra construcción como creyentes, del proceso de madurez, de la historia que cada comunidad e individuo debe tejer. Pensando en esto, Church (2014) sale a escena de nuevo y nos llama la atención:

Puedo ver cómo las personas no contextualizadas miran a personas de otras culturas. Corren el riesgo de cometer errores, ya que una cristiandad no contextualizada pocas veces compromete a las personas al nivel de sus más profundas necesidades y aspiraciones. Somos bien conscientes de que algunos de nuestros rituales y prácticas estaban dirigidos a espíritus, no a Dios. Por tanto, somos los más indicados para decidir qué prácticas o rituales se tienen que ir y cuáles deben ser redimidos al darles nuevo significado y usarlos para Dios (…) además, [las personas locales] crecerán espiritualmente cuando aprendan a poner en práctica las enseñanzas bíblicas en sus propias vidas en contexto.

El Gran Misterio no se descubre, se experimenta

Dentro de las muchas inquietudes que los creyentes podemos tener, la forma en que experimentamos a Dios es una de las más importantes. De nuevo, el trasfondo histórico, la influencia sociocultural y la historia de vida personal influyen en la idea que tenemos de Dios y la forma en que nos relacionamos con Él.

Conniry (2014) afirma que los cristianos occidentales hemos heredado del siglo XVII dos enfoques principales respecto a la espiritualidad cristiana: el camino del conocimiento y el camino de la piedad. El primero concibe la salud espiritual en términos de acumulación de conocimiento religioso; el segundo tiene que ver con la adquisición de la virtud por lo que se hace. Si nuestra espiritualidad solo se centra en estos dos enfoques, quedamos girando en un círculo hedonista, donde todo se trata de nosotros: yo sí sé, qué hago, qué no hago, qué opino de… asumimos esa postura tipo joven rico: “He obedecido todos esos mandamientos —respondió el joven—. ¿Qué más debo hacer?” (Mateo 19:20). Ésta no es más que una perspectiva antropocéntrica. Y, ¿dónde queda Dios mientras intentamos probar nuestra “sabiduría” y “piedad”?

La idea de vivir a la manera de Jesucristo y disfrutar de los placeres y afectos de nuestro Creador como hijos del Padre, del Creador, a veces se pierde en este frenético sentido de la misión, la misión de salvar a los perdidos, de alimentar a los pobres y todo eso. No se puede decir que no estamos activamente comprometidos con la justicia y la narración de historias (…) pero hay una idea sobre la creación, que Dios nos puso aquí para disfrutar es parte del placer del Padre. La creación no está aquí para que la manipulemos y la usemos a fin de promover las causas del reino del Cielo; es para disfrutar del afecto del Padre. Muestra el amor de Dios: los pájaros, los ríos, el mar, la pesca… todo eso. Todo es parte del propósito de Dios para que disfrutemos de sus placeres y lo hagamos en compañía de otras personas (Twiss, s.f.)

Disfrutar del afecto del Padre a nivel individual y comunitario… bajarle al ritmo para entender que no estamos en una misión militar; comprender que comunicar y entender el evangelio no depende de nuestros esfuerzos, sino de la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas; gozarnos en la maravillosa capacidad de Dios de darse a conocer en múltiples contextos de múltiples formas; sorprendernos al entender que cuando ya llevamos caminando un ratico con Él, jamás llegaremos a entenderlo del todo, así que no necesitamos “diseccionarlo” sobre la mesa de nuestro razonamiento…

Algunas comunidades indígenas de Norteamérica, como los Lakota, describen a Dios como el Gran Misterio (Nerburn, 2010):

–Ahora, voy a decirte algo–, dijo. –Algo que los indígenas saben y tu gente nunca parece comprender. ¿Cómo llaman ustedes al Creador?
Parecía una elucubración lógica imposible.
–Dios, supongo.
–¿Qué quiere decir Dios?
–No sé. Solo Dios. El que está por encima de todo. ‘El Yo Soy’, supongo. Al menos en hebreo.
–Ahora, ¿cómo llamamos nosotros al Creador?
– Wakan Tanka, creo.
– Correcto. Ahora, ¿qué significa Wakan Tanka?
– El Gran Misterio.
– Correcto–, dijo. – Entonces, lo sabes.
Parecía tener un carácter de rotundidad para Dan, pero a mí no me daba ninguna claridad.
– De acuerdo–, dije. –¿Entonces?
– Solo deja que ese pensamiento descanse un poco para que lo puedas mirar.
Se sentó y cruzó sus brazos. Me quedé callado y actué como si estuviera pensando.
–¿Ya lo entendiste?–, dijo.
Encogí los hombros sin entender.
–Eso pensé–, dijo, como si le hablara al zoquete de la clase. –Si el Creador es el gran Misterio, eso quiere decir que no lo puedes entender, ¿verdad?
– Si es un ‘él’–, dije.
Golpeó el aire como si estuviera espantando una mosca. –Ése es el problema de la gente blanca. Deja de poner obstáculos en mi camino.
–De acuerdo.
–Entonces, decir que el Creador te dio un Libro Negro no quiere decir que lo entiendes todo, ¿verdad?
Respondió su pregunta antes de que yo pudiera responder.
–No. Porque si lo entendieras todo, el Creador no sería un misterio. No estamos hablando de un misterio pequeño. Hablamos del Gran Misterio, Wakan Tanka, el misterio que está detrás de todo, antes del inicio de la vida y después del fin de la muerte. El misterio que está tras el cielo, los pájaros, las estrellas, todo. El Gran Misterio. El Gran Misterio–. Lo dijo dos veces como si al repetirlo, fuera a taladrar mi duro cráneo.
–Entiendo–, dije.
–Bien, Sabía que lo harías. Ahora, ¿recuerdas cuando dije que no era justo que el Creador pusiera todas sus enseñanzas en un libro, porque entonces nadie podría tener esas enseñanzas hasta que tuviera ese libro? Es lo mismo con la Mujer criada por el Búfalo, o Jesús, o cualquier otra cosa. Eso significaría que las personas que no tienen esas enseñanzas no tendrían conexión con el Creador. Pero todo el mundo tiene conexión con el Creador porque todo el mundo es parte de la creación, ¿ves?
–Ahora, a veces pareciera que el Creador envía algo especial para ayudarles a aprender a las personas o darles un conocimiento especial. Podría darle a un grupo de personas la habilidad de guardar información en libros. Podría darles a otros la habilidad de escuchar la naturaleza. La historia de nuestro pueblo está en nuestras historias. Tu gente recopila historias de todas partes y las pone en libros. Son habilidades diferentes, así como hay distintas formas de entender al Creador.






Necesitas pensar al respecto. ¿Qué pasaría si el Creador le diera a cada pueblo algo especial, algo que otras personas no tienen? ¿Qué pasaría si pone sus enseñanzas en distintos corazones de distintas formas, así como puso distintas enseñanzas en las rocas y en los animales?
¿Qué pasaría si tu Libro Negro tiene una parte de la verdad y nuestro Inipi tiene una parte de la verdad y otras personas tuvieran una parte diferente de la verdad? Entonces, ¿cómo verías el mundo? ¿Intentarías aniquilar las formas de las otras personas? No lo creo porque estarías matando una parte de la verdad del Creador.
Es lo mismo con el aprendizaje. Quizás no somos las personas que recopilan; quizás somos las personas que escuchan. Quizás no podemos desarmar las cosas, pero quizás podemos ayudarles a recordar a ustedes cómo se combinaban. Todos somos los dedos en las manos del Creador. Debemos aprender a trabajar juntos para hacer de éste un mundo mejor. Debemos aprender a trabajar juntos para las ser las manos del Creador aquí en la tierra.
–Es hermoso, Dan, le dije.
–Todo lo que es verdadero es hermoso– dijo, –porque todo lo que es verdadero proviene del Creador.

Que los hermanos y hermanas que hacemos parte de la iglesia urbana podamos disfrutar de la cualidad de misterioso de Dios.

Que podamos ver en otros hermanos y hermanas de otras culturas la belleza de Dios reflejada en las verdades que plantó en ellos.

Que entendamos que andar con Cristo no es un llamado a la uniformidad, sino a deleitarnos en las múltiples manifestaciones de Su vida en cada contexto.

Que podamos despojarnos de los pensamientos colonizadores que nos impiden reconocer en los demás la huella que Dios mismo ha dejado en sus vidas y culturas, así como en las nuestras.

Que disfrutemos del silencio, porque es una manera en la que podemos ver cómo Dios, el gran Misterio, sale a nuestro encuentro para mostrarnos nuevas caras de su incomprensible ser.

Que podamos entender las palabras del taita (Jamioy, 2010):

Ndoñ nÿetsquenach

Nÿe sëntsebos jauyanam
atsbe bonshan sosón
ndoñ nÿetsca luarëng
acbiñ quenatsmën
pero chë luarëng
ndayanac acbiam montsebuajon.

No todos los lugares

Solo quiero decirte
hijo de mi vida
que no todos los lugares
son tuyos,
pero cada uno de ellos
guarda algo para ti.

carolina-rodriguez Por: Carolina Rodríguez Méndez.
Mujer. Creyente. Lingüista. Viajera. Conectora. Traductora. Editora. linuscr@gmail.com

 

 

 

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