30 días después: Cuando en Colombia la Indiferencia hizo Mella

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En Colombia, desde hace cuatro años atrás se han venido reuniendo en la Habana-Cuba un grupo insurgente conocido como fuerzas armadas revolucionarias de Colombia (Farc-ep) con otro grupo especializado en diálogos de paz, elegido por el gobierno oficial para llegar a un acuerdo del fin de un conflicto de medio siglo. En dicho acuerdo se propusieron diferentes puntos, unos difíciles de aceptar, otros puntos más aceptables, y los puntos verdaderamente olvidados cuando de refrendar los acuerdos se trataba. Estos se sometieron a ejercicio democrático por el plebiscito para que fuera la misma Colombia que decidiera, y lo hizo, se negó al fin de la guerra a través de diferentes argumentos propiciados por la oposición.

Ahora, lo interesante de este acto electoral fue que el grupo que obtuvo la mayoría de votos sintió que “ganó” con apenas una fracción de los colombianos, frente a la otra mitad que sintió una “derrota” desproporcional con un poco menos de la otra fracción de los compatriotas. Pero más allá de quién ganó o quién perdió -calificativos absurdos en sí-, de los que votaron Sí o los que votaron No ¿Qué pasó con más de la mitad de los colombianos que se abstuvieron a refrendar los acuerdos? ¿Por qué no votaron?, Y aunque hay muchos factores que pudieron intervenir, la duda de si verdaderamente querían o no los acuerdos es un vacío inmenso, vacío que se intenta llenar con la redacción de nuevos acuerdos, ese que se hace más profundo ante las discusiones que se intensifican en la virtualidad o en la realidad, en los roces políticos-religiosos que siguen acrecentando el odio en el ambiente, así como crece la incertidumbre junto con la temeridad de si Colombia olvida este tema y se ocupa de otros temas más a la “moda”.

Aún así, debemos aclarar que éste texto no es para alterar las redes ni para seguir abriendo la brecha sobre la polaridad visible en Colombia por ideales políticos y hasta religiosos, más bien se intenta buscar una forma de abrazar la tolerancia, el respeto a la posición del otro, pues al final cada quien es responsable de su punto y como llevar su: “sí rotundo o su sí a la paz, pero no así” a una convergencia ciudadana, en las acciones para con el necesitado, en el trato hacia el o la diferente, en la forma en cómo escucha al otro(a), para luego decir lo que piensa sin ánimos de ganar una victoria retórica, o una disputa con insultos pero sin argumentos, muy comunes en el proceso hacia la refrendación de los acuerdos.

Sin embargo, admitimos que es muy difícil convivir con la falacia, la falta de congruencia y la coherencia acomodada de algunos sectores políticos y algunos religiosos, que hoy se adueñan de las voces de quienes votaron no, olvidando lastimosamente que pueden ser títeres de los intereses de algún partido por el poder o de alguna institución religiosa por mantener sus ideales abiertamente discriminatorios. La urgencia por un llamado a la objetividad es imperante: creer de verdad que la paz se construye en un ejercicio cotidiano, que tratar de convencer al otro que está equivocado y que nuestro punto es veraz con regaños y menosprecio de sus opiniones, quizás no es tan pacificador, como también hicimos algunos que estábamos convencidos por un voto al sí; que la paz o hacer la paz también está en mirar al otro(a) como quien también tiene derecho a opinar como bien deseé aunque pueda no tener la razón.






Éste es un llamado a hacer paz en las diversas comunidades que representan a Colombia, comenzando por dejar de pensar que yo tengo la verdad y los demás la desconocen, que somos indispensables en este proceso y que sin nuestra verdad nunca este proceso será eficaz, todos y cada uno de los sectores sociales debemos dejar el síndrome del “univocidado”, el espíritu vanaglorioso de sentirse necesitado, dejémonos de mirar al otro(a) como malo solo por opinar diferente, de llamar secta al otro con señalamientos de herejías políticas o religiosas porque estaríamos haciendo lo mismo que criticamos.

En otras palabras, escuchemos y dialoguemos sin importar las diferencias ideológicas abismales que nos separan, eso es un asunto también de derechos humanos, pues implica que sepamos que todos(as) somos seres humanos diversos pero iguales y sobre todo dignos.

Ahora bien, nuestra verdadera preocupación debe ser para los casi 257.000 votos anulados o el 65 % de colombianos que no fue a votar, no fue a decir ni sí, ni no, o aquellos que dañaron los papeles de sus votos sin ni siquiera definirse. Este es un lamento al grupo que recrea en occidente la cultura de la indiferencia, aquellos que con sus actos dicen: “como no soy yo, no me importa” aquellos que no ejercen sus derechos a la fuerzas de sus opiniones a través del voto sino les dicen cuantos les van a dar por su consciencia o si alguien les van a ir a recoger para que ejerzan su respuesta ante un hecho tan importante, a aquellos que solo les duele Colombia por redes sociales, que la indignación es solo virtual y que del resto comparten la costumbre de ignorar en sentido doble, pues ignoran por desinformación o desconocimiento e ignoran por indiferencia e individualismo, estos que responden “no se, ni me importa” pero se quejan de la ignorancia y la indiferencia cuando es un tema que les afecta, aquellos que simplemente no quisieron saber, ni tampoco se preocuparon por saber, que ante unos acuerdos a la mano, ni los leyeron, ni se preocuparon por entender de qué trataban, fueron la presa fácil del engaño y la manipulación, por eso decidieron quedarse en casa mientras llovía o ver el movimiento electoral desde la televisión.

En cuanto a esa vía de ignorar en sentido doble como respuesta social, es muy común hoy día, los que ignoran por desconocimiento, no quieren saber, no les interesa conocer cuál era el propósito del porqué se votaba y qué cambios traería, aunque votará no, simplemente sus ocupaciones son más interesantes y más importantes, el tiempo no le permite indagar ni siquiera pensar cual sería un bien social; los del individualismo, claramente pensaron en sí mismos, miraron el conflicto desde sus comodidades lejos de ser víctimas de aquella guerra, son los jueces de quienes para ellos son los “malos” porque se creen buenos, ignoran las voces de los verdaderos afectados mientras se escucha solo la de quienes utilizan los medios comunicativos para sus intereses lucrativos.

A estos ‘indiferentes’ son los que identificó como antecesores del Samaritano en el texto bíblico (), quienes con la mirada de la indiferencia pasan cerca pero no ejercen ningún cambio, estos son los que “al verle pasan de largo”, porque recordemos que son más importantes los fines del porqué ejercieron la caminata, que los imprevistos que puedan suceder en el camino, esos que no se detienen porque no pueden llegar tarde, no pueden ensuciar su santidad, que el perdón o amor no les caracteriza, solo la reprensión y la confrontación.

De verdad nos preguntamos los que si votamos, que pensaran lo que no, que les llevó a confiar y a creer que aunque la pregunta tenía doble respuesta, ellos podían decidir una tercera sin habérselas propuesto: el silencio, el voto en blanco que nunca apareció, y que si, también fue ejercido por algunos sectores religiosos que siguen alimentando la brecha apolítica del sector ultraderechista y ultraconservador del cristianismo.

La pregunta sigue abierta después de treinta días, ¿A donde iremos a parar? ¿seguiremos extendiendo los plazos para acabar esta innecesaria guerra? ¿cuándo romperemos la barrera de escuchar al que ve la política, la religión, la economía y la sociedad de formas completamente diferentes a las nuestras? ¿seguiremos con los mismos paradigmas religiosos o políticos que hoy día no nos han resuelto nada? Esperamos que la agonía por la resolución del conflicto termine, que se cumplan los acuerdos, aunque sean modificados en estructuras más no en contenidos, pues esperamos ansiosos que el pobre sea reivindicado con sus tierras, el campo reciba la presencia del estado, los insurgentes vuelvan a la vida civil, paguen deudas con la justicia todos los que deben pagar y las víctimas sean reparadas sin retaliaciones o repeticiones.

Adolfo Cespedes

Por: Adolfo Cépedes Maestre Jr.
Teólogo – Corp. Universitaria Reformada
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