Lo que aún no se ha dicho sobre los Evangélicos en Colombia: una mirada crítica a la historia de estas minorías religiosas

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Es una lástima que en Colombia cuando se hable de protestantismo se asocie a la ignorancia. Las recientes apariciones en las que estas agrupaciones religiosas han hecho dejaron atónitos a muchos colombianos.  En su marcha por la Familia, por ejemplo, hace algo más de dos meses, resultó notoria su fuerza en la convocatoria de cientos de miles de personas en todo el territorio nacional. Y el reciente peso que hicieron estos grupos en la votación contra el plebiscito han desatado una gran variedad de reflexiones en los diarios nacionales a internacionales.   Pues bien, en esta breve nota me propongo contribuir a la discusión, y despejar un poco la pregunta sobre lo que reposa detrás de ese imaginario religioso que viene tomando tanta fuerza en nuestro país: ¿Quiénes son y qué es lo que quieren los evangélicos?

Pero antes de comenzar, una aclaración entre dos términos: protestantes y evangélicos. Aunque los dos comparten una pronunciada distancia hacia los dogmas y estructuras de la Iglesia Católica Romana, los distingue entre sí que los últimos conservan un mayor rechazo a los procesos secularizadores que los primeros.  Es decir, que mientras para los protestantes eso de la laicización del Estado es un proceso necesario para que una sociedad “pluralice” sus libertades, los evangélicos abogan por una “evangelización” del Estado para que el estado “regule” las libertades civiles.  Dos opciones políticas muy opuestas que hasta el día de hoy se contraponen geográficamente: La Europa protestante y la Norte América Evangélica. A continuación, un breve paso que nos describe como se dio esta fusión entre estas dos formas de disidir contra la Iglesia Católica en Colombia.

Ahora bien, volviendo a nuestra tierra, el pasado domingo dos de octubre de 2016 una enorme mayoría de evangélicos se movilizaron desde el lugar de culto a las urnas. Algo sin mucho precedente. Se estima que la votación evangélica pesó en casi un 65 por ciento de quienes optaron por el No.  Esto, que bien pudiera interpretarse como una renovación para la democracia, al parecer resultó ser producto de la manipulación y la desinformación luego que se conociera el andamiaje mediático y malintencionado que se lidero desde el partido de oposición al Gobierno y a la Unidad Nacional.

Claudia López advirtió un día antes del Plebiscito que el fenómeno de la incursión de los movimientos religiosos en la contienda electoral estaba trasformando el escenario político en Colombia; algo que aparece de manera tardía en Colombia.  Creo que decía esto porque avizoraba el peso “votante” de estas comunidades alrededor de los argumentos religiosos contra “la ideología de género”, el “comunismo”, “el valor de las familias” y “la impunidad”.  Cuatro temas que vengo rastreando en mi investigación sobre minorías religiosas en Colombia desde hace unos años.

Pues bien, una a una, quisiera atender a esas cuatro palabras y lo que estas significaron para los evangélicos y protestantes al inicio de siglo en Colombia. Estos cuatro temas, que se fueron posicionando en la agenda de la discusión política nacional a inicios de siglo, respondieron a situaciones que en su momento se tradujeron en conquistas de la libertad. Sí, aunque cueste admitirlo, los evangélicos contribuyeron en un principio al reconocimiento de libertades ciudadanas.

Mujeres.  El caso, por ejemplo, de las mujeres evangélicas y protestantes en la participación eclesial y pública encontramos a los protestantes animando modos de asociación religiosa dónde las mujeres tenían sus propias reuniones en las que discutían temas claves en aquel momento: el derecho a la educación superior, a participar en la toma de decisiones eclesiales, a ser reconocidas como disidentes de la iglesia católica, a participar de la vocación religiosa sin votos de castidad y a expresar sus opiniones en la prensa.  Las primeras mujeres que escribieron en prensa en Colombia fueron evangélicas.






A todo lo anterior las mujeres protestantes encontraron en su fe el soporte necesario para pasar de un rol enteramente pasivo, a otro de más reconocimiento. Ante todos estos cambios en la forma de entender la fe de las mujeres, la opinión colombiana de la época y de los hombres de ese momento esto atentaba contra la familia, y contra la pureza de las mujeres.  En ese momento las mujeres evangélicas eran objeto de reparo y juicio por sus ideas “liberales”.  Tanto que las iglesias protestantes tenían que mandar a estudiar a las mujeres fuera del país, dada la amplia discriminación que aquí se respiraba.  No digo que esto sea la panacea, pero resulta contradictorio que hoy los líderes religiosos falseen la libertad de las mujeres, cuando desde un principio resultó ser un distintivo de la “forma de ser” protestante en Colombia.

Sobre la Vida Común. Sobre el comunismo, igual. Aunque los misioneros extranjeros venían con el disco duro lavado por la propaganda anti-rusa, los líderes nacionales y las comunidades evangélicas rurales acompañaban las revueltas y boicots de los liberales contra los conservadores.  La figura de Gaitán en los 40’s era altamente apoyada por los evangélicos dada la firme convicción del liberalismo en relación con el reconocimiento de la laicidad del estado, y la socialización de las riquezas. La opción por el campesinado llevó la consolidación de sólidos proyectos comunitarios de economía solidaria en los cuales tanto hombres como mujeres hacían parte de la construcción comunal de hospitales (y salud gratuita), colegios (también gratuitos) y cementerios (por demás gratuitos) para enterrar sus muertos, dada la negativa de la Iglesia por abrir los cementerios “católicos”.  La idea de la gratuidad, la cooperatividad fueron fuertemente apoyados por los primeros evangélicos colombianos. Es muy inspirador encontrar como se denunciaba la desigualdad social (y la política de los estratos sociales) en la prensa y la predicación evangélica. Incluso, el concepto de ofrenda y diezmo en las primeras comunidades en Colombia era en especie, y consistía básicamente en la rotación de recursos entre “hermanos y hermanas” bajo el lema de que “nada de lo que se posee es propio, sino común”.  De nuevo, rastros del pasado que cuestionan los radicalismos miopes del presente.

Sobre las familias. El matrimonio al inicio del siglo y hasta bien entrados los sesentas, era administrado por la Iglesia Católica.  Esto significaba que la Iglesia determinaba que era y no, un matrimonio legal.  Aquí los protestantes no cabían, ni tampoco los excomulgados. A raíz de la exclusión de mujeres separadas o con hijos, de quienes hubieran militado con liberales o comunistas, o quienes hubiesen tenido prácticas “de brujerías africanas” o que profesaran una fe diferente a la católica, no les era concedido el derecho al matrimonio. Aquí por ejemplo, los protestantes hicieron una contribución que hoy olvidan.  Su apuesta y lucha legal por hacer valer el matrimonio civil como una institución regulada por el Estado, y no por la Iglesia, fue una bandera con la que se identificaba a los protestantes. Tener el derecho de casarse independientemente de su filiación política, religiosa, cultural, y ser protegidos por el Estado fue un paso importante en la comprensión de la diversidad familiar en Colombia.  Siempre luchamos por sacar del dogma el derecho matrimonial, y dejarlo en manos del Estado Laico. Cosa que hoy de nuevo desconocen completamente los evangélicos cuando apelan de nuevo al dogma para regular el matrimonio civil.

Perdón y Justicia Restaurativa. Y sobre la idea de justicia, es quizás la lucha más bella que a mi juicio también tiene un sello protestante en nuestra reciente historia.  Para muchos grupos protestante, mayormente presbiterianos y anabautistas (menonitas) la guerra no debe ser apoyada por los evangélicos. En este sentido, la libertad de objeción de conciencia frente al servicio militar obligatorio fue una clara respuesta a un Estado que entendía como una obligación civil (y un honor) que sus hombres tomaran las armas para combatir la rebelión. Los evangélicos desde sus inicios nunca promovieron la respuesta militar a la rebelión como una medida compatible con los valores cristianos. La paz total, el diálogo y lo que ellos llamaron “la restauración” fueron propuestas que promovían discursivamente los protestantes en tiempos en los que “la guerra justa” era el mensaje dominante de la política y de la jerarquía de la iglesia. De hecho, la doctrina de la justificación por la fe (que tanto dolor de cabeza fue para la Iglesia Católica en tiempos de la Reforma) contrariaba sustancialmente todo el andamiaje jurídico que el derecho canónico promovía como justicia.  Ideas como perdón de penas, reducción de condenas, condena a la pena de muerte (incluso cuando en los Estados Unidos esto era promovido por los Bautistas del Sur), en la Colombia de inicios del s. XX esto hacia parte de su ideario judicial.  De hecho, la práctica de la excomunión (que en un microsentido es una práctica de justicia canónica que luego se traslada al mundo del Derecho Continental) entre los protestantes no existía.  Toda falta a la moral tenía que atravesar un proceso de confesión comunitaria, bajo el entendido de que la comunidad no sólo sancionaba la falta, sino que promovía un proceso de enmendación y reparación de la misma. El perdón (así fuera este en un contexto comunitario) era una antesala de la comprensión de la justicia restaurativa donde el testimonio del agresor da pistas al agredido a encontrar la verdad de lo sucedido, el espacio de la reparación y el compromiso de no repetición.  De nuevo, un desconocimiento de estos primeros brotes de una alternativa forma de creer hace que hoy se sostengan afirmaciones que no corresponden con la historia de una minoría religiosa que cae también en el “desprendimiento de la memoria” y que es manipulada de la forma más despiadada.

En suma, esto que no se ha dicho de los evangélicos en Colombia, y de su paso por la historia colombiana ha permitido privar a estos grupos de su memoria histórica y de su contribución a la democracia. La responsabilidad que tienen sus pastores y líderes religiosos en cultivar en esta suerte de amnesia colectiva en los creyentes, es muy alta. Solamente un regreso radical a las vivencias comunes de una fe sencilla, desafiante y activa, salvaría no sólo al país, sino que podría ser la garante del duro proceso que nos queda por cicatrizar: la reconciliación entre nosotros como hijos de la misma Matria, Colombia.  Hoy más que nunca necesitamos a los cristianos y cristianas unidas en el ejercicio de la restauración del vínculo político del perdón y la confianza.  Quiera Dios que esta coyuntura nacional nos conduzca a reconocernos los unos a los otros en el respeto de nuestras diferencias.

edwin-alexander-villamilPor: Edwin Alexander Villamil
Teólogo – Escritor
Facebook / Edwin Villamil

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