Tras las huellas del gran misterio: Crónica de un peregrinaje entre luces y sombras

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Borges alguna vez nos contó acerca de Ireneo Funes, aquel hombre joven que, a raíz de un fatídico accidente, desarrolló la increíble habilidad de tener percepción y memoria infalibles:

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo” (1944).

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El atavío de la mujer cristiana

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Quiero esta vez abordar un tema que puede parecer insignificante para muchos, pero que todavía genera conflictos entre cristianos y sirve para alejar de la Iglesia a muchas almas. Vengo de una tradición pentecostal. Como tal, sigo creyendo que un estilo de vida santificado radica en el interior y se refleja en el exterior. Pero estoy consciente del incalculable y a veces irreparable daño que mi denominación ha hecho, imponiendo dogmas basados en juzgar injustamente a la gente a base de la apariencia. Sigue leyendo