Tras las huellas del gran misterio: Crónica de un peregrinaje entre luces y sombras

mujer

Borges alguna vez nos contó acerca de Ireneo Funes, aquel hombre joven que, a raíz de un fatídico accidente, desarrolló la increíble habilidad de tener percepción y memoria infalibles:

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo” (1944).

Quienes no contamos con la maravillosa facultad de Funes el memorioso, vivimos en el constante ejercicio de vivir, recordar y olvidar. Por diversas razones, lo que se atesora en la memoria se queda por un rato, cambia de forma y va desapareciendo. Nuestra limitada capacidad hace que sea necesario ir depurando un buen número de percepciones para abrirle campo a lo que está por venir. Es por eso que la oralidad y la escritura resultan poderosos mecanismos de defensa contra el olvido: plasmamos lo que experimentamos en una carrera contra reloj, anhelando conservar detalles de eso que nos pareció tan significativo, con la esperanza de que en un tiempo podamos volver a nuestras notas y esos garabatos que escribimos sean pistas, recordatorios que nos conecten con el pasado y nos den luces para seguir hilando el presente.

I

El viaje de descubrimiento auténtico no consiste en nuevos paisajes,

sino en tener nuevos ojos

Marcel Proust

Nuevos ojos. ¿Son, acaso, la cura para la insatisfacción? Soy hija de mi época, así que no puedo negar mi atracción por lo novedoso: nuevas historias, nuevas personas, nuevos lugares, los libros nuevos, nuevas recetas de cocina, nuevos cambios. Pero, ¿cómo tener nuevos ojos? No hay una tienda que venda algo así. ¿Qué significa tener nuevos ojos?

En tiempos donde todo se resuelve con recetas rápidas y un número de pasos para lograr las metas, resulta frustrante recordar las palabras de Silvio y, lo que es peor, tener que darle la razón cuando dice que “lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.” Entonces, tener nuevos ojos es una de las experiencias más hermosas que puede haber. Algunos afortunados empiezan el proceso voluntariamente, preguntándose cómo sería ver distinto y en su búsqueda, echan a andar; otros vamos más desprevenidos por la vida y de repente, alguna situación no deseada nos embiste y nos deja tirados en el suelo.

Y resulta que dicha situación no deseada no es más que la pérdida envuelta en un traje particular, sea enfermedad, abandono, muerte, ruptura, insatisfacción, abuso, suicidio, guerra… tiene tantos trajes y nosotros somos tan ingenuos que a veces pensamos que una situación que nos aturde puede ser más o menos grave que otra, pero olvidamos que pérdida es pérdida, sin importar el disfraz que vista.

Viktor Frankl fue un psiquiatra judío que estuvo en cuatro campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Ingresó junto con su esposa, padres, hermana y hermano. Después de dos años y medio, solo él y su hermana sobrevivieron al horror. A raíz de su experiencia, escribió un libro muy interesante en el que se preguntaba: ¿Qué le queda al hombre cuando lo único que le queda es su ridícula existencia desnuda?

No hay que pasar por un campo de concentración para sentir que la misma pregunta nos increpa cuando la pérdida nos empuja a un no-lugar en el que el tiempo se detiene y de repente, solo hay un silencio sordo y abrumador, acompañado de una sensación de despojo que agota y enoja. Jean Vanier (1998) dice que solo nos hacemos conscientes de la soledad en momentos en los que no podemos responder o cuando la imaginación parece fallarnos. Así que hacerse consciente también entra en la lista de lo hermoso porque nos cuesta la vida. Es un ejercicio doloroso que implica conectarse con lo que está sucediendo, observar sin juzgar y darse permiso de sentir, sea cual sea la naturaleza del sentimiento.

¿Cuánto puede durar el dolor de la pérdida? ¿Qué tan intenso y profundo puede ser? ¿Quién es uno durante y después de enfrentarse a la ridícula existencia desnuda y solitaria? No son preguntas para responder a la ligera. De hecho, cada doliente tendrá su propia interpretación de su propio proceso. Cada uno verá a Dios, a sí mismo y a su red de apoyo de forma única. Por eso, es necesario ser delicados con quienes sufren. Al comienzo, me enojaba la imprudencia de las personas y sus comentarios fuera de lugar, pero después me pareció que no decían comentarios impertinentes a propósito, sino que, al carecer de una pedagogía del dolor propio y ajeno, sentían que debían decir cualquier cosa y en ocasiones, les salían las palabras más desafortunadas.

Patricia June Vickers, indígena Ts’msyen del noroccidente de Canadá, me contaba que en su contexto local acogen y cuidan a quienes han perdido seres queridos porque quedan en un espacio entre la vida y la muerte (más en segundo que el primero). Por tanto, acompañarlos mediante muestras de cariño concretas es una forma de invitarlos a acercarse más al lado de los vivos, de recordarles que aún no es su tiempo de partir. Pero, aunque vuelvan, ya no ven igual.La experiencia de la muerte de quienes amamos es una ceguera intermitente, es deambular con los pies arrastrando debido al agotamiento, es naufragar en mar abierto.

El precio de tener nuevos ojos es alto. La pérdida es apenas la primera parada del viaje.

II

No es sino hasta que nos sentimos completamente perdidos o

extraviados que empezamos a encontrarnos a nosotros mismos

Henry David Thoreau

¿Puede la vida cobrar valor después de la pérdida? A veces, sí; a veces, no. Se habla de duelo crónico, de resiliencia, de red de apoyo, de etapas del duelo. Al final de la película 21 gramos (2003), Alejandro González Iñárritu cierra con la siguiente dedicatoria: “A María Eladia, porque cuando ardió la pérdida, reverdecieron sus maizales.” Qué hermosa metáfora para expresar lo que puede suceder.

Puede pasar que el dolor sin fondo pueda articularse con un inesperado amor por la vida. Puede suceder que quien va por este extraño viaje, decida validar sus diferentes estados de ánimo y gradualmente, acepte la idea de que es necesario y saludable vivir cada día, como sea que venga, y no censurarse por su lenta recuperación. Puede que sienta que cojea mientras todo el mundo trota y corre, y que en ese “destiempo”, pueda contemplar mejor al Dios de los lisiados.

Sin embargo, a veces somos lisiados empeñados en ocultar nuestro estado real por temor a asumir nuestra propia vulnerabilidad. Así que ocuparse de forma compulsiva, hacer y hacer hasta el cansancio para terminar el día tan agotados resulta la mejor excusa para evitar dimensionar lo que está sucediendo. Pero, ¿qué pasa cuando el reposo termina siendo un estado casi que inevitable?

Podría pasar que la pérdida presente sea una invitación para elaborar los dolores acumulados a lo largo de la vida. Entonces, la combinación tiempo libre + toma de conciencia + honestidad + vulnerabilidad se convierta en el derrotero del falso ser que tanto trabajo ha tomado construir y mantener. Melody Beattie (2009) lo expresa claramente: “Muchos de nosotros escapábamos de nosotros porque había tanto dolor adentro que no podíamos soportar estar ahí. La única forma de volver a nosotros mismos es sentir todos los sentimientos que dejamos que se escaparan del cuerpo. Limpiamos la casa, después llegamos y vivimos en nosotros mismos de nuevo”.

Dicen que no hay resurrección sin crucifixión. Pues tener nuevos ojos y apostar por la vida es un proceso doloroso, pero provechoso. Revisar las bases de la identidad que he construido al cuestionar-me: quién soy si dejo de lado que soy la hija de, la pareja de, que trabajo en, que gano tanto, que soy amiga de, que asisto a tal comunidad de fe, que he viajado a, que he estudiado en… qué queda cuando intento explorar realmente quién soy… a veces, temía pensar que solo había un hondo hueco en mi interior.

Por fortuna, algunos que llevan más años recorriendo esta tierra me dieron un poco de esperanza. Eugene Peterson lo dice con la sencilla complejidad que lo caracteriza: “Debes hallar el ritmo de tu propio cuerpo, tu propia vida, tu propia historia. Tener ritmo quiere decir que pasas el resto de la vida en relación con quién es Dios, quién es Jesús. Entonces, es más como un baile.”

Hallar el ritmo… suena a tarea colosal cuando, de alguna manera, persiste esa sensación de estar desintegrado…

***

Cuando me encontré sin dinero, aprendí a compartirme.

Cuando perdí mi casa, me convertí en una viajera.

Cuando perdí a mis padres, la Madre Tierra y el Padre Cielo me dieron la bienvenida al hogar.

Cuando perdí a mi amante, acepté el llamado a amarme a mí misma.

Cuando me encontré sin un hijo, volví a cuidarme maternalmente.

Cuando perdí mi trabajo, creé el trabajo de mi vida.

Cuando me encontré sin creencias, aprendí compasión.

Cuando perdí la esperanza, me encontré en el generoso presente.

Cuando perdí mi dirección, encontré el Camino.

Judith Froemming (s.f.)

Y, ¿a qué se parece ese Camino?

III

El concepto de paradoja sugiere que la verdad radica en, pero también

más allá de lo que se percibe inicialmente. El regalo de la paradoja provee

una capacidad fascinante: reúne verdades aparentemente contradictorias

con el fin de ubicar una verdad mayor (…) la curiosidad construye una

cualidad de indagación cuidadosa que va más allá del significado

aceptado. Desea ir más profundo y, de hecho, se emociona por aquellas

cosas que no se entienden de inmediato

Jean Paul Lederach

Perder para encontrar. Morir para vivir. Habitar para abrir campo a lo nuevo. Quedar ciego para ver. No son paradojas novedosas, parecen resonar una y otra vez en los relatos bíblicos y en la vida personal y comunitaria. Entonces, ¿por qué nos vuela la cabeza la curiosidad paradójica? ¿Desde cuándo empezamos a creer que andar con Dios era un camino certero y predecible? No sé si siempre ha sido así, pero en nuestra época actual, abundan los creyentes que creen tener una respuesta para todo. Todo está dicho, no hay nada nuevo por aprender, solo un libreto gastado y fuera de contexto que no dice mucho, pero aun así, afirman que es la verdad absoluta. “¿Qué es la verdad?” preguntó Pilatos y nos preguntamos muchos hoy día.






En mi caso, no me interesa una definición concreta y absoluta, me basta con recoger pistas para ir haciéndome una vaga idea de lo que puede ser. Y, de nuevo, Jean Vanier (1998) aporta su granito de arena:

Cada uno de nosotros necesita esforzarse por buscar la verdad, no tenerle miedo. Necesitamos esmerarnos por vivir en la verdad, porque nos hace libres, incluso si eso significa vivir en soledad y angustia en ciertos momentos. Quizás esta búsqueda de la verdad es un proceso de permitirnos ser envueltos en la verdad, en vez de poseer la verdad, como si fuera un objeto que pudiéramos poseer, que pudiéramos usar contra otros.

¡Qué hermoso y qué aliviador saber que no somos poseedores de la verdad! A lo mejor el problema es que hemos cosificado la verdad en un esfuerzo por mantener esa idea de que somos  “señores” de todo, incluso de lo que no podemos aprehender. Somos bastante simpáticos los seres humanos, un poco infantiles, centrados en nosotros mismos, al punto de sesgar nuestras lecturas teológicas y asegurar que tenemos la revelación completa de Dios y, por tanto, podemos decirle al otro cómo vivir, así en ocasiones no tengamos idea de quiénes somos ni para dónde vamos.

Personalmente, me cuesta mucho la idea del Dios vencedor, del que se impone y siempre gana. Me quedo mejor con esa imagen que describe Isaías: “El siervo creció ante Dios, un vástago escuálido, una planta cubierta de maleza en un campo reseco. No había nada atractivo en él, nada que nos hiciera voltear a mirar de nuevo. Fue despreciado e ignorado, un hombre que sufrió, que conoció el dolor de primera mano. Lo miraban y no lo tenían en cuenta.” ¿No es paradójico y hermoso que el Señor del universo se haya tomado el trabajo de reaprender al vivir con nosotros? Peor aún, ¿qué intencionalmente haya optado por ser del montón, en vez de un mega-predicador visible y “exitoso”? Dios, el inabarcable, se hace tangible y decide hacer un curso intensivo sobre el dolor…

IV

El misterio no es la ausencia de significado, sino la presencia de más

significado del que podemos comprender

Eugene Peterson

Pueda que nuestra necesidad de establecer absolutos tenga una estrecha relación con nuestra lucha por el poder, por controlar. Pero, parece que es una batalla perdida ante el Misterio de Dios. Querer entenderlo todo es una empresa difícil de alcanzar que, además, mata la capacidad de asombro y la posibilidad de dejarse sorprender con más frecuencia de la que quisiéramos. Aya y Martín (2013) amplían lo anterior:

En la hermenéutica que suele hacerse, se pregunta a la realidad sobre el misterio. Nosotros hacemos al contrario: preguntamos al misterio sobre la realidad. Como respuesta, obtenemos el silencio que sigue a toda perplejidad. Esperamos compartir el silencio de Dios. Vamos desde lo que se sabe a lo que no se sabe. Vamos hacia la perplejidad y no hacia la certeza. No se trata de encontrar respuestas, sino de fabricar preguntas. La pregunta es tu riqueza recuperada. Te ha sido devuelva tu pregunta y ésta es la perplejidad que te permite reinventarte (…) únicamente cuando sostienes la perplejidad por la existencia, ésta no se fractura ni se aleja de ti.

Quienes vivimos inmersos en el ruido no sabemos qué hacer con el silencio, nos resulta incómodo, pesado, porque pareciera que nos invita a rendirnos, a soltar el control, a esperar que nuestro interlocutor hable cuando quiera, no cuando se lo exijamos. Otras culturas nos enseñan que es en el silencio donde suceden cosas maravillosas, por lo que no hay que temerle ni precipitar su final. ¿Podría ser que nuestro nivel de ruido interno/externo sea inversamente proporcional a la comodidad que nos produce el Misterio de Dios, la sacralidad de la vida, la belleza del momento, la soledad, el dolor, el sinsentido?

***

“Esperé y esperé y esperé a Dios. Por fin miró; finalmente escuchó. Me sacó de la zanja, me tomó del lodo profundo. Me paró sobre una roca sólida para asegurarse que no resbalara. Me enseñó cómo cantar la canción más reciente para él, una canción de alabanza para nuestro Dios. Más y más personas están viendo esto: ellas entran al misterio, se abandonan en Dios. Benditos, ustedes, que se entregan a Dios, le dan la espalda a “lo seguro” del mundo, ignoran lo que el mundo adora; el mundo es una reserva inmensa de las maravillas y los pensamientos de Dios. ¡Nada ni nadie se asemeja a ti! Empiezo a hablar sobre ti, digo lo que sé, y rápidamente, me quedo sin palabras. Ni los números ni las palabras te representan.”

Salmo 40:1-5 (MSG)

carolina-rodriguez Por: Carolina Rodríguez Méndez.
Mujer. Creyente. Lingüista. Viajera. Conectora. Traductora. Editora. linuscr@gmail.com

2 comentarios en “Tras las huellas del gran misterio: Crónica de un peregrinaje entre luces y sombras

  1. Woooo! Gracias. había estado pensando últimamente en algo parecido.
    Solemos guardarnos el dolor para no mostrarnos “vulnerables” “sin fe” porque vivimos con la falsa creencia de que si nos mostramos así la gente va a pensar que dudamos del poder de Dios. (en especial cuando somos líderes) y he aprendido (de la forma mas dolorosa) que cuando nos quitamos la mascara delante de Dios, cuando más me encuentro débil, es cuando mas he sentido lo maravilloso que es Dios.
    y ahora digo que tengo muchas preguntas y no tengo ninguna respuesta pero le creo al Dios que las tiene todas.

    Saludos desde México.
    @genekineret

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