¡Arrepentios!

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Está más que claro, según los evangelios, que las autoridades judías en tiempos de Jesús de Nazaret -los poderosos, los mandamases, los políticos, los ricos- reaccionaron ante la aparición del nuevo maestro galileo con indiferencia primero, con preocupación después, y con miedo al final.

Hasta ocho veces se menciona en los cuatro evangelios el miedo que Jesús de Nazaret acabó provocando entre la gente que ostentaba el poder. Miedo a perder los privilegios que Roma, un poder superior a ellos, les concedía (Juan 11, 47-48); miedo a encender la ira del pueblo (Mateo 21, 46); miedo, incluso, a que los matasen a pedradas (Lucas 20, 6). Hasta Poncio Pilato, prefecto del Imperio, sintió mucho miedo ante el “caso Jesús” (Juan 19).

Pero seamos honestos, y no nos dejemos llevar por nuestra devoción cristiana. En realidad, toda aquella gente que vivía de forma opulenta a costa de la pobreza y de la opresión del pueblo llano no le tenía miedo a Jesús. Para ellos, él era un simple predicador de provincias, a todas luces enajenado -quizá endemoniado- que se rodeaba de unos cuantos perroflautas desarrapados, y que no hacía otra cosa que ladrar su indignación por las esquinas. No, no era a él quien temían. Aquel galileo arribista no tenía ni la voluntad ni la fuerza para arrebatarles el poder. No, no era a él a quien temían.






Quienes provocaban su miedo eran los sin voz, de quienes Jesús de Nazaret se había convertido en la voz, en el portavoz de su sufrimiento, de su hambre, de sus ansias de dignidad. Él no tenía intención ninguna de provocar ni una revuelta, ni una rebelión, pero el pueblo estaba ya tan al límite que cualquier cosa podía ocurrir, bajo cualquier pretexto. A eso le tenían miedo los poderosos, al pueblo: “Y lo oyeron los escribas y los sumos sacerdotes, y buscaban cómo matarlo porque le tenían miedo, pues todo el pueblo se admiraba de lo que les contaba” (Marcos 11, 18).

Hoy los gobernantes vuelven a tener miedo. Jamás se lo tendrán a una sola persona, por carismática o telegénica que sea. Se lo tendrán al pueblo indignado, harto de saberse sometido por poderes que, a su vez, se ven sometidos por otros poderes superiores a ellos. Se lo tendrán a las gentes sencillas cuando se quitan el pañuelo de los ojos, y se lo ponen en el cuello dispuestos a sudar trabajando por la justicia social. Se lo tendrán a los hambrientos que se organizan para que el hambre se acabe. Se lo tendrán a quienes no dan un paso atrás cuando aparecen las porras y las pelotas de goma, solo porque no están dispuestos a callarse frente a la injusticia. Se lo tendrán a los nadies cuando alguien los convenza de que alguien son. Nos lo tendrán cuando reaccionemos -de forma pacífica, nunca violenta- con la mirada encendida por el ansia de libertad, igualdad, y fraternidad.

Hoy ya no está Jesús de Nazaret. Pero de él aprendimos que tenemos derecho a reclamar dignidad y respeto para los que sufren. Y también aprendimos a no callar, aunque tomar la palabra signifique correr peligro. No nos callaréis porque aprendimos a hablar las palabras de Jesús: Hipócritas, sepulcros blanqueados, lobos con piel de cordero… Más os valdría ataros al cuello una piedra y lanzaros al mar, que provocar el sufrimiento de nuestros hermanos más débiles. Arrepentíos de vuestra insaciable ansia de poder, y poneos a servir a los más pequeños. Si no, no encontraréis paz, como el camello no encuentra la forma de pasar por el ojo de una aguja. Arrepentíos.

juan-ramon-junquerasPor: Juan Ramón Junqueras Vitas
Teólogo – Periodista
Facebook /  Juan Ramón Junqueras

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