El libro de Nehemías y la reconstrucción del tejido social

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Me basta con mirar el noticiero al medio día para entender la tristeza que sientes cuando piensas en tu país. Si me lo preguntas a mi, motivos para llorar nunca me han faltado, y no se trata de sensibilidad política como podrías pensar de alguien que llora tres veces cada vez que se sienta a ver Les Miserables, el musical.

Te conté que estas semanas estuvimos leyendo el libro de Nehemías en mi congregación quienes queríamos prestar algún servicio el año que viene. Dios sabe que si resulto ser útil, allí estaré, y aún si no lo soy, el Señor me tendrá paciencia suficiente como para dejarme revolotear por ahí. Al final, te escribo porque no pude dejar de ser cautivado por ciertas revelaciones, puede que alucinaciones, sobre la posible relevancia del texto de Nehemías en los días que como nación nos abruman.

Nehemías es un texto con un claro discurso de construcción de una identidad social para los habitantes de Jerusalén. En el comienzo del libro se les ve jodidos, han perdido todo y son la burla de todos los demás pueblos quienes dan por hecho de que es imposible que se vuelvan a levantar del estado en el que se encuentran. Sin importar cuánto pase el tiempo, solo se alimentan las voraces burlas de todos los que bailan sobre sus escombros.

El primer elemento que llega al relato en medio de este contexto desesperado, como en muchas de las historias épicas, es un hombre con una voluntad de cambio. Un hombre acomodado, con una posición importante como la de copero del rey, y que a pesar de su poder se conmueve a favor de los que sufren en una realidad aparentemente enajenada a la suya. Antes de que mi cerebro acepte finalmente que este planteamiento narrativo se trata de una ficción, viene a mi mente la historia de Jaime Duque Grisales, el creador del parque cultural que lleva su mismo nombre y primer jefe de pilotos de Avianca nacido en Colombia. Un hombre que por allá en la mitad del siglo pasado dedica su talento, sus recursos y su ingenio para que los Colombianos puedan acceder a las obras universales de la cultura que de otro modo serían “privilegios burgueses”, Veo al llamado “piloto de los sueños” y pienso que “rico y poderoso” no necesariamente son sinónimos de “avaro o malvado” y vuelvo al estado de suspensión de la incredulidad que el texto bíblico demanda de mi.

Este hombre, que se presenta como de los buenos muchachos, con ambiciones de bien que sobran en los cuentos y escasean en las calles, tiene intenciones de anteponer sus principios a sus privilegios, y decide marchar a Jerusalén para finalmente hacer algo, y, aún cuando él mismo afirma que tiene un plan dado por Dios, decide que su primer acto será el de evaluar la situación de una manera pragmática. Quizás nosotros, como sucesores simbólicos de este Nehemías deberíamos aprender a no actuar bajo la turbulencia de nuestras emociones sino, aún en las cosas que consideramos espirituales y sagradas, aprender a hacer planes efectivos para no terminar siendo como la alcaldía de Bogotá, que ni cuando se inclina a derecha o izquierda es capaz de concretar ni la organización de un asado familiar.






Lo siguiente que quiero compartir de mi lectura, es la importancia de definir una especie de misión conjunta para materializar la reconstrucción del tejido social, esto es porque mientras cada quién siga velando por sus propios intereses dentro de una comunidad es imposible formular dinámicas que ayuden a mediar en los roces cotidianos que resultan inevitables. Mira que es bien fregado tener vecinos que te rompan los huevos moviendo muebles a las cuatro de la mañana, pero cuando sabes que puedes confiar en ellos para que el barrio sea más seguro, o sabes que están presentes en caso de cualquier emergencia, pues se les pasa por alto hasta su schnauzer latoso que no se calla ni dormido. Consideremos entonces la necesidad de un buen lubricante para lograr que cualquier engranaje humano funcione. Acercándose un poco a esto, el capítulo tres de Nehemías nos habla del comienzo del trabajo, distribución de roles y el apoyo que recibieron los habitantes de Jerusalén de sus vecinos de poblados aledaños, y es que en un contexto donde todos estaban desmoralizados, pues lo mejor que se puede hacer es abrazarse y echar pa’ arriba todos a la vez. Pienso de nuevo en Colombia, y recuerdo por ejemplo en que acá tenemos buenas políticas para los reinsertados de la guerra, entre muchas cosas que se desconocen de los procesos de paz de la última década, hay que reconocer que tenemos una ruta de reintegración social definida donde a los excombatientes se les inculca un propósito, se les da formación académica y oportunidades laborales para que puedan empezar a aportar desde la legalidad a la comunidad a la que van a pertenecer. Ante esto, me sorprende como algunos, de la iglesia de -quien sabe cuál- Cristo, hacen voces clamando “justicia” equivocadamente asociando justicia con condena o prisión, cuando por extraño que les pueda parecer, la justicia que obtuvimos en la cruz no fue punitiva, sino restaurativa para todos. Causando deshonra para el nombre de Cristo, y tristeza para los que en medio de todo, aún creemos que la reconciliación es el camino para la paz.

Vuelvo otra vez a Nehemías, y pienso que el que cada uno de los sacerdotes haya reparado justo la porción de muro que quedaba frente a su propia casa no me escandaliza tanto como debería. Haber crecido en un ambiente donde aquellos que se consideran principales de la iglesia acostumbraban a velar por sus intereses y los de su casa antes que el de sus hermanos y consiervos me ha desensibilizado un poco. Hay que tener una conciencia cauterizada para considerarse siervo de Dios, ver a todo el mundo al rededor partiéndose el lomo por el bien de la ciudad, y conformarse a levantar el pedazo de muro que lo protege a uno no más, mezquindades propias de algunos dirigentes a las que uno desafortunadamente se termina acostumbrando. Precisamente veo en este libro como pilar de todo el discurso, un llamado a combatir la odiosa mezquindad que nos puede consumir como comunidad. Fíjate en el versículo 14 del capítulo 4. El llamado a la lucha no se hace desde la defensa al individuo sino desde la apropiación del prójimo, de entenderlo como parte de mi, lo cuál implícitamente indica que yo soy de cierto modo, parte suya. Se pone izquierdista el asunto y todo sin que nos demos cuenta y lo que queda en esta sección del texto es que a través de una buena organización social, frustran los planes de sus enemigos y continúan la obra un día a la vez siempre insistiendo en el cuidado mutuo.

Ahora bien, para volver más “comunista” el asunto, como dirían nuestros hermanos de la derecha evangélica, ¡El tipejo este regaña a los ricos por cobrar usura a sus hermanos que en medio de la necesidad tuvieron que pedir prestado para sobrevivir! Habráse visto tal descaro por parte de un líder comunitario, violar la privacidad y las libertades comerciales de los emprendedores Israelitas dizque’ buscando el bien común. Te confieso que sonreí cuando leí la forma en la que Nehemías lo denuncia,

—¡No está bien lo que ustedes hacen! ¿Acaso no deberían andar en el temor de nuestro Dios para evitar que nos pongan en ridículo las naciones enemigas?  Yo mismo, al igual que mis hermanos y mis trabajadores, he estado prestando dinero y grano al pueblo, pero ahora dejemos de cobrarles intereses. Devuélvanles hoy mismo sus campos y viñedos, sus olivares y sus casas. Además devuelvan los intereses que cobraron cuando prestaron dinero, grano, vino nuevo y aceite de oliva.” Neh 5:9-11

Vivimos en una realidad cristiana donde el pecado se minimiza casi exclusivamente a lo sexual o escandalosamente inmoral. Los líderes de nuestra cristiandad se rasgan sus vestiduras por una marcha del orgullo LGTBI, pero ante los nexos con paramilitares y desviación de los recursos de la iglesia a sus cuentas personales quedan totalmente pasmados, como si el tema no fuera con ellos. Levantan marchas en contra de la adopción por parte de parejas del mismo sexo, pero nunca hemos visto una campaña nacional de la mitad de tamaño en pro de la adopción de niños por parte de parejas evangélicas. Esas cosas bien sea dicho, nos hacen quedar en ridículo, nos parecemos al tonto que navega una balsa a medio hundir mientras se ríe y se mofa de los que a su lado flotan en tablas. Quizás , con la excusa de esta pequeña pasada al libro de Nehemías valga la pena desempolvar a Wesley y darle una buena releída a la cuestión de la santidad social para nuestros días.

Finalmente, después de otra serie de adversidades, pero siempre unidos y con la ayuda de Dios, dice mi NTV que un dos de Octubre lograron finalizar la obra que los juntó en beneficio común. Acto seguido ocurre otro evento social importante, Nehemías realiza un censo. Y a mi modo de ver las cosas, tiene que ver con un símbolo de apropiación de la obra terminada, como los créditos al final de las películas. Cada ciudadano debía sentirse parte de esta nueva Jerusalén que se levantaba finalmente, para gloria de sus habitantes, y vergüenza de sus detractores. Al final, una sociedad no son sus límites físicos o culturales sino el sentimiento de cohesión que exista entre sus miembros. En Colombia tenemos muy poco que podamos considerar “NUESTRO”, los colombianos no basamos el grueso de nuestra admiración nacional en las construcciones colectivas que tenemos, sino en los logros individuales que de una u otra manera nos atañen, por ejemplo un par de goles bien marcados, Gabo, Patarroyo, las arepas icónicas de cada región, Betty la Fea, y otro par de ídolos mundanos que no vienen al caso. Tenemos la labor de plantear escenarios de construcción colectiva que pongan a prueba quienes somos, y de qué somos capaces para gloria nuestra, y de cierto modo, la frustración de quienes tal vez por ignorancia, tal vez por una estúpida xenofobia, quisieran vernos destruidos.

Nuestro viaje por el libro continúa dramáticamente hacia su desenlace, pero hace falta una pieza fundamental para entender la retórica de construcción de identidad que nos planeta Nehemías, la cohesión social no puede ser solo exterior, a punta de obras civiles y acuerdos sociales. Para que exista una verdadera comunión en la comunidad, -y me gusta como suena- es necesario conectar a niveles más íntimos, si se quieren llamar pues, trascendentes. En el capítulo 8 vemos al pueblo reunido en torno al escriba Esdras para la lectura de la ley de Moisés, el asumido compendio de normas morales y espirituales que finalmente vincula e identifica al pueblo de Israel. Vuelvo entonces a nuestra realidad y pienso que como Cristianos no tenemos la figura de la ley de Moisés para unificarnos de esa manera. Los cristianos tenemos única y exclusivamente a Cristo como fiel imagen de Dios y revelación máxima de su carácter y esencia. Sin embargo, a Dios le plació que la iglesia funcionara desde la heterogeneidad y la diversidad y no desde un marco legal regulatorio. Aquellos que intentan industrializar la fe creando creyentes en masa parecen ver la vida espiritual desde los ojos de la ley, ante la cual “Todos somos iguales”. Mas en Jesús cada creyente es una parte dinámica del cuerpo, cada quien es testimonio vivo de Dios y aporta su vida como única e irrepetible. La unidad del cristianismo es en cierto porcentaje, en doctrina, en otro tanto en carácter, y otro poco, en espíritu y buena voluntad hacia todos los que proclaman el nombre del Señor. Más allá de eso, en cualquier intento de unificación y masificación encontraremos solo voluntad de someter a los creyentes y de violar su libertad  comprada con la sangre de Cristo. Ahora bien, si hablamos desde una perspectiva civil, no podríamos reducir el tema a la unidad a través de los valores “cristianos” puesto a la subjetividad misma del concepto, sino que tendríamos que sentar bases sobre la declaración internacional de los derechos humanos, como documento que nos protégete civilmente y que nos une en un marco mínimo de respeto sobre el cuál cada quien puede construir su vida como le parezca mejor. Nos es necesario aprender a respetar estos espacios y acuerdos comunes para garantizar equidad en las reglas de juego con el resto del mundo.

Mira que vale la pena leer este libro hasta el final, cuando pensaba que ya no me podía llevar más sorpresas, en ese mismo capítulo ocho, Nehemías, Esdras y los Levitas decretan un día de fiesta, y como un verdadero gesto de la belleza humana dan la orden de dar comida y bebida a todos aquellos que no estaban preparados para la celebración. Esa actitud de cuidado, de no dejar a nadie atrás y preocuparse por los que no tienen para no enajenarlos de las actividades de la comunidad es palabra de Dios para mi vida que me lleva a cuestionarme y a revisar si quizás yo mismo no soy vergüenza de llevar el nombre de un Dios que se muestra tan preocupado por los que en nuestro modelo socio económico actual se consideran desfavorecidos. Ese es un Dios que verdaderamente redime, cuya salvación no se manifiesta solamente en librarnos de un cargo de conciencia, sino que restaura el tejido social y nos reconcilia con Él, con nuestros hermanos y vecinos, y en general con toda la creación que aguarda la manifestación de sus hijos. Es la belleza del Dios que Salva. Un Dios que decreta alegría y fiesta para todos por igual.

En este mismo espíritu viene a continuación la posterior confesión de los pecados del pueblo, que además del valor espiritual que nos puede resultar evidente, debería resaltarse como un nuevo comienzo, pedir perdón por los pecados es sellar el pasado, estar a cuentas con uno mismo, con Dios, y con los demás. Implícitamente este acto obliga a los habitantes  de Jerusalén a reconocer sus pecados contra sus vecinos, a pedir perdón por el perjuicio, y al mismo tiempo a aceptar lo mismo en vía contraria. Sanando las heridas causadas por los malos tiempos y restaurando en varios niveles los daños al tejido social que se pudieran haber ocasionado entre los miembros de la misma comunidad.

En lo que respecta a esta corta disertación ya no le queda mucho más tiempo de vida. Al final de la historia, el pueblo realiza compromisos y no los cumple. El texto nos da a entender que siempre se necesitará la figura de un caudillo que vigile los progresos y acuerdos a los que una sociedad en reconstrucción pueda llegar, pero yo quisiera esforzarme y pensar que esto no es así, que algún día aprenderemos a ser autosuficientes y a hacer valer nuestra dignidad social por amor y respeto a la comunidad a la que pertenecemos. El libro termina volviendo al conflicto original que causó toda la ruina de la ciudad, con lo cual nos recuerda que la historia de la humanidad es una espiral, siempre en progreso, pero siempre volviendo muy de cerca sobre los caminos que ya recorrió. Que Dios nos guíe por este entramado y nos de la fuerza para construir desde el amor en cada una de las comunidades a las que pertenecemos.

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Por Ariel Ortiz Beltrán
Creador multimedia  – Teólogo Amateur

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3 comentarios en “El libro de Nehemías y la reconstrucción del tejido social

  1. Aciertas puntualmente en el divorcio acentuado que tiene la comunidad cristiana y la sociedad en general. Me deja intrigado y desafiado, primero, en cuanto a mí. Sin duda una valoración que debe ser profundizada y expuesta, no solo en su perspectiva espiritual, sino en aquellos detalles que siendo tan visibles, son ignorados a consciencia.

  2. Nehemías tiene también su lado oscuro. Su proyecto de reconstrucción, que está en la misma órbita del de Esdras, es exclusivista y destructor de tejido social. Nehemías usurpó los derechos de una población nativa de Jerusalén, destruyó matrimonios mixtos y generó una raza de desposeídos. Las mujeres extranjeras y los hijos que los judíos habían tenido con ellas se quedaron con las manos vacías, mientras los líderes de la reconstrucción se apropiaban de sus casas. En ese sentido se pueden leer las denuncias de Hageo y Malaquías que van dirigidas a esa dirigencia.
    Nehemías no participó de esa corrupción. Como administrador público es ejemplar, mas no como constructor de tejido social.

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