El nacimiento de Jesús: una lectura desde los símbolos

pesebre

Pocos datos históricos, o más bien telúricos, se pueden afirmar del nacimiento de Jesús: que nació de María, que José no era su padre biológico, que esto generó dudas siempre en su comunidad de origen. Un relato interesante para la investigación histórica, pero igualmente impenetrable.

Tal vez, en el plano histórico-crítico, lo más sugestivo sea que el relato del nacimiento es una re-lectura de la resurrección, una forma de narrar los símbolos acaecidos en ella: una mujer que tiene miedo, un ángel que se le aparece, un poderoso que intenta matar al Hijo del hombre, una fuerza divina que lo salva, una nueva forma de nacimiento que señala la transformación de una realidad.

Sin embargo, también se puede hacer, partiendo de la lectura teológica, una lectura más profunda: a partir de los símbolos, como lo ha propuesto Eugen Drewermann y nosotros, desde Ricoeur y Tillich, interpretamos.

Partamos de la literatura comparada. Leyendas paganas refieren historias de una boda sacra, en la que un ser divino desciende a la tierra y toma a una mujer, generando la concepción milagrosa de una criatura humana y divina. Muchos relatos mitológicos, poéticos, narrativos y hasta políticos cuentan algo similar a lo que dicen los evangelios de Lucas y Mateo. Un niño, en el cual se proyectan las esperanzas de una comunidad, es anunciado mediante signos, un grupo de poderosos que se opone a que nazca, un acontecimiento milagroso que salva al niño para mantener viva la esperanza. Moisés, Perseo, Edipo, Augusto, la Reina Hada. La estructura narrativa es similar.






Esta tradición habita el mundo simbólico de los humanos desde tiempos antiguos. Llama a escucharla en narraciones, a vivirla en nuestros ritos. Es un sueño convertido en literatura.

Sabemos, desde Carl Gustav Jung, que el mito es el sueño colectivo de los pueblos. Los sueños no tienen la mera función de encubrir lo reprimido, sino de empoderar al soñador para tomar caminos necesarios a lo largo de su vida. O como lo plantea el teólogo y psicólogo Eugen Drewermann:

“El sueño se entiende rectamente cuando el soñador puede comprender algo con su contenido, cuando puede aprovecharlo para su propia vida; o cuando, en el caso de una vida psíquica perturbada por la neurosis, el sentido del sueño se incorpora al proceso terapéutico”.

Este pensador alemán –controvertido, por cierto- invita a interpretar los relatos bíblicos como si los hubiéramos soñado. La realidad simbólica es la clave para leer muchos textos sagrados, a los cuales no podemos acceder de manera literal.

La Biblia no es un libro de historia, sino una colección de narrativas simbólicas que cuentan sobre lo que afecta al ser humano en todos los tiempos y culturas. Los relatos bíblicos deben ser vistos como creaciones poéticas, en las que subyacen realidades humanas más profundas.

Los personajes presentados en los textos bíblicos son dimensiones de la existencia humana, encarnados literariamente. Pueden ser leídos como lo hace Bruno Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas. O como dice Drewermann:

“Los cuentos populares son reliquias del jardín de la infancia de la humanidad… su lenguaje es el lenguaje de los sueños…, por lo que necesita una especie de sueño infantil, una nueva inmediatez de comprensión y vivencia para entender como adultos los cuentos populares”.

Si observamos la narración de Mateo (1,18-2,23), sabemos que se trata de un relato guiado por los sueños de José. Esto responde a la perspectiva que se tiene tanto en Antiguo Oriente como en el Mediterráneo del siglo I, donde los sueños son considerados como revelaciones trascendentales para la vida, palabra de los dioses.

La trama que guía las escenas de este texto son los sueños, las revelaciones íntimas y los fenómenos cósmicos. Así se reconoce el papel de lo subjetivo, los sentimientos, las estructuras personales, nuestros ángeles y demonios a la hora de transitar por la vida. Ningún sueño es arbitrario, sino la prescripción de una ruta, expresión, interpretación y explicación de un mundo interno, orden divina para reconocer la esencia del propio corazón.

En el relato onírico de Mateo, se describen lugares con funciones narrativas que corresponden a la psicología de lo soñado. Los personajes aparecen como arquetipos. José –que es a la vez el José de Egipto- sueña con el Faraón, con Moisés, con los magos, con María. Sueña con el peligro y la salvación, y escucha la voz de un ángel, que le dice que el niño inesperado es obra del Espíritu, promesa para liberar al pueblo y salvarlo de la culpa.

José es una figura simbólica de la conciencia. Allí se personifica al individuo que, en ocasiones, no puede entenderse a sí mismo, y es puesto en contradicción con sus temores. Sin embargo, toma la decisión de irse contra ellos y reconocer y valorar aquello que la cultura tiende a reprimir, o él mismo ha internalizado, convirtiéndolo en un obstáculo para su felicidad.

María es el alma marginada, acusada por la cultura y también por sí misma. Es símbolo la culpa personal y en la tragedia universal. Pero decide creer, estar más allá de las normas y las leyes. Se hace sujeto, -en términos místicos, objeto- de la misericordia divina. Lo no deseado en ella se convierte en lo deseado. Ella es la humanidad avergonzada por la ley, aplastada por el pecado y en necesidad de salvación, arrinconada por su miedo. En su símbolo, toda la humanidad espera y teme, y camina hacia la salvación.

El niño es el “Dios con nosotros”, Hijo de Dios, símbolo interior, cuya riqueza consiste en las experiencias de cada alma, llamada a un nuevo comienzo, en busca de su vocación. Aquí se gesta la dimensión del Cristo o, como lo nombra Tillich, el nuevo ser. El Cristo es la manifestación no deformada del ser esencial en el seno y bajo las condiciones de la existencia. Cristo, el fin de una existencia vivida en la alienación y la autodestrucción.

Herodes hace también parte de nuestro ser, nuestra oscuridad, nuestro anticristo. Encarna los temores de perder el predominio y se erige con el deseo de ser el único dueño, con control sobre el universo, encarnación de la ley absolutizada que niega todo nacimiento de la creatividad. Es el hombre alienado del fondo de su ser, de los demás seres y de sí mismo. Quiere matar al niño, porque no acepta que, al vencer la vergüenza y la angustia, pueda nacer lo redentor.

Los magos son personajes que comprenden la dimensión onírica del nacimiento del niño, pues los astros son reflejo del alma humana y lo que ésta proyecta en el cielo. Niños grandes, que creen en viejas leyendas, videntes creativos. Encuentran posibilidades en situaciones imposibles, al parecer, de transformar. Son esa otra parte del alma que rompe las reglas y se acercan al niño para adorarlo como una nueva vida y esperanza.

El ángel es la conciencia del ser, imagen personificada dentro del humano, en la que Dios se ha formado una morada. Se da a conocer en las profundidades del alma, no en el estado de vigilia. Sólo allí, en la autenticidad, cuando nadie nos ve, se puede percibir el mensaje divino. O como lo plantea Tillich, ángeles y demonios revelan la existencia de estructuras supraindividuales de bondad o de maldad, poderes constructivos y destructivos del ser, que andan ambiguamente entretejidos y en mutua lucha en el seno de una misma persona, de un mismo grupo social y de una misma situación histórica.

El nacimiento virginal es metáfora de nuestro ingreso a la vida, después de frustrantes y amenazadas esperanzas, en medio de la oscuridad de sentirnos arrojados.

El nacimiento del Cristo es una visión del corazón, una metáfora de la conciencia, un milagro del alma y no del cuerpo, una transformación del ser.

juan-esteban-londono Por: Juan Esteban Londoño
Filósofo – Teólogo / Escritor
e- mail / ayintayta@gmail.com

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