Lo que Dios pide

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En Miqueas 6:6-8 dice: “Con qué me presentaré ante Jehová y adoraré al Dios Altísimo? Me presentare a Él con holocaustos, con becerros de un año? Se agradará Jehová de millares de carneros o de diez mil arroyos de aceite? Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, y ¿Qué pide Jehová de ti? Solamente hacer justicia, amar la misericordia y humillarte ante tu Dios”.

Ese “solamente” es muy enfático, traza la diferencia entre lo que Dios pide y lo que las religiones piden, lo que la Sociedad pide y lo que nos exigimos a nosotros mismos.

El énfasis de la predicación de Jesucristo nunca estuvo en las ceremonias ni en los dogmas, sino en la misericordia. Relatos suyos como el del Buen Samaritano, como el del Hijo Prodigo y como el de los 2 deudores se basaron en esto. Al tratar temas escatológicos como el Juicio Final, dio como razón de la condena de aquellos excluidos del Cielo: “Porque tuve hambre y no me disteis de comer” y dijo luego: “Y en cuanto no lo hicisteis a uno de estos mis hermanos mas pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:41-46)

¿Podemos entonces decir que Martín Lutero estaba errado cuando proclamo que la salvación no es por obras? En realidad, no es por obras, en cuyo caso Dios estaría en deuda con el hombre teniendo que salvarle a cambio de lo que el hombre ha hecho. Y Dios nunca estará en deuda con nosotros sino nosotros con Él. Por las obras no advenimos a merecer nada de Dios. Pero las obras de justicia que proceden de un corazón contrito y humillado reflejan el carácter de Cristo. Si ya Cristo esta en nosotros, entonces nuestra perspectiva es permanecer con Él, aquí y en la eternidad.

¿Qué pide Jehová de ti?, pregunta el profeta Miqueas. Hace un tiempo daba una clase sobre el Pentateuco a un grupo de pastores. Y me atreví a preguntarles como amigo del método dialéctico, lo que pasaría si cada vez que los humanos faltamos a Dios de cualquier modo, tuviéramos que llevar una oveja o un becerro para ser sacrificado, o una vaca. Sería de esperarse que pronto se extinguiera el ganado en el mundo.






En los tiempos del Antiguo Testamento, la posesión de ganado en abundancia era precisamente, uno de los medidores de riqueza. ¿Tendría el pobre, desprovisto del dinero necesario para comprar animales, a veces sin ni siquiera lo suficiente para comprar una paloma, que esforzarse mucho más que el rico para no pecar? ¿Habría sido injusto Dios?

No lo creo. De hecho, Jeremías 7:22-23 dice: “Porque no hable yo con vuestros padres ni nada les mandé acerca de holocaustos y de víctimas el día que los saque de Egipto. Mas esto les mande diciendo: Escuchad mi voz y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo.”

Dios nunca en realidad, pidió matar animales como condición para perdonar pecados. Siempre ha pedido de ricos y de pobres lo mismo: un corazón limpio que Él ha prometido nunca despreciar. Los sacerdotes del Segundo Templo idearon todo ese sistema de holocaustos y los escribas lo añadieron a las Sagradas Escrituras. Tesis revolucionaria y controversial pero razonable. Por eso Juan el Bautista anuncia: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Está diciendo: “Por fin ha llegado el Cordero efectivo, el único que puede remover el pecado porque ninguno de los anteriores lo pudo hacer”.

Cuando se lee la Biblia en clave cristocéntrica, las conclusiones pueden ser desconcertantes. Es claro que sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados, no por otra razón que el hecho de que la sangre representa la vida. No hay manera de seguir a Cristo que no sea muriendo, como murió Él. El Evangelio es autonegación continúa hasta la muerte y disposición de ser asesinado por su causa como sucedió con Cristo y con casi todos los apóstoles. Autonegación no es ascetismo, no es aislamiento ni es deshumanizarse ni autocastigarse; es vivir en comunidad con los pecadores, reconociéndose uno mismo pecador pero peleando contra el egoísmo propio, sirviendo abnegadamente a los demás. Ese es el sentido de la vida para todo el que quiera seguir en pos de Cristo.

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Por Julio Álvarez Rivera
Teólogo – Profesor
Facebook / Ministerio Juan 17:17

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