Serie: Sexo, virginidad y matrimonio; una destrucción teológica – Parte 2

Matrimonio: un contrato

En el mundo bíblico, el matrimonio no era visto como el resultado del enamoramiento, sino como un contrato entre familias (Deut 7,3; 2 Sam 18,19).

Por supuesto, hubo personas afortunadas para quienes coincidieron el amor y el contrato, como es el caso de la princesa Mical, quien estaba enamorada de David, a pesar que este había sido prometido a su hermana Merab (1 Sam 18,17.26). Pero se habló con el rey Saúl, su padre, y se pudieron hacer los arreglos para casar a los enamorados.

[El matrimonio no fue tan feliz. Luego de que David tuviera problemas con su suegro, Mical fue entregada, cual producto vacuno, a otro hombre llamado Palti, (1 Sam 25,42). Después, cuando David ya era rey, pidió la restitución de su primera mujer y le fue concedida (2 Sam 3,13]). Pero esta misma Mical menospreció a David por haber bailado ante el arca de Yahvé, y recibió el castigo de no tener más hijos (2 Sam 6,23). David se casó además con otras mujeres, y con otras también adulteró].

La convención del matrimonio social estaba regida por disposiciones jurídicas, cuyo comienzo era la boda y su final, el divorcio.

Según los especialistas (Dyma, 2010), tanto en Israel como en Mesopotamia, el matrimonio era un asunto puramente civil y no era celebrado en acto religioso. Se han encontrado registros de contratos antiguos que dicen de la forma menos romántica posible: “tú serás mi mujer”, y punto.

Un caso específico que describe la manera en que se llevaba a cabo un matrimonio por contrato entre dos hombres -es decir, el padre y el novio, o los dos padres de los novios, pues la mujer no decidía- aparece en el libro de Tobías 7,9-12, recopilado en la Septuaginta:

Cuando se lavaron y bañaron, se pusieron a la mesa. Tobías dijo a Rafael:

   —Amigo Azarías, dile a Ragüel que me dé a mi pariente Sara.

  Ragüel lo oyó, y dijo al muchacho:

   —Tú come y bebe y disfruta a gusto esta noche. Porque, amigo, sólo tú tienes derecho a casarte con mi hija, Sara, y yo tampoco puedo dársela a otro, porque tú eres el pariente más cercano. Pero, hijo, te voy a hablar con toda franqueza. Ya se la he dado en matrimonio a siete de mi familia, y todos murieron la noche en que iban a acercarse a ella. Pero bueno, hijo, tú come y bebe, que el Señor cuidará de ustedes.

  Tobías replicó:

   —No comeré ni beberé hasta que no hayas tomado una decisión sobre este asunto.

   Ragüel le dijo:´.

   —Lo haré. Y te la daré como prescribe la Ley de Moisés. Dios mismo manda que te la entregue, y yo te la confío. A partir de hoy, para siempre, son marido y mujer. Es tuya desde hoy para siempre. ¡El Señor del cielo los ayude esta noche, hijo, y les dé su gracia y su paz!

  Llamó a su hija, Sara. Cuando se presentó, Ragüel le tomó la mano y se la entregó a Tobías, con estas palabras:

   —Recíbela conforme al derecho y a lo prescrito en la Ley de Moisés, que manda dártela por esposa. Tómala y llévala sana y salva a la casa de tu padre. Que el Dios del cielo les dé paz y bienestar.

  Luego llamó a la madre, mandó traer papel y escribió el acta del matrimonio: Que se la entregaba como esposa conforme a lo prescrito en la Ley de Moisés. Después empezaron a cenar.

Como afirma Roland de Vaux (1976), el matrimonio del Antiguo Testamento era una institución patriarcal: el marido era el jefe de la familia, y la unidad familiar es descrita como “Casa paterna” (en hebreo, Bet –Ab).

La mujer dejaba de ser parte de la familia de su padre para constituir la de su marido. Por esto tenía que dar hijos al varón y al clan, y en esto se fundaba la ley del levirato: si un hombre moría, y no dejaba hijos, su hermano tenía que engendrar con la esposa del difunto (Deut 25,5-10).






Ella no podía tener otros maridos o amantes; mientras que los hombres sí podían tener más esposas o concubinas, como sucedió en el caso de Abraham, Jacob y David –al único que se condena por esto es a Salomón, pero no porque tenga muchas mujeres, sino porque entre ellas tiene mujeres paganas, que lo incitan a adorar a otros dioses (1 Re 11,3-4)-.

Por esto es que el noveno mandamiento invitaba a “no codiciar” a la mujer del prójimo, del mismo modo en que llamaba a no codiciar su buey, su asno, o su esclavo (Ex 20,17). Aquí no mediaba una ley de pureza sexual, sino el respeto a la propiedad privada. La mujer era vista como una mercancía, junto al ganado, por ejemplo.

El texto de Jueces 19,21-22 enseña una forma particular de conseguir esposa, en tiempos de escasez:

Vengan a esconderse entre las viñas, y estén atentos: cuando salgan las muchachas de Siló a bailar en grupos, salgan también ustedes de las viñas, y róbese cada uno una mujer, y váyanse a su tierra. Si luego vienen sus padres o hermanos a protestar contra ustedes, les diremos: Tengan compasión de ellos, que no las han raptado como esclavas de guerra ni ustedes se las han dado; porque en ese caso serían culpables.

Los hijos y las hijas eran también considerados fortuna del padre. Por esto se prohibía toda forma de planificación familiar y toda forma de aborto (estos conceptos no existían, aunque sí había prácticas para evitar los hijos, mediante el uso de plantas o de medios animales).

Bien conocido es el caso de Onán, a quien la narrativa castiga por eyacular en la tierra, es decir, no preñar a la mujer de su hermano difunto, para darle hijos al clan (Gen 38,9).

(Este texto no se refiere a la masturbación, pues aquí hay un encuentro sexual de pareja, pero el hombre decide, al final, dejar su semilla afuera).

Entre más prole se tuviera, más se garantizaba la sobrevivencia, pues los hijos eran la fuerza de trabajo entre campesinos y ganaderos. Incluso se podía adoptar para compensar su falta en los matrimonios estériles, y así dar a los padres una ayuda en el trabajo y un sostén en la ancianidad (De Vaux, 1976).

El Nuevo Testamento no cambia esta visión del matrimonio por contrato, aunque suaviza la dureza de la relación, gracias al efecto que tienen las acciones y enseñanzas de Jesús en la memoria de la comunidad cristiana:

Así tienen los maridos que amar a sus mujeres, como a su cuerpo. Quien ama a su mujer se ama a sí mismo; nadie aborrece a su propio cuerpo, más bien lo alimenta y cuida (Ef 5,28).

Sin embargo, en algunos textos permanece la perspectiva de sumisión y silenciamiento, donde las mujeres siguen pareciendo seres de segunda categoría:

La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción (1 Ti 2,11).

que las mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que deben estar sujetas, como también la Ley lo dice (1 Cor 14:34).

Aunque Jesús de Nazaret vino a liberar del yugo a los marginados, y por esto murió a manos del imperio, no siempre las iglesias del Nuevo Testamento siguieron su camino, sino que se fueron acomodando tanto a las leyes judías como al sistema patriarcal de dominio de la casa romana (G. Theissen).

Poco a poco, los cristianos del primer siglo trataron de suavizar el mensaje rebelde de Jesús para que fuera aceptado por las élites romanas (G. Puente Ojea).

Así que, si queremos ser cristianos, siguiendo el camino del maestro, ¿es suficiente con que nos acerquemos a los consejos neotestamentarios que buscan la aceptación del imperio?

¿Sostenemos la continuidad con el modelo de matrimonio del Antiguo Testamento? ¿Son aplicables a nuestra realidad los matrimonios por contrato? ¿Tal vez la estrategia del rapto de mujeres, como en el libro de Jueces?

¿Cuánto podríamos pagar por una mujer? ¿Mil prepucios de los filisteos, como lo hizo David por Mical? ¿Cuánto le pediríamos a un hombre que quiere entregarnos su hija en matrimonio para nuestro hijo? ¿Camellos, esclavos, asnos?

¿Pondríamos en práctica la ley del levirato, en el caso de que un esposo muera, dejando que su hermano fecunde a la viuda?

¿Caeríamos muertos si planificamos mediante el coitus interruptus? ¿Nos mataría alguna divinidad si usamos productos de origen vegetal o animal para evitar los hijos?

¿Qué podría hacer una mujer si está enamorada de un hombre, pero prometida a otro, en el caso de que no fuera una princesa? ¿Existía la libertad de elección, de seguir al corazón, en estas culturas primitivas?

Sin duda alguna, habrá principios eternos y revelatorios en la Escritura que nos orienten para sostener relaciones de pareja sanas y satisfactorias. Todos, o la gran mayoría, buscamos encuentros que iluminen nuestro camino, seres que nos acompañen con su alma y su erotismo, preferiblemente para siempre. Mejor aún, si se pueden garantizar condiciones de seguridad para una convivencia cuidadosa.

¿Pero es el modelo de matrimonio por contrato el que nos puede orientar a una vida plena de pareja?

Lea aquí la Primera Parte

juan-esteban-londono Por: Juan Esteban Londoño
Filósofo – Teólogo / Escritor
e- mail / ayintayta@gmail.com

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