Quod non assumptus, non redemptus; «lo que no es asumido, no es redimido»

Alguien en facebook me retó por un post que publiqué, en el que afirmo que el texto bíblico en su interior contiene contradicciones redaccionales. Me “exigió demostrarle” la verdad del asunto. Lo hizo de una manera tan altanera y soberbia, que preferí tomar distancia. Él interpretó mi reacción como si yo careciera de elementos para argumentar. Decidí guardar silencio porque mi interés solo radicaba en compartir un parecer, no en agredir a alguien. Algunas personas, por ese tipo de actitudes, se pierden de la posibilidad de construir discursos, de aprender en común, de abrir la mente a nuevas posibilidades y descubrir novedades en el texto que tanto aman y admiran.

Así, leo el Testamento Judío y aclaro que no tengo culpa alguna sobre la escritura de los dos textos del inicio, “La Creación” según el Génesis, contengan su propia versión de los hechos sobre la invención del ser humano y el mundo. Tampoco puedo evitar que Caín, luego de matar a su hermano, tenga miedo de ser asesinado por alguien distinto de su papá y su mamá cuando, supuestamente, sólo ellos serían los pobladores del momento.

Más adelante, en un mismo relato, no hay acuerdo sobre la forma en que se organizaron los animalitos para ingresar en el arca de Noé, la contradicción está en un mismo párrafo. Posteriormente, en el Éxodo, el mismo Dios que desea liberar a Israel, edurece el corazón del faraón para no dejarlo libre y, unos capítulos después, este mismo Dios procura asesinar a Moisés. Interesante el libro del Deuteronomio en el que, permanentemente, se ve cómo en la redacción se usan referencias al “tú” y al “ellos” de manera indiscriminada.

Pasajes tan graves como el famoso texto de 2 Samuel 24 y de 1 Crónicas 21, donde aparece el mismo relato, pero en uno da la orden Dios y en el otro Satanás. Textos de la tradición deuteronomista como Samuel y Reyes criticando duramente las injusticias de los reyes de Israel, pero el libro de los Proverbios y más de un salmo alabándolos, especialmente al rey David, aunque denunciado por lo corrupto que fue. Hablar de la sabiduría de Salomón cuando no tenía nada de sabio y ni siquiera Jesús ni el pueblo de su época lo tuvo muy presente en su discurso, antes peor, era recordado por su tiranía.

Ver cómo algunas de las profecías, especialmente de Jeremías, no se vieron cumplidas (y no tenían por qué cumplirse porque ese no es el sentido original de la profecía hebrea), incluso, este profeta vió con buenos ojos la llegada de Nabucodonosor, un rey que fue la peor pesadilla para el pueblo israelita. El Cantar de los Cantares muestra una mujer supremamente libre, haciendo el amor con su novio donde se le pega la gana, pese a las normas levíticas de la pureza ratificadoras de la permanente suciedad de la mujer por su período menstrual (Lv 12; 15).

También en el Testamento Cristiano se puede notar cómo los relatos de la infancia en los evangelios no se ponen de acuerdo sobre las condiciones contextuales de la época en la que nació Jesús de Nazaret (Mt 1-2; Lc 1-2). Agrego, nuestro maestro “de Galilea” nació, según estos textos, en Belén y le llamamos “de Nazaret”. Resulta complejo descubrir las distintas formas de concebir y presentar a Jesús en cada evangelio que podrían afirmarse cuatro personas con distintos genios complejos (el Jesús de Marcos un poco malgeniado, el de Mateo preciso y retórico como un maestro judío).






Desenmarañar las razones por las que se presenta a Pablo de Tarso en los Hechos de los Apóstoles tan distinto a las cartas, especialmente si comparamos sus intenciones y estrategias en Hechos 15 y la carta a los Gálatas; notar a Pablo tan ejemplarmente inclusivo con la mujer en esta misiva y luego, en una de las cartas a los corintios, le exige ponerse velo en la asamblea, en la carta a los Efesios dice que el varón es su cabeza y en una de las cartas a Timoteo les dice “chismosas” y no las concibe como maestras de hombres.

Y el listado no termina con estas afirmaciones. Y todas tienen explicación y razones para ser comprendidas de la mejor manera posible.

Aquí no agoto la gran cantidad de problemas escriturísticos, de las copias de las copias de las copias de las copias de innumerables papiros de diferentes épocas, con muchos amanuenses fungiendo como fotocopiadoras en la tarea para reproducir permanentemente el contenido del pensamiento comunitario a pesar de la contaminación de la tradición oral y escrita. Más de una letra mal puesta, más de un comentario equivocado, más de una lectura imprecisa, más de una duda impresa mientras copiaban y copiaban. Asunto que no pasa solo en la literatura bíblica sino en toda literatura antigua justificando la creación de una ciencia filológica llamada “Crítica Textual” para poder establecer, con aproximación y jamás con pleno acierto, un posible texto original.

Tampoco agoto aquí muchas contradicciones de orden ético, teológico, histórico… En fin.

Afirmar con vehemencia y seguridad que la Biblia “no se contradice, va alineada, porque el autor es más que un hombre… es inspirada por Dios” como me lo dijo aquel sujeto que me “retó” revela, entre muchas otras cosas, su corta lectura, sus prejuicios sobre la inspiración bíblica, cómo disocia la experiencia de la divinidad del sujeto histórico que la percibe y niega cualquier proceso psicológico vivido por todo sujeto inscrito en los ires y venires de sus contextos sociales, políticos, religiosos, familiares, sexuales, alimenticios, de todo tipo.

Estas dificultades del texto bíblico reflejan lo que vivimos todos los seres humanos a diario: contradicciones. Así somos: hoy amamos, mañana no; hoy apostamos con seguridad, mañana perdemos; hoy tenemos un parecer, mañana otro; hoy nos gusta algo, mañana nos disgusta y hasta nos gusta otro asunto; nos preciamos de ser intelectuales, pero con poca lectura, poca cercanía a la realidad y con pésima redacción y ortografía; somos exitosos en el trabajo, pero pésimos con los noviazgos y las amistades; nos juramos humanos en el trato, pero ponemos el pie encima a nuestros súbditos hasta sin darnos cuenta; decimos concebir una política inclusiva y justa, y somos exclusores e injustos; nos quejamos de la corrupción, pero odiamos las multas y buscamos burlarnos de ellas; exigimos leyes, pero nos inventamos formas para saltarlas; le rezamos a la Santísima Trinidad y anulamos la vida comunitaria con nuestra falta de solidaridad; nos evaluamos sencillos y humildes, pero amamos y anhelamos el poder.

¿Y así quieren que un texto antiguo no contenga errores de todo tipo?

Por eso, hoy en día en los estudios bíblicos, se evita hablar de “inerrancia bíblica”. Ahora se dicen otras cosas, como la que leí del maestro Gonzalo de la Torre, C.M.F.: “la capacidad de la Biblia para transmitir la verdad”. Citado de esa manera es complejo, pero sin duda mucho más fascinante desde todo punto de vista. Y para este caso, ¿qué más verdadero constatar cómo los desniveles de la conciencia del escritor sagrado la Biblia no los ahorra ni los esconde ni los miente y, al mismo tiempo, son tan parecidos a mi situación de vida?

Y la fe ¿se pierde? pues no. A mí parecer, se potencia. Y si se potencia, ahí aportamos una pequeña idea para redefinir nuestra precaria forma de comprender la inspiración. Solo puede ser útil para enseñar todo aquello que ha vivido, conoce y refleja mi condición humana tan hermosa y bestial, tan luminosa y oscura, tan eterna y limitada, tan alegre y angustiada, tan alineada y contradictoria, tan organizada y poco perfecta, tan resucitada y muerta, tan errada y débil. Tan humana.

Recuerdo la hermosa frase, creo que es de San Ireneo de Lyon, padre de la iglesia de los primeros siglos, acuñando lapidariamente y para siempre: “Quod non assumptus, non redemptus” (lo que no es asumido, no es redimido). Y todos estos “errores” son, justamente, mi razón para seguir creyendo.

“De mi dolor hiciste una danza; de mi luto, una fiesta” (Sal 30,11).

Por: Manuel David Gómez Erazo
Centro Bíblico Claret – Cali, Colombia
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