Del sadomasoquismo en el cristianismo – Parte 3: Desactivar la violencia sagrada

Para comenzar a desactivar la violencia instrumentalizando a nuestro favor la Sagrada Escritura y el pensamiento teológico, señalemos el “principio protestante” que nos recuerda Paul Tillich: solo Dios es absoluto, nada en este mundo es sagrado (Tillich: 1974; cf Barth, [1921] 2002: 126).  Sólo la enorme trascendencia de Dios es sagrada, todo el resto del mundo, es eso, mundo (Bultmann, 1970: 215-234): no hay sistema político o económico, dogma, persona o espacio que sea en sí mismo sagrado pues no existe más que un solo Dios. Por tanto, agarrándonos de este recurso monoteísta cual clavo ardiente, la violencia nunca es sagrada.

En segundo lugar, debemos fijarnos en la figura del cordero de sacrificio (Lev. 16). En el texto bíblico, y esto Girard lo reconoce también, el sacrificio violento es distinto pues en él no existe como tal la figura del “chivo expiatorio”. A diferencia de los sacrificios no-bíblicos, la victima del sacrificio hebreo no es culpable, sino que sólo puede sacrificarse si es inocente. Esto que suena aún más terrible, es en realidad un escape a la espiral de violencia. ¿Cómo?

Al ser el cordero de sacrificio una víctima inocente, no llega a poseer el carácter sagrado, al contrario, se humaniza, se mundanaliza. De este modo, mediante el sistema sacrificial los hebreos reconocían que lo único sagrado que existe es Dios. Sus víctimas no eran culpables, por eso no eran sagradas, en teoría su muerte no garantizaría ningún bienestar pues no era un acto de justicia humana, y sin embargo Dios se agradaba de estos sacrificios. ¿Por qué?

Porque sólo humanizando a la víctima, se podía detener la espiral de violencia, el cordero (que para fines de la ética de la época representaba una muerte menor, no humana, más bien simbólica) no merecía morir y sin embargo es asesinado, es decir, era una muerte sin sentido, como sin sentido era la violencia del culpable que presentaba el sacrificio. La comunidad representada por el Sacerdote no imita la violencia del pecado, en su lugar mata a cordero, inocente, profano, de una manera absurda, y, de este modo, ya no hay más violencia que seguir. Todo ha sido consumado.

La ruptura de la cadena de violencia mediante la Cruz

En el caso de la muerte de Jesús la violencia no sólo es detenida, sino eliminada pues, pese a la violencia que ejercieron sobre él, no respondió con violencia, sino con un: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Así, la antropología humana del deseo por imitación, de la violencia por imitación es contrastada por la antropología de Dios, que es Jesús, el Verbo humanizado. Dios responde a nuestra cadena de violencia con un mensaje de no violencia. La misión de Jesús fue rescatar a la humanidad de su ciclo de violencia mediante el ejemplo, mostrándonos cómo ser seres humanos, cómo responder y eliminar nuestros impulsos de deseo por imitación y de buscar chivos expiatorios.

Nada más lejos de “la Pasión” de Jesucristo que la exaltación estridente de la violencia, pues su muerte no es sagrada. El crucificado no es Dios, tampoco un ser extraordinario, quien padece el suplicio de la cruz es un ser humano, en su muerte, Jesús muestra la debilidad, “la humanidad de Dios” como le llamaba Barth. Su muerte, que dicho sea de paso en los Evangelios es narrada sin morbo, más bien con sumo respeto, sin detalles sádicos ni pintorescas escenas de tortura, tiene implicaciones más relacionadas con el amor, la comunión y el bienestar. En referencia a la muerte de Jesús, Paul Tillich afirma:

Desde el momento en que Jesús, dando un fuerte grito, exhaló su último suspiro y las rocas se rajaron, la tierra dejó de ser el fundamento de lo que sobre ella identificamos. Sólo puede tener solidez en la medida en que posea un fondo más profundo; sólo puede perdurar en la medida en que esté enraizada en el mismo fundamento en el que se enraíza la cruz (Tillich, 1973: 215)

Es decir, la muerte de Cristo simboliza la unión universal de Dios con los seres humanos, de los seres humanos con ellos mismos y con la creación. Este carácter relacional comunitario de la muerte de Cristo en particular y de los sacrificios en general fue intuido genialmente por el sociólogo, teólogo y exegeta escocés William Robertson Smith quien entendía la muerte y consumo del animal sacrificado como una “comunión sacramental” de reunión entre la comunidad (Smith [1903] 1979; Díaz, 1998).

No obstante, dicha muerte, no se reduce a un mero acto relacional, sino que, efectivamente, como Tillich señala, la expiación también posee un elemento cósmico, o como le llama el mismo Tillich, “universal”. Lo mismo afirman Walter Brueggemann (2007) y Mary Douglas (2006: 257-259) sobre el significado del cordero del sacrificio: no es meramente relacional, sino que implica un restablecimiento y protección del orden cósmico, de la vida y la bendición mediante una muerte, no tortura, respetuosa y solemne de un inocente de carácter mundano pues a fin de cuentas es violencia y esta no puede ser sagrada.

Conclusiones: Hacia una reflexión sobre la violencia contemporánea

En esta era del sharing de las Redes Sociales la violencia se ha vuelto cotidianidad, y su ejercicio sacralidad. Violencia hacia las mujeres, hacia los hombres, hacia los niños, hacia los animales. Violencia económica, simbólica, institucional. Desde el nuevo presidente Donald Trump con sus discursos de odio y políticas de agresión hacia la libertad de elección de la mujer, hasta flagrantes actos de agresión física, tiroteos, y las bombas en Medio Oriente de las que Obama no puede negar su firma.

¿Qué podemos hacer para desactivar la violencia desde nuestras humildes iglesias, casas y cotidianidad y con lo que nos queda de identidad cristiana?

En primer lugar, respetando el primer mandamiento, la lógica del cordero de sacrificio y no la del chivo expiatorio.  Afirmar y reafirmar que la muerte de Jesús debe ser la ruptura de la cadena de violencia, una muerte mundana y humana pues la violencia nunca es sagrada. Debemos desintoxicar a nuestra cristología de la redención consumada en el acto de violencia. Lo que se consumó en la cruz al grito del moribundo Jesús fue solo eso, su vida.

Su sangre, su dolor, sus gotas de sudor, su lengua pegada al paladar, su llaga herida (que se convirtió en sanadora por un salto infinito e indebido de una profecía de Isaías), no trae salvación alguna, antes bien muestran la desesperación, impotencia y muerte humana. Nunca una llaga de Jesús sanó a nadie, lo hicieron sus manos vivas y sanas que tocaban leprosos, sus pies firmes y andantes, incluso su saliva caliente, viva, sobre los ojos de aquel ciego. Ahí puede decirse que Jesús transportaba algo sagrado: la vida unida a Dios. Pero su muerte fue la bancarrota de la sacralidad, en la cruz no hay ningún redentor, sino un humano muriendo.






No es la muerte, sino la Resurrección de Jesús, hecho realizado por Dios, de la que puede hablarse como dispensadora de salvación, redención y vida. Sin la Resurrección, vana es nuestra fe, vana es la cruz.

En segundo lugar. Según Girard y el Nuevo Testamento la violencia se origina por el deseo de imitación de lo que el otro es o tiene. Por tanto, necesitamos construir una identidad individual y colectiva que no sea de choque. Los cristianos estamos en constante contraste con otros cristianos, con musulmanes, judíos, ateos ¡y nuestra identidad depende de que ellos estén equivocados! En el fondo es solo una forma de imitación, que busca ser distinta imitando al revés. Asumamos que podemos ser cristianos, aunque los demás no estén equivocados. El ecumenismo es pues una piedra de toque contra la violencia. Y esto lo pueden decir incluso observadores externos, como el antropólogo Carlos Garma:

Realmente no hay otra alternativa. Las conductas intolerantes y discriminadoras hacia las diferencias religiosas son costosas en términos del sufrimiento humano. Esto es sumamente lamentable viniendo de instituciones que proclaman que su intención básica es precisamente el bienestar de la humanidad, por lo cual enfatizamos la difusión de una tolerancia ecuménica como una necesidad social que tienen las diversas iglesias (Garma, 2000: 229)

Por último, No-violencia tampoco significa quietismo, pasividad ni existencial ni social. Al contrario, la búsqueda de la paz exige la toma de acciones específicas, mostrando claramente la defensa de la integridad de la creación.

¡Tan violento es responder con un golpe la primera bofetada como dejarse abofetear por segunda vez!

Como cristiano, por tanto, saludo las diversas protestas y manifestaciones en contra del régimen de Donald Trump, en especial la “Marcha de las mujeres”, pues ya se está viendo que lo relacionado a su salud reproductiva, libertad de elección y equidad será uno de los principales frentes de ataque de su administración. Hay que decirlo, porque no vivíamos en mundo perfecto antes de Trump, porque ni Obama ni los demócratas ni otros políticos construyeron verdaderos mecanismos de protección hacia la mujer, sino que solo fueron articulando algunos esfuerzos – sin duda algunos notables pero insuficientes.

Marcha de mujeres anti-Trump en Lóndres. 21-01.2017

Finalizo con algunos comentarios de otras personas que Miguel Hernández encontró en sus círculos de discusión sobre la película La Pasión y que sirvan como luz de esperanza de que no toda la sociedad es presa de esa lectura popular de la salvación por medio de la violencia.

Una madre de familia de 43 años comentó:

Voy a decir algo muy obvio, todos somos libres de dar nuestra opinión y merecen respeto. Creo que lo que comentamos en si es una película, nada más porque se trata de la vida de Jesús, tiene que aceptarse como un testimonio espiritual para vivir nuestra fe. Yo no estoy de acuerdo con eso […] Yo me salí del cine y no acabé de ver la película, porque me agredía con escenas de violencia (p. 118).

Otro chico, un universitario de 20 años alzando la mano protestó:

Mire aquí tengo el póster que dice que lo que pasa en la película sucedió realmente [muestra el volante]. ¿Quién dice que fue así?, ¿Mel Gibson? Sus películas son de acción, de héroes que no se mueren por más que los golpeen y los balaceen. ¿Cristo era un héroe? ¿Se fijaron que desde que empieza la película a Cristo lo avientan de un puente? Se hubiera muerto de la caída, de los azotes a la mitad de la película […] ¡Todo es una exageración! (Ídem)

La película La Pasión resume magistralmente 2000 años de cristianismo y sufrimiento, expresa la relación íntima que Girard veía entre la violencia y lo sagrado. ¡Quiera Dios que con esos 2000 años sea suficiente!

Una joven de 23 años hablaba con Miguel muy elocuentemente al respecto, y con su atinado comentario quiero terminar esta reflexión.

Nos han inculcado desde chicos que Cristo es solamente el del sufrimiento, el de las heridas […] y ahora, esta película se presta mucho al morbo. ¿Cuántos de nosotros han leído los Evangelios?, ¿qué sabemos de lo que predicó Jesús? Nada más nos gusta sentirnos víctimas y no vemos que Jesús murió, pero también resucitó (p. 117)

raul-mendezPor: Raúl Méndez
Pastor, antropólogo, y teoficcionario
Blog / Mis Tiliches Teológicos

 

 

 BIBLIOGRAFÍA

Barth, Karl, Carta a los Romanos [1921], Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2002.

Brueggemann, Walter, Teología del Antiguo Testamento. Un juicio a Yahvé. Testimonio. Disputa. Defensa, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2007.

Douglas, Mary, El Levítico como literatura. Una investigación antropológica y literaria de los ritos en el Antiguo Testamento, Gedisa, Barcelona, 2006.

Garma Navarro, Carlos, “Percepciones de católicos y evangélicos”, en Masferrer, Elio (comp.), Sectas o iglesias. Viejos o nuevos movimientos religiosos, ALER, Plaza y Valdés Editores, México, 2000.

Girard, René, La violencia y lo sagrado, Anagrama, Barcelona, 2005.

Hernández Madrid, Miguel, “El cine de tema religioso y su apropiación ideológica en una sociedad católica”, en Versión. Revista de comunicación y política. La religión y los media, Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, no. 21, diciembre, México, 2008.

Smith, William Robertson, Kinship and marriage in early Arabia [1903], AMS Press, Nueva York, 1979.

Tillich, Paul, “La salvación universal” en El nuevo ser, Libros del Nopal, Ediciones Ariel, Barcelona, 1973.

Tillich, Paul, “Teología de la cultura y otros ensayos”, Amorrortu, editores, Buenos Aires, Argentina, 1974, pp. 66-72

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