Divorcio: cuidado, no tormento – Serie: Sexo, virginidad y matrimonio; una destrucción teológica – Parte 4

Para la época del Nuevo Testamento, ya había una institución legal del matrimonio, sostenida sobre el ideal del Antiguo.

Pero también surgieron pequeños cambios, no tan notables a primera vista, en los que la sexualidad empezó a ser valorada no por moral o por ley, sino por la dignidad de los seres humanos.

Mateo señala que quien se divorcia de su mujer, a no ser por razón de fornicación (porneia), comete adulterio (maichaomai) (Mt 5,32).

En este pasaje, Jesús critica a la tradición que aparece en Deuteronomio 24,1:

Cuando alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en la mano y la despedirá de su casa.

En aquella época, las leyes interpretaban con facilidad el mandamiento, permitiendo que los judíos se divorciaran de una mujer si no les gustaba su forma de cocinar o de hacer el amor. Era fácil casarse con una hermosa jovencita, disfrutar por un tiempo de su cuerpo, y luego echarla

(Sólo los hombres podían dar carta de divorcio a sus mujeres; ellas no podían tomar la decisión frente a sus maridos).

Las repudiadas debían volver a casa de sus padres. Muy pocos hombres querían casarse con una mujer que ya no era virgen. Gran cantidad de ellas terminaba convirtiéndose en prostitutas.

Jesús, al prohibir el divorcio con tanta radicalidad, protege a la mujer, para que no sea un juguete.

No es asunto de mantener una relación fracasada a costa de la integridad personal, o la de los hijos, sino que invita a dignificar por igual al hombre y a la mujer.

Al calificar este tipo de divorcio como “adulterio” (moicheúo), el evangelio se refiere radicalmente a la deshonra de la relación de pareja, a lo que hace daño a la armonía espiritual del encuentro, y también a herir a las personas.

Las consecuencias son demasiado lógicas: si se le da una carta de divorcio sin motivos serios a una mujer, ella corre el riesgo de caer en la prostitución (porneia).

Adulterio: un atentado contra la propiedad privada

El adulterio se consideraba como la toma de posesión de la pertenencia de otro hombre (Deut 5,18).

Se consideraba que la mujer cometía adulterio cuando tenía relaciones sexuales con otro hombre. El hombre, en cambio, lo cometía solamente cuando tenía relaciones con una mujer que era pertenencia de otro (Dyma, 2010).

En el Antiguo Testamento se dictaba pena de muerte contra los adúlteros:

Si alguien es sorprendido acostado con una mujer casada, ambos morirán, el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer también (Deut 22,22).

No era una pena equitativa o justa, sino que estaba al servicio del placer de los varones.

No importaba el dolor que una mujer sintiese si su esposo llegaba a casa oliendo a perfume de ramera. Lo que importaba es que la mujer casada, o la cama de su marido, no fuera mancillada.

El Nuevo Testamento, sin embargo, pretendió equilibrar el peso, radicalizando la prohibición y la pena para ambos: hombre y mujer (Mc 10,11).

El duro juicio contra el adulterio es duro, pero no excluye la misericordia, como ocurre en la escena de Juan 8,3, en el que la mujer debía ser castigada con la muerte y, sin embargo, obtiene el perdón, pues nadie está libre de culpa, y ninguna falta es más grave que otra. Así todos participamos, a la vez de la gracia y el pecado, solidarios en el reconocimiento de nuestras responsabilidades y en la acogida que damos a los que fracasan.

Fornicación: prostitutas paganas e idolatría

La radicalización en el tema del divorcio también refiere a la palabra fornicación (porneia).

Esta es una palabra difícil de traducir. La Biblia de Lutero la traduce al alemán por Unzucht, que significa lujuria o abuso deshonesto.

El diccionario Griego-Alemán Gemoll traduce porneia como Prostitution o Hurerei, que implica el acto de prostituirse o participar en ceremonias rituales con prostitutas (Gen 38,24; Ez 16,15).

La palabra griega porné traduce literalmente prostituta. Y el sustantivo porneia puede implicar también el culto idolátrico a otros dioses, que muchas veces era celebrado en ceremonias eróticas.

Pablo se refiere a la fornicación en 1 Corintios 6,13-20:

El cuerpo no es para la fornicación (porneia), sino para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? ¡De ninguna manera! ¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella?, porque ¿no dice la Escritura: “Los dos serán una sola carne”?  Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él. Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; pero el que fornica, contra su propio cuerpo peca.  ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que no sois vuestros?, pues habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios. 

En el mundo de aquel entonces, no sólo griego y romano, sino también judío, era aceptado que los hombres visitaran a las prostitutas (Loader, 2011). Estas eran, por lo general, paganas, aunque las había también judías.

Acostarse con rameras significaba traicionar la pertenencia a una comunidad determinada.






El cuerpo, en Corintios, es entendido no solamente como el propio cuerpo, sino como el “cuerpo de Cristo”, es decir, como la iglesia. Acostarse con una prostituta pagana, en un templo de culto a otro dios, significaba atentar contra el templo cristiano, el del Espíritu Santo, que es la comunidad.

El peligro de la porneia estaba en cometer idolatría, como le había sucedido a Salomón.

Fornicación no se refiere a tener relaciones sexuales antes del matrimonio. De lo que se trata es de acostarse con prostitutas o de prostituirse.

Por supuesto, no era usual que las parejas de novios tuvieran relaciones sexuales en aquella época, porque la virginidad significaba la garantía con que se podía vender a las mujeres para que produjeran hijos.

Reflexiones finales

La Biblia es un libro que narra el encuentro de un pueblo y unos individuos con Dios, en una época distinta a la nuestra.

Esto no significa que ella sea un tratado de moral, o un manual de leyes para trasplantarlo a nuestra cultura: moriría el mensaje del libro; y, con él, nuestro espíritu.

En los textos bíblicos, el manejo de la sexualidad y las relaciones de pareja son muy diversos, y distan del modo en que se llevan a cabo en nuestro tiempo. No podemos aplicarlos sin mediaciones hermenéuticas. Mucho menos sin reflexiones éticas y bioéticas.

En la Biblia, el sexo es para el placer y no para la ley. Puede haber encuentros sexuales antes de que haya una institución jurídica que instaure el matrimonio.

El matrimonio legal, más que un acto de amor o un encuentro de profundidad espiritual, era una institución que garantizaba la sobrevivencia. Allí, las mujeres no tenían los mismos derechos sexuales, ni tampoco emocionales, que los hombres.

La separación era permitida, pero no era un juego. Jesús prohibió divorciarse con la facilidad que se hacía en esa época con el fin de proteger a la mujer (pero esto no fue nunca una camisa de fuerza para atar al hombre y a la mujer a un matrimonio infeliz o nocivo).

En el mundo de la Biblia, el matrimonio servía para la reproducción y el cuidado de la casa patriarcal.  La lúdica erótica, que también puede darse (y tal vez con más seguridad y confianza) en el matrimonio, pertenece a un reino mucho más amplio, que también cuenta con el visto bueno de la divinidad.

En la época de la Biblia, se consideraba que estar casados y tener muchos hijos garantizaba la supervivencia de una familia. En la actualidad, llenarse de criaturas significa todo lo contrario: es poner en riesgo el bienestar del grupo.

Por esto, no se puede considerar un pecado la planificación familiar o el uso del preservativo. Ni tampoco se puede afirmar tajantemente que la sexualidad sea exclusivamente para la reproducción, para la legalidad de un contrato o para la penetración heterosexual.

Sin duda, el cuerpo no es para estarlo regalando la primera persona que pase por el camino. Los encuentros eróticos representan profundos intercambios espirituales. Esto lo sabía Jesús, y también Pablo.

A mi modo de ver, el mejor espacio para tener relaciones sexuales es una pareja estable, donde no haya un mero intercambio de fluidos sino un encuentro de universos. Pero esto no se tiene que limitar un modelo antiguo de matrimonio legal, heterosexual, instaurado en una cultura de honor y vergüenza, donde la mujer era una mercancía y los hijos fuerza de trabajo.

El ideal de matrimonio de las épocas bíblicas no siempre es aplicable a nuestro tiempo y contexto.

Debemos destruir y re-pensar las concepciones y prácticas que la tradición nos ha enseñado acríticamente, para crear una teología de la sexualidad humana mucho más holística, inclusiva, que reconozca el placer y la lúdica, el crecimiento espiritual y psicológico, y el cuidado de sí y del otro, como su principal inspiración, como la voluntad de Dios para todas las épocas y geografías.

juan-esteban-londono Por: Juan Esteban Londoño
Filósofo – Teólogo / Escritor
e- mail / ayintayta@gmail.com

Un comentario en “Divorcio: cuidado, no tormento – Serie: Sexo, virginidad y matrimonio; una destrucción teológica – Parte 4

  1. Buenas Juan, me han encantado estos artículos (Parte 1-4). Realmente había leído de esto en un Blog en inglés anteriormente y me fascinó ver que no era el único que pensara de esa manera. Sin embargo, nunca quise limitarme a sólo una persona con una opinión similar, y me he encontrado contigo. Fascinante, accesible al público en general y hermoso. Quería entonces preguntarte: ¿Cómo puedo yo defender éste punto de vista de manera teológica así como lo has hecho en un diálogo?
    Es que ya pronto tendré un diálogo en mi iglesia sobre relaciones y sexualidad y resulta que podíamos hacer nuestras preguntas y recibiriamos pronto las respuestas, sin embargo, ya que es un diálogo quisiera defender bien y de manera teológica por qué he preguntado lo que pregunté, y por qué la visión tradicional no me satisface como joven cristiano.

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