¿Es realmente posible un diálogo interreligioso desde una perspectiva cristiana?

«El modelo colonialista de iglesia ha causado mucho daño y ha sido instrumental para los imperios, y ahora multinacionales. Para tener un modelo de iglesia ecuménico, multicultural, y en relación con otras comunidades de fe tenemos que cambiar paradigmas y desechar la idea de que la predicación evangélica se refiere única y exclusivamente a “salvar a los perdidos/as, de ganar almas para cristo”, de hacerles repetir oraciones e irnos con el sentido de satisfacción porque nos creemos pequeños “mesías”.

Este énfasis enfermo en “convertir” tiene como base la idea de que el cristianismo es superior y que todo el resto del mundo que no es cristiano DEBE convertirse a nuestra determinada religión para “salvarse”. Este modus operandi es invasivo, arrogante, y colonialista, y crea y creó ya mucho daño como herramienta para la asimilación forzada a la cultura occidental judeo-cristiana. La historia está llena de ejemplos de divisiones, genocidios y guerras a causa de la obsesión por lograr el monopolio de la verdad que conlleva la sed del monopolio del poder…» (1)

Esther Baruja

Quizás, el punto central en torno al cual muchos cristianos creen que no pueden aceptar un diálogo interreligioso sea precisamente el de su identidad cristiana pues consentirlo sería una forma de renunciar a ella.

En cierta forma esto es entendible, puesto que esa identidad se halla atravesada por la convicción de que su propio líder (al que ama, sigue y sirve) es el mismo Dios, “ante el cual se ha de doblar toda rodilla y será confesado por toda boca como Señor de señores” por lo que resulta un contrasentido ceder espacios a cualquier otra alternativa de narrar la divinidad porque al fin y al cabo, en esas otras narrativas, la gente adora a dioses que llevan otros nombres, cree relatos con otros núcleso originarios, expresa realidades a través de otros mitos fundantes y en algunos casos ni siquera se comparte el principio (tal esencial para el cristianismo) de la unicidad de Dios. Peor aún: entre sus textos emblemáticos se encuentran algunos utilizados para predicar exclusiones muy profundas (2)

Si el cristianismo se proclama a sí mismo como la única religión fundada por Dios a través de la afirmación dogmática de que Jesús (Dios encarnado ) es el único camino posible para que el ser humano pueda conocerlo y ser salvo, no hace otra cosa que concebirse a sí mismo como la única opción aceptable.

Mirado así, no existe diálogo posible, el oyente no tiene alternativa, no puede estar al mismo tiempo con dios y con el diablo y si no junta, desparrama.

Sin embargo, el diálogo interreligioso existe, va creciendo y cada vez más personas se convencen de que ante tanta intolerancia religiosa es el único camino viable cuando se trata de trabajar en conjunto por la paz y la justicia. Lamentablemente

«Las iglesias cristianas han sido reconocidas en el mundo, clásicamente por su conciencia orgullosa de ser la única religión verdadera, por su pretensión de universalidad y de conquista del mundo, y por una cierta inveterada actitud de desprecio hacia las demás religiones. » (3)

Y no han sido las únicas. También otras religiones han detentado su apropiación de la verdad y lo Absoluto al amparo de armazones doctrinales y/o textos sagrados. Así, cuando el ser humano cree que cuenta con el monopolio de la Verdad Exclusiva sólo accede a conversar con alguien con el fin de imponerla y convencer, convirtiendo cualquier vía de diálogo en una mera ficción o un protocolo.

Lo cierto es que el cristianismo porta manos históricas vergonzosamente manchadas de sangre. A esta altura de los tiempos ya ha comenzado a dar cuenta de su responsabilidad ideológica en numerosos crímenes de lesa humanidad. Situaciones concretas como antisemitismo, esclavitud, sometimiento de la mujer, homofobia, autoritarismo jerárquico, son sólo algunos de los hechos lamentables que han tenido concretos espacios históricos en el nombre del Dios de la Biblia. Pero si el cuerpo teórico de una fe religiosa produce efectos tan dañinos que en base a él se discrimina, se margina, se odia y se mata, algo con él tiene que andar muy mal y urge su revisión inmediata, sobre todo, porque dista definitivamente de aquel mandamiento (común a casi todas las religiones) que el nazareno se ocupó muy bien de enfatizar.

Tal vez vaya llegando la hora de aplicar una “hermenéutica de la sospecha” a fin de someter y revisar todas esas doctrinas y mandatos (incluido el de evangelizar) al juicio del propio evangelio, pues a pesar de haberse proclamado durante siglos no han sido capaces de cumplir con los mínimos principios éticos ni seguir la ley en la cual todo se resume para no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan.

Urge un revisionismo histórico y teológico que valide a la luz de nuestros tiempos el verdadero significado de dogmas y doctrinas a fin de que las construcciones cristológicas puedan ser revestidas de nuevos sentidos y producir frutos buenos para ser ofrecidos a hombres y mujeres que puedan reconocer en ellos el sabor de la paz y la justicia.

Estas prácticas se presentan como dimensión que trasciende el diálogo formal y que nos guía a recordar que como cristianos somos fundamentalmente llamados a trabajar por la paz en opción preferencial por los injusticiados. Éste ha de ser el criterio hermenéutico que nos sirva como piedra de toque y nos ayude a continuar la praxis liberadora que sigue el camino de Jesucristo, pues

«no es posible que una verdad religiosa sea realmente verdad, si no es liberadora, o menos aún, si entra en connivencia con un sistema de opresión, de cualquier tipo que sea.» (4)

Si hay algo que perfila a Jesús en las distintas narraciones de los evangelios es su indignación con la religión establecida, inflexible, indiferente e inmisericorde hacia los que sufren. Él se la pasó enfrentándola, desafiando sus reglas, prohibiciones y ritos.

Si hiciéramos el intento de traer esa indignación hasta nuestros días, ¿contra qué sería?
El nunca se mostró interesado en de-finir el marco teórico de una creencia, sino más bien que la creencia sirviera para ayudar, para acompañar y para amar.
Parece que los mensajeros relegaron el mensaje principal haciendo de Jesús el objeto central de su predicación y la iglesia dejó que las buenas nuevas de aceptación y amor para todos, pasaran a segundo plano.

A lo largo de todos los tiempos, mujeres y hombres se han dando a la búsqueda de lo divino: un Misterio imposible, portador de muchos nombres, muchas imágenes, provocador de muchos relatos. Esos nombres, imágenes y relatos hablan de una diversidad infinitamente rica, incapaz de aglutinarse en una sola fórmula o revelarse en una sola experiencia, pues responde al espectro que ofrece la inmensa pluralidad humana.

Quizás una de las razones más profunda de todas las intolerancias religiosas esté ligada a esa incapacidad de ver que ella está dando cuenta de que lo divino no es igual para todos los seres humanos.

Tal vez sea precisamente en esa pluriformidad, que a veces incomoda y a veces asusta, el lugar en el que podamos hallar la clave para entender que la pretendida aprehensión del Misterio es sólo una ilusión, y que en el momento en que creemos que puede explicarse en fórmulas puras o describirse en dogmas perfectos ya hemos dejado de lidiar con lo divino. justamente es allí, cuando la religión deja de ser oportunidad para el encuentro y se convierte en espacio de dominio excluyente, cercenador y opresivo. No puede dar buenos frutos el árbol malo y la religión cristiana no es árbol de excepción.

Desde esta perspectiva, el diálogo interreligioso podría ser un camino que nos brindara la oportunidad de empezar a ver nuestros propios elementos religiosos a través de ojos ajenos descubriendo aspectos que los ojos propios nunca habían podido ver antes, y el evangelismo la oportunidad de vivir esas buenas nuevas que hablan de la inclusión incondicional de todxs.

Por: Laura Abate
Teóloga – Escritora
Facebook / Laura Abate

 

 

Referencias:

  • (1) http://estherandkati.blogspot.mx/2014/10/la-iglesia-que-no-aprende-de-sus.html?m=1
  • (2) «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.»  Evangelio de Juan 3:16, RV
  • (3) VIGIL, José Ma. Teología del Pluralismo Religioso, Tiempo Axial, Abya-Yala, Quito, 2005, p, 154
  • (4) Ibíd, p. 330

3 comentarios en “¿Es realmente posible un diálogo interreligioso desde una perspectiva cristiana?

  1. Gracias por compartir con gran verdad.
    Me identifico con todo su buena intención inclusiva por amor y el libre albedrío que respecta sin condenar. Bendiciones siempre!

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