Ver o no ver. El espectador cristiano ante el cuerpo desnudo

Un cuerpo desnudo nunca pasa desapercibido. O no debiera. Pero en una época que todo lo vuelve mercancía, como la nuestra, el cuerpo desnudo es ya un lugar común (locus communis) y no el locus amoenus que nos pinta celebrativamente el Cantar de los Cantares o que, lúbricamente, encomian poetas como el mexicano Tomás Segovia (en el poema “Besos”) o el chileno Gonzalo Rojas (en “El fornicio”). El cuerpo desnudo es ya pasado por alto en parte debido a su excesiva circulación. No obstante, al interior de las iglesias evangélicas de férrea raigambre puritana, en México al menos, el cuerpo desnudo se mira con una ambivalencia amparada en el texto bíblico: la desnudez pertenece al espacio-tiempo privado del matrimonio (¡heterosexual y patriarcal, claro!). Que el vestido también tiene sus (para)filias no se pone a discusión, pero es la desnudez la que interesa comentar ahora no en el escenario de las relaciones humanas sino en uno también pantanoso: el del arte. Sigue leyendo