Del libro genéticamente incorrecto – Relectura

El Dios que adoramos nos modeló de materia prima. No quiso polvo de estrellas, ni limón y sal, ni sueños entre paraísos artificiales. Nos sacó de algo que nos recuerde a qué pertenecemos.

—“No morireís, dijo la serpiente” Pero es que no mueren los que quieren estar vivos. En Nueva York están miles de muertos que respiran.

No es el polvo de los recuerdos y pecados pasados los que nos atan a la tierra. Ni mucho menos ese lodo seco de los andenes, que germinan con un poco de pasto para que no nos dé tan duro la soledad.

—“Entonces la mujer se dio cuenta que el árbol era bueno de comer” Pero el árbol son ellas. La mujer se dio cuenta que el fruto lo poseen en sí. Que ellas producen un fruto bueno de comer. Que en ellas viene la salvación. Y de comer, los hombres —pendejos machistas muchos— no nos hemos dado cuenta de lo que comemos. De lo que amamos.






Del lodo salen lírios untados de rocío, ciertas casas del puerto de Buenaventura. Si caemos de rodillas, que no sea en rascacielos, sino en la tierra.

—Antes de Adán darse cuenta que estaba desnudo ¿qué pensaba de la serpiente que le colgaba bajo el árbol? Y Eva, mi dulce Eva, ¿qué pensaba de los sacos pesados que atraían los ojos de Adán? “Se les abrieron los ojos” pero no creo que a esa respuesta obvia, más bien a los cuerpos como compañías del alma, un conjunto que puede adaptarse, jugar, tatuar, no ser tomado tan en serio. Una forma que no siempre es la misma con la que nace el alma y los gustos.

Por: Diego Garrido Barreto
Escritor / Literato
E-mail: diego_gadobato@hotmail.com

Un comentario en “Del libro genéticamente incorrecto – Relectura

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *