Una espiritualidad de la fragilidad

Hoy no podemos mostrarnos débiles. No existen las contingencias. El ser humano tiene toda la capacidad para calcular cada paso que da. El éxito es una medida, un deseo y un logro. No alcanzarlo es sólo una excusa. La vida no es una realidad que nos llega sino una senda a la que vamos dando forma a la medida de nuestras decisiones.

Así lo aprendemos en la familia, en el colegio, en el trabajo, en la iglesia. La existencia no puede mostrar fisuras. El error es reprendido y juzgado. La búsqueda compulsiva del orden se esconde bajo una patología exitista, donde todo depende de la voluntad y nada del azar. La falta de control no sucede porque sí; ¡hay que culpar a alguien! Siempre será el otro, por supuesto.

En realidad, sabemos casi como obviedad que las imperfecciones existen, que los accidentes suceden, que las contingencias aparecen; en fin, que la vida nos excede. Pero mejor no mostrarlo ya que ello opacará nuestra imagen. O sea, la imagen megalómana de que todo lo podemos y nada se puede escapar de nuestras manos.

La sociedad ha creado varios dispositivos para mantener el control, o al menos una falsa imagen de que lo hace. Las moralinas que sancionan la perversión (es decir, lo que se sale de la “norma”), la acusación colectiva frente al fracaso, el señalamiento cuando no se alcanzan los estándares de éxito, las cosmovisiones que ven la vida como un manojo claramente enmarcado, son algunos de sus mecanismos.






La espiritualidad cristiana contemporánea no se ha quedado atrás. Ha sabido retomar y reformular varios elementos tradicionales de su historia para ser funcional a este contexto. También ha creado varios dispositivos teológicos, como por ejemplo que la historia humana está controlada por Dios cual titiritero, donde cada suceso que acontece, aunque inexplicable, por alguna razón “es su voluntad”. Por otro lado, si las cosas se van de rumbo, se descontrolan, producen angustia, si el sufrimiento deviene, bueno, eso también tiene una explicación: Dios lo envió con un propósito. Sumado a todo esto, también existen las teologías que exaltan la prosperidad, el exitismo como objeto/objetivo de la espiritualidad, por lo cual –desde el otro lado de la moneda- si nuestra vida transita por un camino que no sea digno del hijo/a de un Rey, entonces hay varias cosas que debemos estar haciendo mal.

En fin, puras elucubraciones y palabrerías para tratar de encajonar nuestro miedo frente a aquello que nos mueve las estanterías existenciales.

Nos cuesta comprender que la vida tiene sus propias dinámicas y sorpresas. Menos aún podemos tolerar la falta de control u orden (cuyos parámetros endosamos a Dios, pero en realidad son pura creación nuestra) Las cosas no pueden parecer muy distintas a lo que conocemos porque lo contrario nos altera. Ni pensar en las debilidades, los fracasos, los errores. ¡Todo ello viene de satanás! La culpa, el juicio, la victimización, la imposición, el castigo, son las mejores herramientas para evadir el hecho de que las fronteras que ponemos siempre tendrán fisuras, que las normalidades que imponemos nunca serán cumplidas, que los estándares que construimos nunca serán alcanzados. Y todo ello, obviamente, en nombre de Dios.

La fragilidad no es algo que pertenece a la voluntad fortuita individual ni tampoco es un objeto puesto allí afuera por Dios para darnos una lección. La fragilidad nos constituye como seres humanos. Más aún: ella nos hace humanos. Asumir la fragilidad es aceptar lo que más imprime nuestra existencia: que no podemos tener el control, que la vida es exceso y tiene sus propias dinámicas, que convivimos a la vez con la belleza y cosas de lo más oscuras que preferimos no se sepan, que siempre cometeremos errores y nos dañaremos a nosotros mismos y a quienes amamos, que las cosas que nos suceden van más allá del cálculo ya que la vida tiene sus propias reglas.

Reconocer esta ambivalencia no implica ser pesimistas sino más bien evitar caer en la falsedad del exitismo que nos dibuja una realidad inexistente y mentirosa sobre nosotros, los demás y la realidad. Es aprender a adentrarse allí, en el núcleo mismo donde todo se enrarece y se pone gris, para reconocer el lugar real que tenemos y el sendero por donde caminar. Como se pueda, hacia donde lleguemos, pero caminando al fin. Significa aceptar las circunstancias sin caer en las patologías de la culpa o la espera de aquello que no vendrá, para poder atravesar por ellas y asumir la vida.

Una espiritualidad de la fragilidad, que ve a Dios allí en medio de lo oscuro que tanto nos atemoriza. Sin hablar, sin juzgar. Simplemente estando. Por ello nos encanta hablar, inventar fórmulas y explicarlo todo: porque no toleramos el silencio en la simple compañía. Necesitamos una espiritualidad que se adentre en la debilidad, para mirarla de frente y abrazarla, gritarle, despedirla o simplemente caminar con ella en silencio, sabiendo que no es un regalo ni una imposición, sino lo que nos lleva claridad sobre lo que somos.

El Dios que profesa el cristianismo es el Dios que emerge en la fragilidad, haciendo de ella lugar de revelación. En la locura de la cruz, en el abandono de lo divino en medio del sufrimiento (Mt 27.46), en las lágrimas que gritan: “¡pasa esta copa de mí!” (Mt 26.39) Allí esta Dios. Emerge desde el despojo, desde la sinrazón, desde la locura (1 Cor 2.14) No es la fragilidad masoquista o victimista en las que muchos discursos se escudan por temor, sino aquella que hace de nuestros cuerpos un espacio de apertura constante, ya que la debilidad, las fisuras, las inconsistencias, las ambivalencias y los descontroles, son instancias que abren nuestra visión de la vida frente a lo nuevo; en otros términos, son el sello de la trascendencia divina en nosotros/as.

Fuente Foto

 

Por: Nicolás Panotto

Teólogo, Antropólogo y doctorando en Ciencias Sociales

Director general de GEMRIP/Argentina

Twitter: @nicolaspanotto

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *