¿Naturales o sobrenaturales?

De un tiempo a esta parte uno recibe invitaciones de aquí y allá, con los temas más diversos pero que tienen algún hilo conductor: siempre se refieren a lo “sobrenatural” a lo “poderoso” a lo “superior”. Y uno tiene derecho a preguntarse si la fe en Cristo significa, en esencia, abordar esos niveles de superioridad, de sobrenaturalidad o de omnipotencia. Si hay algo claro en la Biblia es que Dios utilizó la mayoría de las veces a gente común que vivía vidas comunes y bien terrenales. Pensemos en Jacob, un verdadero artífice de artimañas y engaños; en Moisés, que no se sentía preparado para la misión a la cual el Señor lo llamaba. ¿Y qué diremos de profetas como Elías? Por cierto, fue un verdadero valiente frente a los profetas de Baal, pero luego cayó en una depresión que hasta deseó morirse (1 Reyes 19.4).






Seguramente el apóstol Santiago reflexionó en estas experiencias del profeta cuando escribe: “Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.” (Santiago 5.17, 18 RV 1960). Observemos: el apóstol afirma que Elías era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras. Pasiones de las más diversas, acaso debilidades, inclinaciones, tendencias propias del ser humano. Elías no era un extraterrestre. Vivía una vida plenamente humana en la tierra de los humanos. Lo que hizo de él alguien diferente no fue haber alcanzado la llave del éxito o un nivel superior o sobrenatural, sino la fe auténtica en ese Dios sobrenatural que actuaba en su vida natural.

Y si extendemos nuestra mirada a Jesús de Nazaret ¿qué diremos? Pues que Jesús también fue “tentado en todo según nuestra semejanza” (Hebreos 4.15). A menos que leamos este texto de un modo equívoco, nos está diciendo que Jesús fue tentado en todo como somos tentados los seres humanos. Tentaciones que no fueron parodias o simulacros. En síntesis: la grandeza de Dios es que, siendo el único sobrenatural, en su gracia puede usar a hombres y mujeres “naturales”, plenamente humanos con todo lo que eso significa en términos de finitud y fragilidad. El volumen que recoge las cartas del teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer -antes de caer prisionero por  oponerse al nazismo- tiene un título por demás sugestivo: Redimidos para lo humano (Salamanca: Sígueme, 1983). Justamente en una de esas cartas, enviada a su amigo Eberhard Bethge, afirma Bonhoeffer que la bendición “es la reivindicación de la vida terrena para Dios.” Esto significa que la redención que Dios ha realizado en Jesucristo no tiene como objetivo transformarnos en sobrenaturales, superiores o infalibles. La meta es, simplemente, ser plenamente humanos. Ni más ni menos.

 

Por: Alberto F. Roldán

Doctor en teología, Máster en ciencias sociales y en educación.

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