Migrantes y México: paradoja espiritual

El 26 de marzo de 2015, fui testigo de una situación: Abordaba el vuelo que me llevaría de México a Guatemala. Cuando me dispuse a localizar mi asiento reservado encontré ocupado el lugar. Pregunté a la persona que estaba en “mi puesto” si no era esto un error. La respuesta me irritó un poco, debo confesar: “Nos han reubicado a todos. Hay un grupo grande que debía estar junto” –Me dijo.

Una vez que me tomé un puesto al fondo del avión y, ya más tranquilo, me percaté de lo que en realidad ocurría. Un grupo como de 15 niños y niñas, calculo que ninguno mayor de 17 años, estaba siendo “escoltado” por 8 mujeres oficiales del Instituto Nacional de Migración (INM mexicano). Era una deportación masiva, a Centroamérica, de menores migrantes “no acompañados” (por adultos).

Me di cuenta de esto cuando una de las oficiales le decía insistentemente al niño más pequeño de la “delegación”: -“¡En español Abelito, en español!” Era evidente que la lengua materna de aquel pequeñín de 5 años no era el castellano, sin embargo, él era bilingüe.

Abelito me enseñó muchas cosas en ese viaje, una de ellas es que las fronteras las hemos impuesto desde una cultura “ladina”… sí, donde el “espacio vital” se defiende de una manera insensata.  La resistencia y, resiliencia, de aquel pequeño migrante lo dejaba en evidencia ante mis ojos.

Para él no había fronteras… tan bien hablaba el español como su lengua materna… se sentía en casa tanto en México como en su país… podía ir acompañado de sus paisanos como de una mexicana (blanca y monolingüe) y sentirse en familia. Él comía su chocolate con la serenidad de saber que cualquier lugar donde estuviera o, estar acompañado de quien fuera, era más seguro que estar sólo.

Las fronteras las cerramos a las personas porque somos ladinos… apreciamos más la libertad de circulación de las cosas que de las personas.

Esto sucedió en un sólo vuelo de México a Guatemala… ¿Cuántos de estos habrá cada día, cada semana, en cada mes de cada año? ¿Cuántos son los niños y niñas que viajan solos intentando cruzar México? ¿Cuántos de estos niños y niñas deportados vuelven al camino de regreso a México?






Habría que pensar más en un análisis del tipo que las antropólogas feministas llaman de “interseccionalidad” para empezar a comprender a las personas que migran desde la diversidad. Y es que no hay “igualdades tácitas” las razas, las clases, y el género, tienen implicaciones políticas donde el poder marca diferencias contundentes… “entre iguales siempre hay unos más iguales que otras”. En su paso por México, muchas migrantes guatemaltecas, hondureñas, salvadoreñas viven situaciones tan complejas que se ven imposibilitadas siquiera de avanzar más allá de su primer punto de llegada al país. Ven como horizonte EEUU y se quedan en la frontera de Chiapas. Ejemplo el testimonio de una prostituta:

Hemos pasado casi toda la vida aquí, es lo que hacemos muchas de nosotras ya hasta tenemos nietos, nuestra gente sabe que trabajamos en una casa o en un restaurant pero no saben que estamos aquí, la situación es difícil pero desde que vine de mi país no encontré trabajo en ningún lado y me metí en esto.[1]

Las mujeres siempre pierden más: los testimonios de mujeres, aún conservadores, arrojan que un 60% de las migrantes son violadas. Más es cifra hipotética ya que seguramente habrá quienes no dan testimonio de sus violaciones.

Y ¿qué decir de otros actores de la migración?

La joven socióloga mexicana Dalia Cortés Rivera ha elaborado un estudio bien interesante sobre las implicaciones de la migración en comunidades étnicas “Hñahñú” en Hidalgo, México, donde da cuenta de situaciones que van identificando y resinificando el ser juvenil en estas comunidades:

La soltería y la ciudadanía son relaciones formales que definen el estatus juvenil en las comunidades, que también se alimenta de las experiencias que la migración, la escuela, y los medios de comunicación han construido, y que las juventudes expresan y representan mediante sus formas de vestir y hablar, la música que escuchan, “las trocas y deportivos” (exhibidos como referentes de éxito) y las anécdotas que relatan sobre su cruce ilegal por la frontera como una espacie de “rito de iniciación” a la juventud. Esto sucede específicamente en la construcción de la masculinidad de los jóvenes, aunque cada vez más, las jóvenes que migran van haciendo de la migración una experiencia también significativa en la construcción y valoración de su género. Se presentan, entonces, procesos de interiorización y resignificación (adaptación y adopción) de la cultura migrante entre los jóvenes que migran, pero que son también compartidos por los que no han migrado (físicamente). Esto nos habla de una complejidad que implica hablar de la juventud, que más que ser una etapa definida es un proceso complejo donde intervienen múltiples elementos, experiencias y dimensiones que dan cuenta de las juventudes como sujetos concretos.[2]

Por otro lado, niños y niñas son sujetos migrantes que, como ya les platiqué al inicio, protagonizan el fenómeno en forma militante pero invisible para la mayoría de las sociedades por donde transitan.

Un estudio de la organización católica IMDOSOC en México es, quizá, el estudio más reciente, formal, y cristianamente más comprometido que da cuenta de ello. En ese reporte, Gerardo Cruz González y su equipo afirman:

En 2014 llegaron a ese país 68,455 provenientes de México, Guatemala, Honduras y El Salvador. Las causas principales de la migración son la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades; y, la violencia y la inseguridad que sufren por el sicariato, forma de reclutamiento que hacen los grupos delictivos en Centroamérica.

Las redes migratorias trasnacionales, las promesas de mejores condiciones jurídicas para “comunidades hispanas” en EE. UU. por  parte del presidente Barack Obama, y el acceso a mejores bienes y son algunos de las motivaciones de los migrantes para dejar sus países de origen.[3]

No hay que ser adivinos para darnos cuenta que estos niños y niñas en tránsito se encuentran en tremendo riesgo de abandono, desaparición, abuso, explotación laboral y/o sexual, trata… sin contar que ya son objeto de la violación de sus derechos básicos (salud, educación, nutrición, familia, identidad, etc.)

Ante esta realidad abrumadora… ¿qué hacer?

Debo confesar que yo sigo quedándome sin palabras… atónito y contemplativo. Quiero ser un pastor más o menos decente ye intento ver al Jesús del evangelio en el horizonte. Como el niño que se refugió en Egipto ante el peligro inminente de la muerte desatada por el egoísmo y el miedo de los poderosos.

Marcela laguna, en su libro da un testimonio valioso a este respecto:

La migración en nuestro país, no tiene las características de otros procesos migratorios en donde la existencia de redes de parentesco y apoyo son un soporte para la salida, recepción, traslado y acogida, por lo que las mujeres migrantes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad ante la violencia, la explotación económica, las desapariciones, la trata y otros fenómenos vinculados a la delincuencia organizada. No obstante, a lo largo de la ruta migratoria, las redes solidarias de organizaciones civiles, de las diferentes confesiones religiosas, personas solidarias y organizaciones de la sociedad civil, cuentan con diversidad de apoyos a la población migrante, como una expresión de solidaridad hacia la población que atraviesa el territorio mexicano cada vez con mayores dificultades y en un contexto de indefensión.[4]

Tal vez ahí está la esperanza de este aprendiz de cristiano que les escribe y, uno de sus principales desafíos.

Y como no soy sociólogo, no soy antropólogo ni abogado, no soy politólogo… soy sólo un pastor y termino mi participación como tal, con una oración:

Padre nuestro

que pareces estar en el extranjero;

Nacionalizado sea tu nombre,

Venga a nosotros tu asilo político,

Hágase tu voluntad así en mi tierra, y todos nuestros países periféricos,

como en el extranjero… los países centrales o del norte a donde buscamos luego mejores

oportunidades.

El pan nuestro de cada día…

…esa fue la motivación que hizo a la matriarca Noemí repatriarse: la esperanza de que “Dios había visitado a su Pueblo con pan” y volvió haciendo de su antes nuera ahora “Amiga”, Rut, una “bracera espalda mojada” en el campo, recolectora de espigas de trigo para preparar su propio pan… ¡pan de extranjera! Porque: “no sólo de pan viven las personas…” ¡Pero también de pan!

Al punto:

El dream nuestro de cada día dánoslo hoy

 Perdona nuestras deudas, no hagas como nuestros acreedores que a razón de seguir cobrando nos

obligan a dejar casa, tierra y familia para buscar la manera de pagarles…

Hasta las empresas de envío de dinero nos cobran fortunas por las remesas y con un tipo de cambio chapucero que les hace ganar “en minutos” lo que nosotros ganamos en días de trabajo y a nuestras familias en el sur les da de comer y para vivir por meses.

Como nosotros perdonamos… ¿perdónanos…? la mayoría de las veces no sabemos perdonar

cuando alguien, por necesidad, nos debe una parte de las remesas que nuestros hijos e

hijas mandan del norte. O cuando hermanas guatemaltecas, salvadoreñas, hondureñas, africanas o asiáticas llegan como migrantes a México

para buscar su propio pan.

No nos metas en la tentación de olvidar la esperanza y buscar, como apátridas, nuevas

ciudadanías, nuevos pasaportes y otro derecho de residencia que no encontremos en

nuestra propia nación. Y no nos dejes caer en el programa DACA porque dejaremos de ser dreamers para convertirnos en bad hombres localizables para deportación.

Y líbranos del Trump… con su muro y decretos contra refugiados o, de Obama y sus tres millones de deportaciones y, de los malos…

esos a los que llaman “polleros” y nos dejan a mitad del camino en el

desierto rumbo al norte.

Líbranos de los traficantes de mujeres o redes de prostitución que roban a las niñas para hacerlas adictas y luego servirse de ellas a través de sus cuerpos.

Líbranos del desplazamiento obligado a causa del odio étnico, religioso y homicida.

Líbranos de ser balseritos, arrojándonos al mar a merced de tormentas, tiburones y deshidratación, sólo para cerrar los ojos y querer creer que la esperanza está sólo en la otra punta del mar.

Porque tuya es la ciudadanía, la oficina de migraciones y las fronteras.

Por todos los exilios y las diásporas. Amén

 

Por: Dan González Ortega

Teólogo – Rector de la Comunidad Teológica de México

Facebook: Compa Dan Gonzalez-Ortega 

 

 

[1] Marcela Laguna. “Mujeres que transitan en los márgenes de un mundo global: de la exclusión de la ciudadanía a la inclusión sustantiva”. LXII Legislatura, Cámara de Diputados, H.Congreso de la Unión. México, 2015, Pág 85.

[2] Mayra Lorena Pérez Ruiz (Coord.). “Juventudes indígenas. De hip hop y protesta social en América Latina” INAH. México, 2014, Pág. 390.

[3] Gerardo Cruz González. “Niños migrando” IMDOSOC, México. 2016. Pág. 12.

[4] Ibid, Pág 47.

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