De la tiranía pastoral y el abuso espiritual

Al finalizar clases en un Seminario de mi país sobre el tema de liderazgo, noté que muchos de los estudiantes terminaron muy desconcertados. La confusión se debía al hecho de que lo que les había estado enseñando acerca de los excesos en el liderazgo y el abuso espiritual eran lo que en muchos de sus casos estaban viviendo en sus iglesias.

La imposición de normas que nada tenían que ver con la Biblia, el uso de textos descontextualizados por parte de las autoridades para hacer valer su liderazgo y la amenaza de castigos terrenales y eternos si contrariaban al pastor eran cosas comunes en las iglesias en las cuales servían.

Este tipo de cosas, que podrían parecer propias de un grupo de radicales de algún movimiento en realidad son más comunes de lo que quisiéramos reconocer. Muchas iglesias han cedido paulatinamente a la tentación de reducir la voluntad divina a la voz de sus pastores y han cerrado filas a cualquier amenaza contra la autoridad de los mismos.

A menudo el temor que tienen muchos de los creyentes ante la posibilidad de hacer frente a ciertos fallos, ya no sólo administrativos sino también éticos y morales es debido a que se ha revestido a las autoridades eclesiales de cierto hálito de superioridad espiritual que los hace intocables. “Irse contra el pastor es irse contra Dios”, repiten muchos creyentes como si de un versículo bíblico se tratara.






Este modelo de liderazgo y de espiritualidad que nada tiene que ver con aquellos que vemos en el ministerio de Jesús o en la enseñanza del apóstol Pablo deben ser debidamente corregidos antes de que tengamos nuevos actos vergonzosos dentro de las filas del cristianismo, fruto de una fe ciega en las palabras de sus líderes.

El abuso espiritual generalmente se relaciona con líderes carismáticos –en el sentido de poseer la capacidad de atraer y fascinar a las personas- que saben hacer uso de palabras y gestos para persuadir a los demás. Si se consigue vincular la persona del líder con determinados milagros y señales prodigiosas, tendremos a un pueblo que lo seguirá sin considerar si sus mensajes o ideas se vinculan de algún modo con el mensaje bíblico.

La tiranía espiritual empieza entonces a brotar en el líder y en sus seguidores. A menudo se forman pirámides de autoridad en las cuales mientras más cerca se encuentran los seguidores de su líder mayor autoridad poseen. A menudo se desarrolla un doble cariz en la persona: hacia el líder o cualquier superior demuestran una absoluta sumisión mientras que hacia los inferiores una actitud despótica que atribuyen al “espíritu profético” que poseen.

Así pues, subyugados al sistema jerárquico en el que se encuentran, los mismos creyentes se vuelven reproductores de la tiranía espiritual. La misma visión de Dios se ve distorsionada por este modo de asumir el liderazgo. Si nuestro líder es un tirano que se compadece eventualmente, así mismo debe ser Dios. Aquellos modelos de liderazgo abusivos terminan siendo los principales representantes de ciertos modelos de cristianismo que sobrevaloran la ley, la norma, el modo de vestirse y el desprecio de aquellos que son ajenos a su jerarquía.

El modelo bíblico, lejos de enfatizar la autoridad por sobre la persona, revaloriza a la persona y la inserta en una comunidad de amor y no en un pelotón sumiso a determinadas normas estipuladas por el líder.

La comunidad que percibimos en el libro de los Hechos es armónica y aun teniendo determinadas autoridades, estas no asumen el control absoluto de la comunidad. Así por ejemplo frente a la necesidad de nuevas personas en el ministerio de la diaconía (una labor de autoridad), estas no son impuestas por los apóstoles, al contrario, estos encomiendan a la misma comunidad la selección de estas personas.

De igual manera vemos en el concilio de Jerusalén que la toma de decisiones de parte de la iglesia, lejos de ser una responsabilidad exclusiva de los apóstoles, es presentada a la congregación para su conocimiento, oración y decisión.

Debemos decir para finalizar que el mismo modelo democrático del que goza occidente en la actualidad es fruto del cristianismo primitivo. Muy a menudo se piensa en Grecia como la fuente de la democracia, sin embargo, en dichas tierras el “pueblo” que gobernaba sólo incluía a los hombres libres de las polis griegas. Por el contrario, en el naciente cristianismo “no había judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer pues todos eran uno en Cristo Jesús”. Todos poseían el Espíritu y por ello todos y todas estaban en la capacidad y en la responsabilidad de asumir el bienestar de la comunidad de creyentes como propio. Aún los mismos profetas podían y debían ser juzgados por todos los miembros de la comunidad de fe para determinar si el mensaje transmitido era concorde con el anuncio del evangelio.

La democracia pneumática –por llamarla de algún modo- debería ser el modo de determinar el proceso de crecimiento del cuerpo de Cristo. Si bien en determinados momentos es útil la asignación de una persona al liderazgo de la iglesia para coordinar el interés de todos, este no debe asumir su posición como hegemónica, está para el servicio de los demás y se debe a los demás.

Por: Pablo Morales

Pastor en Iglesia Alianza Cristiana y Misionera de Carcelén

Ecuador, Quito

Facebook: Pablo Morales

 

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