Silencio, de Martin Scorsese

en el silencio el silencio habla

(Hugo Mujica).

 

Los monjes y el silencio. El espacio entre movimiento y movimiento es también música. La quietud en el cine, acción.

El pueblo creyente camina en medio de la niebla para encontrar lo desaparecido: la religión que se fue, la que marginaron los gobernantes budistas.

Tratamos de encerrar lo que no está del todo. Nos embarga la pasión por lo lejano.

Cuanto más se prohíbe una creencia, la rebelión humana se aferra más a su imposible como posibilidad.

Desde un horizonte post-colonial, interpretamos la evangelización cristiana de los pueblos como un asesinato de otras creencias.

Pero Martin Scorsese, quien alguna vez puso a Jesús contra Jesús en La última tentación de Cristo, presenta ahora al seguidor del mesías contra sí mismo, o viéndose desde otro, para tratar de expandir la cerradura y habitar lo abierto.






El cristianismo ha sido una religión de la palabra. Aquí, la del silencio.  

También ha sido la expresión de la conquista. En este filme, la del otrarse.

¿Qué es otrarse? ¿Negarse a uno mismo? ¿Negar incluso a dios para que se salve el otro? ¿Salvar a dios al negarlo como concepto y hallarlo en la vivencia de lo telúrico?

Dios también tiene otros rostros, incluso no cristianos.

Los jesuitas dialogan. Ferreira y Rodríguez. Me hacen preguntarle a la quietud:

¿Qué es evangelizar? ¿Qué significa ser misionero?:

¿Enseñarle al otro nuestra cosmovisión? ¿Abrir las puertas a los mercaderes y colonos a través de nuestro discurso universal, el de una moneda que todo lo pueda comprar? ¿O dejarse tocar por la forma en que el otro ve a dios?

¿Y si la visión del otro es cruel?

(Silencio desmitifica al budismo como una religión pacífica. Ella puede también ser un discurso que alimenta el poder y odio. Las enseñanzas de Siddhartha, en manos indelicadas –y todo poder político las tiene- también pueden devenir en una inquisición).

¿Quién tiene razón en este choque de miradas?

(¿Hay razón a la hora de hablar del sentimiento religioso? ¿Cabe el Lógos en la experiencia profunda del Mythos?)

¿Quién sería yo, en una situación como la que presenta la película? ¿Quiénes seríamos nosotros, sensibles al espíritu?

¿El que fue fiel a sí mismo hasta las últimas consecuencias? ¿El que se aferra a su fe y a la de los campesinos que eligen el cristianismo como una forma de rebelión contra el poder?

¿El que lo dejó todo, incluso su propia religión y aprendió a ver a dios en el otro? ¿El que comprendió que la forma tradicional de misión cristiana –y también budista- será siempre una puerta a la destrucción de la autenticidad?

(Pero, ¿qué es lo auténtico, sino la desnudez y el despojamiento de las máscaras que nos imponen?).

“El antiguo sacerdote no reconoció nunca más a dios, por palabra o por símbolo”, comenta el narrador.

Sin embargo, lo experimentó en el silencio.

Tal vez sea el silencio el lugar de dios.

Dios, como ese gran silencio, no responde a nuestras oraciones; o, por lo menos, no como queremos.

En algún momento dejé de pedirle cambiar el rumbo de los ríos. Aprendí que dios era el agua.

Fuente Portada

juan-esteban-londono Por: Juan Esteban Londoño
Filósofo – Teólogo / Escritor
e- mail / ayintayta@gmail.com

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