Posee la extraña manía de creer en la Vida

Esta historia comienza con la súplica de ella.

En la región de Tiro y Sidón, la madre de una mujer que habita los laberintos de las tinieblas, lo ha perdido todo, excepto su tenacidad de negarse a sucumbir. En realidad esta historia comenzaría desde la necesidad imperiosa de aquella mujer de impugnar el horror.

Para esta subalterna del patriarcado no aparece a la vista un hombre que la “represente” ni la “proteja”; ella enfrenta sola la primitiva crueldad de su sociedad contra su hija “endemoniada”. Ambas yacen secuestradas no sólo por el delirio y el agotamiento que este causa sin fin sino, también, por el rechazo comunitario y violento, la marginalidad y la pobreza.

Es entonces cuando escucha que ha llegado a su tierra cierto galileo, un exorcista marginal al que convierte en su más reciente esperanza de resistencia. Pero existe un problema: como cualquiera de origen distinto, ella es una sospechosa y enemiga habitual para los judíos. Procurar un acercamiento resulta algo impensable para el sentido común. Sin embargo, a ella parece envalentonarla su desgracia y decide, presurosa, ir a pedirle ayuda aunque sea una contorsión en el vacío.

Cruel, intolerante, racista y ofensiva; la respuesta de Jesús de Nazareth a la madre de la endemoniada quizás le suena, como a nosotrxs,  despiadada: yo no me ocupo de “perrillos”.

(Leer algo así de la boca de Jesús, no puede dejar de ser un sabotaje a la creencia. Pero si se trata de Él, siempre hay que arriesgarse a tomar, aun con temor, la entrada preferencial para el parque temático del desconcierto y seguir leyendo. Re-leyendo.)

Ella no se rinde. Es ya una desadaptada, una superviviente, una anormal. Cuando se ha perdido todo y se desdibujan las fronteras entre lo que se establece como lo correcto o lo incorrecto entonces arremete la grandeza de una osadía que hace que aun el ser más sumergido en el infortunio y el terror, no se conforme e insista en diseñar salidas, en los aparentes callejones sin salidas.

Aunque pareciera ser, como diría el Gabo: la crónica de una muerte anunciada, ella mantiene firme la contundente sabiduría de las que luchan por sobrevivir: “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”

Entonces, es ahora Jesús el sobrecogido. En la plenitud de la encarnación del Hijo de Dios, de su “hombridad” como diría Unamuno, no existe la posibilidad de que la misoginia cultural ni el racismo como una construcción social, le impidan que escuche y considere los planteamientos de esta mujer.

Tan asombrosa como la lucha de resistencia de la sirofenicia, es ver a Jesús abriéndose a ser interpelado por los argumentos de ella, escuchándola desde su lugar de opresión y dolor, solidarizándose con su desgracia, consintiendo que tiene la razón y dejándose subvertir.






Esta mujer lo marca profundamente, le permite revisar su llamado y misión. Lo saca del banquete de la mesa de los supuestamente “iguales” y lo conmina a alimentar a quienes  le han enseñado a considerar como perrillos, como “lxs otrxs”. Entonces Él, sorprendido y conmocionado, reconoce su pedido como justo y, además, no oculta su admiración por ella:  “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.”

La nómina de mujeres que luchan por ser y existir, aunque hayan sido arrojadas fuera de la vida, es como todo el mundo sabe: interminable. Los Evangelios registran que ella es una de esas y nos traen Esperanza.

Por eso, como tercas defensoras de las Buenas Nuevas que habitan en nosotras, con el mismo ímpetu de la sirofenicia luchando por su vida y la de su hija, creyentes en el Jesús de Nazaret que la escuchó y la atendió y que no consiente que vivamos con la angustia de que por ser mujeres podemos ser violentadas, asesinadas, maltratadas, subsalariadas, biocontroladas; reafirmamos la persistencia de nuestra disputa por existir en libertad, autonomía y plenitud de Vida, abundante Vida.

Nuevamente, y todas las veces que sea necesario, levantamos nuestra voz, paramos de trabajar y marchamos por las calles:

Por las que este 8 de marzo no pudieron ser parte del paro porque ello significaba perder aquello que les permite apenas subsistir en su aguda condición de pobreza,

“María no tiene tiempo

de alzar los ojos.

María de alzar los ojos

rotos de sueño.

María rotos de sueño

de andar sufriendo.

María de andar sufriendo

sólo trabaja.

María sólo trabaja, sólo trabaja

sólo trabaja.

María sólo trabaja

y su trabajo es ajeno.”

César Calvo y Chabuca Granda

Por las que hoy no pudieron marchar aunque guerrean en los abismos de sus colapsos mentales:

“…Porque lo somos todo: no sólo válidas sino valiosas,

 tan importantes, vitales y cruciales como la más cuerda y la más sana.

Porque esta también es nuestra lucha,

y doblemente, porque además de ser mujeres estamos enfermas

y eso les ha ayudado a mandarnos callar tanto desde fuera como desde dentro.

Pero venimos cargadas de palabras, y a las locas se nos da muy bien gritar.”

Sol de Valencia

Así de vulnerables y así de fuertes, hoy nos unimos a nuestras ancestras para que nos enseñen el camino de una lucha por el cuerpo propio y el cuerpo comunitario; e invocamos al Dios de la Vida para que su multiforme gracia, expresada en todo el poder del saber afro, indígena, popular, campesino y sus formas de resistencia, que siempre han estado presentes en nuestros pueblos y que diariamente luchan contra la dominación racista, patriarcal y clasista, sea con nosotras. Con todas nosotras.

Amén.

 

Por: Érika Izquierdo

Teóloga Feminista – Escritora

Facebook: Érika Izquierdo Paiva 

 

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