In memoriam: la comunidad de un Dios que se arrodilla, come y bebe

Es rutinario escuchar o leer como tema para un jueves pascual: “la última cena de Jesús”, la cena que luego aludirá a la actual llamada “Santa Cena” o “Eucaristía”, que significará una forma de acción de gracias ante el acto liberador y salvífico de Jesús. Lo curioso es que le llamen la última cena, cuando en realidad fue la primera de muchas; esta cena ha representado una conclusión global sobre la obra y misión de Jesús, es decir, la cena cobra importancia porque está cargada de mucho simbolismo, sobre todo en los detalles sobre los instrumentos que utiliza Jesús y la forma en que cada evangelista cuenta los hechos (Juan 13; Lucas 22; Marcos 14; Mateo 26), eso sí, todos con la intención de releer la cena pascual en la muerte de Jesús y de redirigir las interpretaciones teológicas sobre redención judía  hechas supuestamente por el mismo Jesús en los símbolos utilizados en aquella cena.

Esta cena va a representar una de las ceremonias más importante de la celebración litúrgica, conmemorada por algunos templos, en todas sus reuniones, como en otros, una vez al mes, pero eso en este texto no va a cobrar importancia, pues intentamos ir más allá sobre si debiéramos celebrarlos una vez al mes o en cada reunión, si son simbólicamente o si son realmente el cuerpo y sangre literal de Jesús; más bien, nos interesa saber el sentido con el que hemos perpetuado una tradición, que por cierto, es celebrada por diferentes tradiciones cristianas y, por qué no, muchas otras religiones se reúnen alrededor de una mesa. Es posible entonces que la forma de esta conmemoración no sea única del cristianismo o de una tradición cristiana en particular, sino que el hecho de beber y comer juntos sea un aspecto ecuménico, un signo que une las diversas fes.

Ahora, es cierto que los milagros, las hazañas con la naturaleza, los actos de humanidad de Jesús y la propia muerte y resurrección de Jesús sean sumamente fundamentales para lo que debe o no hacer la iglesia o lo que representaría el cristianismo, pero, en este último momento de intimidad con sus discípulos y discípulas, va a ser, desde mi perspectiva, significativo para entender cuál era la idea sobre la encarnación de Dios en Jesús, y lo que Jesús esperaría de su movimiento mesiánico.

El caso es que, la cena se dio alrededor del ambiente a la pascua, no en la pascua como tal, pues un día antes de la pascua estaría muriendo Jesús. Entonces la cena va a ser celebrada por las iglesias como un hecho y sentido pascual, pero que en realidad fue pre pascual. Esta festividad era una celebración familiar, patriótica y obligatoria en la que un corderito era ofrecido para limpiar o inmolar de los males o los pecados a las familias judías, era presidido por un miembro familiar y trasmitido como tradición a los jóvenes varones que venían hacia la adultez. Este ritual estaba envuelto en la declaración de algunos salmos y bendiciones, para recordar que un día fueron esclavos y extranjeros, Dios los hizo libres y los llevó a la tierra que les prometió.






Lo interesante es que a pesar de la celebración pascual, el pan no era comido hasta que se dejara fermentar, pero Jesús hace lo mismo que sucedió en la comida antes del pueblo partir hacia su liberación, no dejarlo fermentar, sino comerlo con el apuro de dejar Egipto o el estado de esclavitud, como tampoco habría yerbas amargas, pues ya no se recordaría el pasado, sino solo el pan y el vino como instrumentos de un nuevo acto de liberación, tal cual en el pasado lo hizo con el pueblo de Israel en Egipto. Pero como ya hemos podido descubrir, hubo elementos innovadores en esta reunión como comunidad, por lo menos Juan habla de un lavado de pies y luego una conversación sobre la actividad de los discípulos al Jesús dejarlos. El lavatorio comparte con la mesa el sentido de la misión de Jesús y del hacer comunidad, pues de construye el sentido de comunitariedad: romper las categorías de poder y erigir el eje central de su discipulado, el servicio; es decir, Jesús toma la toalla del servicio y se compromete a servir a la comunidad, deja la idea de señor creada en sus discípulos; que estoy seguro debiera destruir nuestra imagen de Dios, ese que necesita servidores, por el contrario, vemos al Dios que se arrodilla a servir, que siente la necesidad de eliminar los roles de poder en una comunidad y vuelve la mirada hacia el estar dispuesto hacia otros.

Si, el Dios que deja su soberanía a un lado, así el poderío y gloria de un Dios se vienen abajo en ese que se arrodilla y toma los polvorientos pies de quienes le siguen, el que come con ellos y se ríe con ellos, el Dios que deja que se le recuesten y le hablen al oído, ese es Jesús, el que comenzó un movimiento basado en la generosidad, solidaridad, amor y entrega mutua, el que come y bebe con el que está decidido a venderlo o el que tiene tantas dudas de él que lo negara en muchas ocasiones y por diferentes razones. El Dios que nos enseña a través de estos relatos que su comunidad debiera estar basada en la igualdad a pesar de la diferencia, en la libertad de escoger que hacer o no hacer, creer o no creer.

El lavatorio no fue una manera de invertir los roles, ahora somos nosotros los señores de Dios, no, fue una destrucción de dominio y señorío dentro de la comunidad, de los titulillos que hacen que uno se coloque por encima del otro, una forma de romper las estructuras jerarquizadas en la comunidad. En esta, todos somos servidores, todos somos señores, no hay etiquetas, ni nadie es mas en autoridad que el otro; cuanto falta hoy día eso en las iglesias, pues cuando alguien dice, piensa u opina diferente al líder, este le recuerda quien tiene la autoridad en la casa del señor; si, es triste que el sentido de comunidad se pierda en nuestros anhelos por ser más que o pretender estar por encima de.

Quiero decir o afirmar que, la comunidad de discípulos y discípulas se recrea en el acto de la mesa y en el acto de lavar los pies del otro, en el ejercicio del compartir, en el ambiente de amistad y confianza, en la acción honesta de Jesús al decir que sería víctima del sistema, que le perseguirían hasta su muerte, que muchos huirían, lo entregarían y hasta lo negarían. La comunidad de Jesús estuvo basada en la deconstrucción que hizo él mismo sobre el acto redentor del cordero pascual, de los panes sin levaduras y del vino en una sola copa, o sea, sobre el hecho que aquellos que estén dispuestos a retar el sistema político religioso, como los verdaderos corderos pascuales, como él, quienes sufrirían los latigazos de un sistema injusto, patriarcal y represor; que muchos seres humanos, tal como él, serían partidos sin misericordia por el solo hecho de haber llevado la contraria, que muchos cuerpos serian profanados y que él estaría dispuesto y se ofrecería para que ningún cuerpo enfermo sea culpado por su enfermedad, ninguna mujer violada sea cuestionada por haber sido maltratada, y que el vino seria para tomarse y celebrar, no para ver más sangre derramada mientras las bombas caen del cielo.

La comunidad cristiana se generó alrededor de la mesa y el agua que caía sobre los pies del otro; el Dios que se hizo humano vino a vivir los placeres de nuestra propia humanidad: la amistad, la confianza, la alegría y la satisfacción de compartir con el que tiene hambre; fue bajo esos principios que Jesús entendió su acto liberador. La cena va a ser la idea en como debiera entenderse hacer iglesia hoy, en cómo se creó el sentido de comunidad, si, tomando un buen vino con un buen trozo de pan, así se dio la razón de ésta colectividad.

Una comunidad que vivió la anticipación del reino de Dios, un reino que representa un sistema nuevo basado en la solidaridad por todos en la mesa, pues hay un solo pan y una sola copa, todos comen de la misma sin importar diferencias; un sistema también basado en la comunión entre unos y otros, pues nadie sería más que el otro al meter la mano con el otro, al pasar el pan, al no tomar más pan que el otro para comer más que el otro, sino por el contrario, tomar lo suficiente con el fin de que el otro también pueda comer; de no beber más de lo suficiente con el que pueda perder la cordura y pueda terminar por creerme privilegiado en la mesa de Jesús, sino lo suficiente para disfrutar alegremente de mis hermanos y hermanas que juntos y juntas compartimos de nuestra compañía.

Algo me dice que Jesús con esta mesa está derrumbando nuestros estereotipos de hacer comunidad, de vivir la santa cena o la eucaristía, que sería el pacto de amistad y comunión de unos con otros, sin importar si el otro al rato se marcharía, según nuestros canones morales, a pecar; no, no importa que el otro tenga tantas dudas que después de tanto tiempo de andar con Jesús, de confesar a Jesús como el hijo del dios viviente, luego le niegue. La mesa de Jesús, es una mesa de aceptación y de participación de todos y todas, de servicio y generosidad, de solidaridad y sobre todo de abnegación hacia sí mismo, es decir, de abandono al egoísmo estructural que tanto representa este mundo en el que cada quien come solo, come viendo la pantalla del celular o come disgustado con el que tiene al lado.

Conmemoremos su vida con un buen vino y con mucho pan en nuestras comunidades para compartir, e invitemos a todos y todas sin distinciones, sin exclusivismos ni discriminaciones, para que el hecho de la cena vaya más allá del acto litúrgico, se convierta en vida, solidaridad y aceptación a otros y otras. Mutemos el significado del Dios que se arrodilla, come y bebe, es decir, demos la bienvenida a todos quienes nos rodean, tal y como son a una verdadera mesa de amor, solidaridad, compañerismo y entrega.

Foto Portada

Adolfo Céspedes Maestre
Universidad Reformada
Barranquilla, Colombia

Facebook/ Adolfo Céspedes Maestre Jr.

2 comentarios en “In memoriam: la comunidad de un Dios que se arrodilla, come y bebe

  1. Excelente siempre quise saber el significado de la Eucaristía y realmente es hermoso si todos y todas nos dispusieramos a celebrar obviando nuestras diferencias

  2. Estimado amigo y hermano. Me parece excelente el intento de fortalecer una espiritualidad centrada en la comprensión evangélica de la eucaristía pero creo que el nacimiento de la comunidad cristiana se da en un primer paso que es el bautismo. Indudablemente ese sacramento de iniciación debe necesariamente clamar por el sacramento de la eucaristía que le fortalece y complementa. También me parece interesante comenzar a explorar si el mandato dado a los discípulos y discípulas del lavarse los pies unos a otros no podría considerarse como un mandato sacramental.

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