El fuego en el que se cocina Latinoamérica

Desde que tenía cuatro años sabía, aunque superfluamente, de qué se trataba el infierno. Gran parte de los niños que nacen en países judeocristianos crecen con miedo a sujetos y eventos paranormales porque en sus hogares les enseñan a sufrir con la afirmación de que hay seres debajo de la cama o asomados en la ventana que les pueden asustar, y lo que es peor, les aseguran  que existe un castigo en el que abundan tales seres malévolos que les acompañarán en el fuego eterno. Jodidos todos pensando más en el coco que en el Mesías.  Como niña latinoamericana rodeada de creyentes, yo también lo creí.

No es posible determinar exactamente en qué momento de la historia y en cuáles lugares inició esta filosofía, pero sí entrever porqué fue fácilmente aceptada por la mitad de los habitantes de la tierra.  Muchas culturas aborígenes, arias, orientales, mediorientales, entre otras, se desarrollaban entorno a leyendas de desdichas posteriores a la vida como pago por equívocos y maldades cometidos en vida. Pero a pesar de las múltiples creencias no creo que haya alguna más cruel, más despiadada, más inhumana que la de considerar una infinidad de días en medio del dolor, sin derecho a resarcirse, porque no hay horror ninguno por más agudo que sea que merezca una pesadilla sin fin como el infierno que predican los cristianos.  ‘Achicharrarse por los siglos de los siglos’ es el infalible destino de casi todos los mortales. Y quizá por esto es tan creíble, por hablar de un dolor insuperable, pero una vez que un individuo se apropia de esta idea los primeros años de vida, difícilmente puede estar tranquilo en situaciones diversas, por ejemplo, al borde de la muerte. Así, pensar en amar a la humanidad y a la vez, aceptar que la mayor parte de esta sufrirá un castigo eterno, es una visión del mundo enfermiza.






La Iglesia Católica y las Iglesias Protestantes comúnmente pregonan aun esta ‘verdad’ basada en la Biblia, y por ello, considerada una idea irrefutable; convencen a las masas de aceptar convertirse a un Cristo lleno de amor, pero que a la vez, es un dios que permite la existencia de un lugar en donde el perdón y el descanso no tienen cabida. Lo peor de todo es que a medida que crece la población humana en el planeta hay mayores problemas  en el mundo, y probablemente esta sea una de las razones por las que la gente afianza su creencia en acontecimientos apocalípticos. Entonces, el terror de algunos fervientes es desmedido, y esto se refleja en el temor que ellos inculcan en otros simpatizantes; ambos tipos de gentes no saben librarse de la culpa que experimentan al no poder cumplir con todas las reglas que, supuestamente, exige el camino estrecho que lleva a los pies de Jesús. Es decir, el Salvador del que tanto hablan es un maestro rajador.

La culpa y el temor son los sentimientos que conforman el motor que guía a las multitudes a hacer el bien, y a los que no, a buscar excusas para justificar sus actos negativos, o peor aún, irreversiblemente destructivos. ‘Peca y reza’ es una buena rima para ellos. Los que hacen cosas buenas por los demás para recibir otras iguales o mayores (como la entrada al cielo) son hipócritas. Los que cometen cosas malas en nombre de su dios, representación del bien, son peores. Bizarros son los casos de las personas que aman con libertad, que no califican de malignos los actos que realizan otros no seguir la moral tradicional. Esos que no son solidarios porque esperen una eternidad de gozo sino tranquilidad aquí en la tierra. Esos que creen en el bienestar que se les debe brindar a los demás, o al menos, el respeto que merecen.

Intentando ser ética y ecuánime, me pregunto ¿La convivencia pacífica y definitiva se dará únicamente sí todas las personas somos escépticas? Mi respuesta es no, definitivamente. Visualizar un mundo absolutamente ateo o agnóstico no asegura paz ni felicidad, como tampoco un mundo lleno de fe. Pero lo que sí pueden hacer las Iglesias posteriores a la Reforma y la Iglesia Católica es predicar valores humanos sin necesidad de aterrorizar a sus feligreses o hermanos. Lo que pueden hacer los agnósticos (difícilmente un ateo con una cosmovisión tan radical) es aceptar que también la religión es una forma de cultura, y por tanto, da su aporte positivo a la sociedad. Ya hoy se ha dado un avance en este aspecto, algunas de las comunidades eclesiásticas han hablado incluso de un ecumenismo (es decir, de una aprobación de la asertividad, al menos de algunas de las características de otras religiones), pero en América Latina no ha sido suficiente. La gallinita de los huevos de oro debe mantenerse ingenua pa’ seguir poniendo.

Entre tanto, sustentar la fraternidad en principios de ética y encontrar felicidad en un mundo más justo y menos señalador aleja al ser humano de su conducta primitiva, de su necesidad de arrepentirse aún por los actos más sublimes y naturales, y por tanto, de considerar a la vida como una realidad indiscutiblemente misteriosa pero no por ello, apenas soportable. Al fin de cuentas, la vida tiene otros acertijos de una esencia menos espeluznante.

 

Por: Mayteé Fuentes Álvarez

Licenciada en español y literatura de la Universidad del Atlántico; Máster en estudios avanzados en literatura española e hispanoamericana de la Universitat de Barcelona.

Contacto: maitaleafe@gmail.com

 

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