EVANGELIO: Capítulo 2 – EL MIEDO Y EL SILENCIO

Zacarías tomó el jarro entre sus manos mientras miraba la habitación, reflexivo y un poco intranquilo. Elisabeth guardaba silencio frente a él. Varios minutos transcurrieron antes que Elisabeth hablara.

– “¿No dirás nada, Zacarías?”, le increpó. “Tenemos una edad avanzada, tampoco me esperaba esto ahora que estamos bajo la mirada de Roma. Pero he esperado mucho para ser madre. No es agradable que murmuren que el sacerdote del templo tiene una estéril esposa maldita. ¿Sabes cuánto tiempo esperé por esta bendición de Dios?”, dijo Elisabeth, dejando la respuesta en el silencio. Dudó un poco antes de seguir hablando. “Sigo alegre pese a sus seis meses de silencio, señor Zacarías. Sigo esperando que usted diga algo. Yo… Perdón. Lamento hablarle así, mi señor. Me retiro a la habitación”.






Zacarías permaneció sentado mientras Elisabeth se retiraba. Unas carcajadas despertaron su curiosidad. Se acercó con cuidado a la ventana para ver de dónde provenía el ruido y divisó a un par de soldados que caminaban en la calle patrullando de noche.

“Hemos sido testigos de tantos abusos y nada de lo que hemos hecho ha resultado”, pensó mientras cuidaba no ser visto desde la calle. “Soy un hombre viejo. El pueblo ha sido amedrentado con asesinatos públicos a los acusados por sedición. No hay manera que pueda organizar una revuelta contra el imperio romano. Todos hemos visto cómo los que lo han intentado, han muerto de formas horrendas y yo, sacerdote del templo, he decidido callar y guardar estas injusticias. Sé que mi muerte sería nefasta para el pueblo. Yo, que soy la voz del pueblo ante Dios, no puedo levantar la voz ante lo que veo”.

Volvió a sentarse con cuidado de no hacer ruido. “Pero el silencio será nuestra revolución. Nosotros, los amedrentados, volcaremos las leyes de Roma en su contra. Ataremos sus manos y generaremos una revolución contra los abusadores, en paz. Los romanos romperán sus propias leyes cuando intenten imponernos su PAX a fuerza de espada. Lograremos nuestra liberación boicoteando sus leyes en revuelta pacífica”, se puso de pie y caminó a su cuarto. “Será una revuelta lenta, pero guardaré las vidas de mi gente. Tan lenta que quizá no alcance vida para confabular con todos los necesarios… Pero mi hijo sí podrá. Mi primogénito llevará esta consigna de libertad, preparará el camino, enderezará las veredas y clamará nuestra libertad en el silencioso desierto. Será quien nos lleve a un reino de paz; el reino de los cielos”, fraguó mientras intentaba dormir en su lecho.

Foto Portada

Por: Dayan Castillo Silva
Escritor
E-mail: infacundo-d_ul@gmail.com

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