Vírgenes que viajan, indios que gritan. Espectropoéticas camperas de lo sagrado en el secano de Lavalle

Salir a campear, andar en el campo en el desierto de Lavalle, no es solamente una actividad ganadera. Salir a campear es salir a encontrarse con la imprevisibilidad del universo. Es decir, es un andar que conecta con el mundo de lo Otro, y que por tanto, conecta con la religiosidad. Salir a campear es merodear y ver qué pasa, qué acontece, si pasa la luz mala, si aparece algún evento imprevisible, con la expectativa siempre de que algo suceda. No importa qué. Aquí lo relevante es la imprevisibilidad de la aparición de alguna figura de alteridad, que ponga ante los ojos esa misma alteridad.

La expectativa, la espera de la llegada imprevisible del otro es el lugar que conecta la religiosidad con la mesianicidad. Mesianicidad no es lo mismo que mesianismo porque no estamos ante la presencia de un Mesías, una figura personal, un cuerpo individual, un soberano. No es que hay un mesías, una persona a la que se sigue. Más bien estamos ante una alteridad radical, múltiple y difusa, sin forma ni contenido preciso y previsible.

La mesianicidad opera en el desierto como estructura de la experiencia, una estructura que es en su esencia nómade. Se anda, se campea, se merodea el desierto en un marco de conexión sensible con el universo a la espera de un acontecimiento imprevisible, lo que sea. Este andar pone al descubierto restos, muertos, objetos de todo tipo: esqueletos, vestimentas, cerámicas, cosas personales, viviendas. Entre estos restos se menciona al Indio, un esqueleto de indio, que en la noche grita, y grita. Pocos saben dónde se encuentra, y quienes lo descubrieron lo han vuelto a tapar con arena erigiéndole una cruz de palos del lugar. Muchas veces le encienden una vela. Es andar es el itinerario que expone a la gente ante las “apariciones”:

“Caminaba por el monte y sentí que pronunciaban mi nombre, no había nadie. La
naturaleza te advierte, te avisa para prevenirte y que reacciones porque te puede
pasar algo (…) algo me está por pasar, pero no voy a tener miedo al lado de la
capilla”. Se me apareció un perro blanco, y sentí que pasó una brisa helada y el
perro desapareció” (H.G)






“(…) las brujas son personas que a partir de las doce de la noche se transforman
en grandes pájaros que vuelan y se ríen con una sonrisa estremecedora, tienen
cabeza de gente y para que no las conozcan, se echan el pelo para adelante”.
(Narración de Doña Margarita Barros).

Las apariciones constituyen manifestaciones de lo sagrado, y tienen voluntad y figura (frecuentemente figura de cabra, de pájaro y de perro). Según el color y la hora de aparición, se asocian a la maldad o a la bondad.

Los aparicionismos son simbolizados por el grupo como actos de fundación. Así, podemos citar como ejemplo la fundación del nucleamiento de Asunción, el cual tiene su origen en la aparición de la Virgen del Tránsito a un antiguo cacique, el cacique Sayanca, quien le donó esas tierras y “pasaron a ser tierra de la virgen”. A partir de ese momento, narran los Huarpes,” la Virgen se convirtió en protectora del poblado… Cada Santo ha tenido una historia en el lugar y lo hace protector”.

Además de Asunción, los nucleamientos centrales son Lagunas del Rosario, San José y San Miguel, los cuales constituyen los emplazamientos de las reducciones coloniales surgidas hacia mediados del siglo XVIII. Estos núcleos residenciales colectivos se fueron consolidando en torno a la capilla.

Cada uno de los centros aparece legitimado por un mito y por un relato fundacional, y se explica por la llegada milagrosa al sitio de vírgenes y santos. Estos centros son los lugares donde se efectúan los rituales religiosos mediante los cuales se sacraliza el núcleo residencial convirtiéndolo así en santuario y año a año se reactualizan como lugares de la fundación, del anclaje de las primeras familias y de los antepasados.

Los santuarios, lugares sagrados complejos que no sólo marcan emblemáticamente el territorio donde se ubican sino que también actúan como base de articulación social intra e interétnica. Es decir que estos núcleos residenciales colectivos funcionan como centros cívico-ceremoniales, es decir, como santuarios, como lugares emblemáticos. Estas áreas se identifican como los lugares de la fundación, del anclaje de las primeras familias o de los antepasados que dieron origen a la comunidad. La figura mítica fundadora en Asunción es la Virgen Virgen del Tránsito protector/a de todos sus habitantes. Estos centros constituyen entonces una corporación de personas agrupadas bajo la protección de un santo, forma de agrupamiento de origen español. Como marcadores de la organización del territorio religioso podemos circunscribir entonces: a) las capillas oratorio, b) las cruces marcadoras, c) cementerio; e) entierros individuales en campo abierto.

Otro lugar sagrado al que se le da un lugar fundante es también la montaña. La montaña es señalada como un lugar sagrado, como fuente de la vida por cuanto es la fuente del agua. De allí baja el agua de deshielo por los ríos. La disposición de los cadáveres en el cementerio con la cabecera-cruz-poniente, representa el lugar de orientación “para que el alma del hombre fallecido ruegue agua para los quedan”. Ello está indicando el lugar de origen en la montaña el cual, siendo fuente de vida, constituye un posible origen mítico.

A la movilidad que implica el salir a campear, se le suma la propia circulación que requiere La rutina ritual-religiosa anual. La rutina ritual-religiosa anual implica desplazamiento residencial temporario, puesto que las familias se trasladan a la vivienda temporaria (la «ramada») durante el tiempo que transcurre el ritual (tres días). Las ramadas constituyen la reconfiguración actualizada de las tolderías, siendo constituidas por cuatro troncos de algarrobo con un techo elaborado con cañas y ramas de jarilla. Cada familia arma su ramada en cada uno de los lugares donde se realizan las fiestas religiosas. Lejos de reducirse a una práctica religiosa, se vincula mucho más a un recurso social local para reproducir la práctica de la itinerancia nómade.

Esta dinámica reactualiza mes a mes garantiza la movilidad la movilidad en la extensión del desierto. Porque son distintas ramadas, las familias se trasladan y la ramada hace de vivienda temporaria. Entonces religiosa está acomodada a ese patrón móvil, a esa idea de la circulación y la movilidad.

Como forma figurativa de nomadismo podemos mencionar la propia imagen del Virgen del Tránsito es una virgen nómade. Es una virgen que ha transitado distintos lugares corrida por por las propias crecidas de los ríos, motivo por el cual le dieron el nombre de “Tránsito”. La historia local cuenta que además fue traída a lomo de burro. Que la trajo un indio desde Chile, a lomo de burro. Y que fue ella quien le doná las tierras del lugar al cacique Sayanca, y ahí se convirtió en protectora del lugar. Es una virgen viajera. Entonces el mismo relato y el nombre tránsito remiten a la movilidad. Tanto de la virgen como de la misma gente. El nomadismo es una forma de vivir, de sentir, pensar y estar en el mundo.

Los curanderos también circulan, van y vienen, recorren pueblos y viviendas variadas.
Con todo, el etnocatolicismo es una construcción muy particular de la religiosidad y de la relación con las figuras sagradas. Es una forma de configurar la vida-en-común. Es una religiosidad nómade, que además de conectar con las figuras sagradas actulaiza , garantiza la circulación nomádica. No es cualquier catolicismo, es un catolicismo recreado, actualizado, con buena parte de figuras y relatos indígenas, tanto en la representación, en la estructuración de la sensibilidad como en la ritualización. Vírgenes que viajan, indios que gritan. El viaje y el grito son lugares donde se manifiesta la potencia, la fuerza de la vida.

Por: Leticia Katzer
Teóloga / Escritora
Facebook: Leticia Katzer

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