Imágenes de Dios: El mafioso Pablo Escobar

Los pasos del Maestro de Galilea sobre esta tierra dejaron huellas imborrables en cientos de miles, e incluso millones de personas a lo largo de la historia alrededor del mundo. A primera vista, este hecho podría generar admiración, pero escarbando un poco, hay que reconocer que lastimosamente esas huellas fueron y han sido desdibujadas por la interpretación que se le dieron a dichos pasos.

Así es que hay que asumir con responsabilidad el hecho histórico que se desprende del ejercicio religioso cristiano en sociedades anteriores a la nuestra, en donde la guerra, el temor y la coacción, han sido armas del proselitismo evangelizador del mensaje de un Cristo que dijo todo lo contrario a estos actos.

Y en Colombia hemos tenido y tenemos nuestros propios Mesías, quienes lejos de la piedad, pero con un contundente discurso,  han engañado a sus seguidores y a extraños, proyectando su propia imagen benévola, en medio de todo un desastre cultural, social y religioso.

Aunque pueda resultar paradójico, lo cierto es que la imagen proyectada de una divinidad, no necesariamente obedece a su esencia, sino más bien al constructo hermenéutico de las sociedades que las crean y adoptan como propias, reflejando de alguna manera en ellas su propia idiosincrasia y adjudicándoles así mismo su status quo.

Entonces en el cristianismo se encuentran multiplicidad de imágenes de Dios, algunas construidas desde los relatos veterotestamentarios, otras desde la teología de Pablo el Apóstol, otras desde lecturas escatológicas proféticas y en menor medida, desde el mismo Jesús.






Entender que los anteojos que usemos al momento de la lectura determinará nuestra comprensión del texto, se hace completamente necesario si es que queremos hacer una teología que nos proyecte una imagen más o menos cercana a la verdadera esencia de Dios.

Es aquí cuando aparece Jesús tratando de centrar la atención en él (o en su discurso, tanto dialéctico, como en la praxis de sus postulados). En el evangelio de Juan, capítulo 5, versículo 39 hace una sentencia bastante escandalosa y pertinente.

“Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (LBDLA)

Una declaración que viene en línea con la Cristología que desarrolla el autor desde su primer capítulo, especialmente en el versículo 18.

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (RV1960)

Es como si el escritor nos estuviera advirtiendo que las imágenes que habíamos construido del Padre, no reflejaban exactamente el carácter de este, como si aquellas visiones de Moisés y los profetas, en realidad hubiesen estado distorsionadas, y ellos, aunque creyeron verle, en realidad no lo hicieron.

Este par de textos no andan como huérfanos en el discurso del Maestro de Galilea, sino que están en línea a declaraciones tan groseras, como que Él es el camino, la verdad y la vida; o que sólo en su nombre hay salvación y vida eterna, agua y pan, vida en abundancia, agua viva, etc.

Pero la particularidad de su revolución está justamente en que no sólo su discurso llevó al límite a sus detractores, sino que sus comportamientos y su vida, fueron en línea de sus palabras, lo cual, lo llevó inevitablemente a la muerte. Su mensaje no podía permitirse en tiempos en los que la opresión desde la mentira y la violencia paseaban las calles polvorientas de la humanidad.

Si escucháramos entonces a este hijo de Dios, quien se hizo hombre para enterarse de primera mano de los rumores que se escuchaban en los pasillos celestiales, dándose cuenta en carne propia que quien la vive es el que la goza, dejaríamos de leer las Escrituras con lentes del Antiguo Testamento, con las gafas rayadas del apóstol Pablo o las de sol ennegrecidas por el miedo de las profecías apocalípticas. No. Lo que haríamos sería escudriñar las Escrituras desde la perspectiva del Carpintero de Nazareth, aquel que estaba en el seno del Padre y lo conocía, dándonoslo a conocer.

Pero volviendo a nuestros propios mesías criollos, emerge uno macabramente aceptado por muchos. Tan bipolar como nuestra sociedad colombiana; sumamente bueno y malvado, querido y odiado, divinizado y humanado. El Patrón, Pablo Escobar.

Un narcotraficante que con su dinero a costa de la miseria, trajo progreso y bienestar a cientos de familias pobres paisas [1]. Un inteligente malvado que llegó a ser honorable Congresista, político que compró conciencias y votos, leyes, diversión y sexo. Todos los ingredientes para mitificarse y divinizarse.

Pero de su vida bien se podría tomar prestada una frase para efectos prácticos de nuestra propia imagen de Dios; una que dicen pronunciaba como sentencia en contra de sus enemigos y detractores, la cual decía, palabras más, palabras menos, algo así como, “…a ese tráigamelo que yo lo mato, lo entierro, lo desentierro, lo revivo y vuelvo y lo mato”.

Una imagen bastante parecida al Dios cristiano que aún en pleno 2017, muchos creyentes todavía proyectan, predican y adoran. Un Dios que usa las catástrofes naturales para matar a sus enemigos, para luego revivirlos el día del juicio final y luego condenarlos a muerte. Uno que no tiene problema en dar su veredicto de pena capital por delitos menores, o delitos que cometieron los padres, e incluso abuelos y bisabuelos del imputado.

Uno que está tan sediento de sangre, que al no ser satisfecho con la de miles de personas que en el pasado murieron a través de esas mismas catástrofes y castigos, tuvo que derramar su ira en su propio hijo, pues la de él fue la única que encontró suficientemente dulce y aromática para apaciguarse. Al final no se sabe si la humanidad fue salva del diablo o del mismo Dios.

Indudablemente estas líneas pueden resultar un tanto perturbadoras, pero dicha imagen habla más de sus seguidores, que de la divinidad que representan. Es entonces cuando las palabras del carpintero a través de la parábola de los talentos nos da una pequeña luz sobre la profundidad de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.

Allí, en Mateo 25, el autor nos deja entrever que la condenación del siervo inútil vino exactamente de la imagen errada que este tenía de su señor. ¿Cómo decía que el dueño del dinero recogía donde no había esparcido y cosechaba donde no había sembrado cuando él mismo había recibido su talento? ¡Oh, vaya! Sí que hay que cuestionar nuestras imágenes de Dios y dejar de confiar tanto en lo habíamos escuchado de él. Jesús nos puede salvar de todo esto.

Así que en medio de tanta mafia y traqueto [2], ¿Cómo es que vamos a encontrar al Dios Entre Nosotros?

David (2)Por David A. Gaitan
Periodista – Pastor
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Twitter / @dabycito


Notas:

[1] Gentilicio popular para los habitantes de la ciudad de Medellín y el departamento de Antioquia en Colombia.
[2] Adjetivo usado en Colombia para describir a narcotraficantes, malandros u hombres ricos que han obtenido sus poseciones a través de ejercicios ilícitos

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