Evangelio: Capítulo 3 – El Bastardo

María estuvo algunos días sanando sus heridas, hasta que notó que su periodo de inmundicia tardaba más de lo regular. Ya había deshonrado a su padre y presentía una noticia peor, así que decidió visitar a su prima Elisabet.

Cuando Elisabet vio entrar a María por la puerta con su rostro angustiado, supo de inmediato que estaba embarazada. Entonces Elisabet, llena de dolor, la reconfortó:






“¡No estés angustiada, María! Eres otra entre muchas doloridas, pues tu adulterio y la mancha de tu pecado delatan tu maldad. Quita la tristeza de tu rostro que el bebé que cargas en tus entrañas está lleno de alegría y esperanza. También estoy embarazada, ¿no es, acaso, misericordia de Dios que el hijo de esta anciana que fue estéril y la niña que tú eras compartieran su periodo de preñez para que nuestros hijos salten y jueguen juntos mientras crecen como primos? ¡Mi bebé ya salta de alegría dentro de mi vientre! ¿Por qué habrías de venir a mí para interrumpir tu embarazo a riesgo de tu vida? Dios sabe que serás salva criando y enseñando al niño que llevas en tu vientre. Él aprenderá de ti todo lo que le quieras enseñar. Deja que él tome tu lucha y Dios conforte tu dolor”.

Entonces María la abrazó, y sus gratitudes hacia el consuelo de su prima se convirtieron en llantos y le contó cómo el señor Pantera, soldado romano, se había fijado en ella para poseerla y cómo cada día, desde entonces, juró, llena de ira y venganza, por el brazo poderoso de Dios, que su hijo habría de derrocar al imperio de Roma y devolvería la libertad a los abusados y el pan a los hambrientos de su pueblo, quitando a esos invasores todo lo que les habían robado.

El secreto pareció esconderse de todos, excepto del silencioso Zacarías, quien se convirtió en el mejor confidente de su casa. Por eso, nadie se enteró cuando abrió su boca para profetizar a María cuando se enteró su embarazo. De todos modos, María tenía que escuchar la voz del varón anciano Zacarías, Sacerdote del templo y profeta del ángel del señor.

“¡Dios te salve, María! ¡Bendita tú entre todas las mujeres! Porque de tu vientre, María, nacerá el libertador de Israel, el Mesías guerrero que cambiará al mundo”, fue la palabra de Dios en la boca de Zacarías, quien pensó, mientras creaba su profecía, cómo sus astutas palabras mantendrían más seguro a su hijo en su revolución pacífica, si el bastardo en el vientre de María crecía para convertirse en un distractor. Mientras Roma mataba a ese romano, el reino de los cielos se expandiría por todo el lugar. Al fin y al cabo, el hijo de Zacarías, sacerdote de Israel, debe ser el verdadero libertador”, pensó Zacarías mientras veía partir María, quien caminaba segura luego de tres meses de consuelo y nuevas convicciones, pues en sus entrañas se gestaba el hijo de Dios.

Por: Dayan Castillo Silva
Escritor
E-mail: infacundo-d_ul@gmail.com

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