El mito como base primaria de fe

En mis primeros años de vida, recurrentemente tenía pesadillas en las noches. Aquellos sueños son difíciles de olvidar por la particularidad de los mismos. En alguno de ellos, yo estaba realizando cualquier actividad cuando de repente sentía vértigo en mi cuerpo; inmediatamente me percataba de ello, me daba cuenta que estaba volando hacia las nubes, pero había un par de detalles que me resultaban estremecedores. En primer lugar, le temía a las alturas y sentía que en cualquier momento me caería; en segundo lugar, odiaba los parques de diversiones, especialmente las montañas rusas y las velocidades vertiginosas.

Generalmente cuando despertaba, asociaba aquellas escenas al arrebatamiento, sin embargo esta asociación traía cierta decepción y desasosiego, pues si se supone que este sería el mejor momento de mi vida, en el que me encontraría con el Señor en las nubes, ¿Por qué habría de infundirme miedo y preocupación?, interrogante que no habría sido resuelto sino hasta que me encontré con la teología reformada y entonces supe que no creer en el rapto también es una opción.

En medio de las comunidades pentecostales en Colombia durante los años ochentas y noventas, era común encontrar un sinnúmero de mitos y leyendas alrededor de los dogmas evangélicos que se enseñaban desde los púlpitos del domingo. Aún están en mi memoria historias sobre la macabra situación de varios pastores que estaban ardiendo en el lago de fuego y que nos habían mandado su mensaje a través de la hermana Rigoberta, a quien Dios le permitió ir al cielo y al infierno para que viera y nos avisara que así como dichos pastores, algunas hermanas sufrían el tormento eterno por no usar en vida las faldas largas, ni los cabellos largos, ni las lenguas largas (yo sé, este chiste ya está muy viejo).






Muchos niños fuimos víctimas de otras tantas historias que provocaban tal temor en los padres sobre nuestro bienestar físico y espiritual, que nos prohibían ver los pitufos porque Dios le había mostrado al hermanito Arturo que estos eran diabólicos, demonios que habían tomado cuerpo a través de ellos y que su misión era robarnos la paz y causarnos pesadillas. Lo paradójico era que las mías eran causadas por la esperanza suprema, el retorno del salvador. Y ni hablar de los moto ratones de Marte, los caballeros del zodiaco o los simpsons, creaciones del demonio para que nos alejáramos de la fe y dejáramos de congregarnos como muchos tienen por costumbre, dejando también como consecuencia, de llevar el diezmo.

La vida continuaba y el mito crecía conmigo. Hoy día recuerdo con simpatía uno en particular. Este se escuchaba en los pasillos de la mega iglesia a la que me afilié por unos cuantos meses, y causaba terror cada vez que se difundía, así como cuando había reunión de jóvenes.

Imagínate lo que pasó una vez con el pastor Castillos*. Resulta que él venía de una semana de santificación, y entrando al coliseo decidió saludar a todos los jóvenes antes de iniciar la reunión. De repente, un muchacho se le acercó feliz a saludarlo y a recibir unción de bendición. Tan pronto como le da la mano para estrechársela, el pastor Castillos le dice, ‘¿Con esa mano con que saludas a tu pastor te masturbas?’

Ese mito reforzaba una creencia colectiva, mientras infundía un temor exacerbado en los jóvenes hacia las autoridades eclesiásticas, trayendo consecuentemente respeto, subordinación y lealtad, especialmente con el ministro principal. Un temor parecido que se experimentaba en medio de la iglesia mediana cuando recibía la visita del profeta de turno, quien tenía fama de ser acertado y avergonzar al diablo, descubriéndole en público a la gente los pecados ocultos que no había confesado delante del Señor. ¡Vaya terror!

Puede que las historias que se esconden detrás del mito hayan ocurrido o no, pero este es un efectivo canal de comunicación del mensaje que se quiere transmitir, y por su naturaleza, generalmente trae consigo sentimientos que contribuyen al momento de empujar al individuo a tomar ciertas decisiones en beneficio de tal mensaje.

Mitos hay de todos los colores, aromas, sabores y calidades; para todos los gustos. Como aquél que creen muchos que afirma que existen textos originales de la Biblia, o que el pastor que en el púlpito condena a los predicadores que cobran las entradas a sus charlas o escriben libros, no recibe gruesas ofrendas cuando predica o por las ventas de sus propias publicaciones.

O aquellos que le creen al predicador que acaba de salir de un ayuno de cuarenta días, o al que afirma que en Latinoamérica no se ha predicado el evangelio, o a quien declara tener la sana doctrina. Mitos, leyendas, historias que sirven a un fin, una agenda más allá de lo evidente y que refuerzan la fe de miles que las escuchan, las interiorizan y las dogmatizan.

Por esa razón resulta, como mínimo curioso, que cuando las ciencias blandas proponen que textos muy antiguos puedan estar permeados por el mito, todos pierdan la cabeza.

*Nombre cambiado para proteger la identidad del mito

David (2)Por David A. Gaitan
Periodista – Pastor
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Twitter / @dabycito

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