Carta a mis dos hijos, mientras me alejo de la patria maldita

Queridos hijos:

Sé que mucho de lo que van a leer en esta carta abierta lo hemos conversado. Se preguntarán por qué entonces he decidido dejarles esta carta en un medio digital abierto a todo público. La respuesta es: miedo. Sí, sé que hasta ahora me han visto emprender toda clase de acción en medio de cualquier dificultad, pero esta es la verdad: tengo miedo.

Muchas veces les he dicho que el miedo no debe ignorarse, hay que afrontarlo, reconocerlo, abrazarlo y a pesar de su influencia seguir adelante. Mi miedo hoy es el olvido de mis intentos y mis palabras. Por eso quiero sellarlas en una carta, con la estúpida esperanza de que cada cierto tiempo ustedes dos vuelvan a ella y me encuentren en las palabras escritas.

Hoy quiero repetirles lo que tanto les he dicho: ésta no es su patria. Y, aunque para ésta hora no estaré en el país donde les abandono, digo ésta porque ningún pedazo de tierra es patria alguna, no quiero que sean víctimas de verdugos habilidosos con las palabras y conceptos. Que nadie les engañe: no hay pertenencia, éste país (ese, porque ya no estoy donde ustedes sí) no les pertenece, ustedes no fueron sellados al nacer, y no le deben amor a un pedazo de tierra que ha sido conquistado por bandidos.

Seguirán intentando formarlos bajo parámetros convenientes. Les harán entonar un himno descontextualizado, parados firmes, con la mano en el pecho, obligándolos a sufrir un sentimiento condicionado.

Yo les pregunto, hijos, ¿qué sienten cuando escuchan la voz de su madre? Eso sí es un amor no condicionado, no aprendido; no es coacción, es sentimiento natural. Pero eso que les obligarán sentir no es amor, es una cadena que les atará a un ideal de patria que es conveniente a quienes controlan el concepto, y ustedes serán esclavos. ¡Huid de tales pasiones mundanas!

¡No améis esta tierra de bandidos! ¡Tierra maldita por hombres malditos! ¡Quién os enseñó a huir de la ira venidera!—del amor, cobardes, de la paz, miedosos, ¿acaso no sabéis que no hay mayor ira que la del amor y la paz? ¡Por supuesto que lo sabéis, hombres malditos que os inclináis a esclavizar por temor al bienestar!—¡No os conforméis a este siglo, hijos míos!—a este siglo de conceptos que esclavizan, de mentalidad de pobres, de míseros—¡Os exhorto, hijitos, desconoced esta patria y reclamad vuestro derecho a ser de nadie!

Sí, me he ido, y les confieso, hijos, mis pies no terminan de andar ni mis ojos se animan a ver el horizonte. Pero no es la patria lo que paraliza mis pies y nubla mis ojos. Es saber que no puedo llevaros conmigo; traeros, quiero decir. Anhelo regresar por vosotros, cuál Cristo ascendiendo en una nube, contemplando a la multitud, lamentándose y deseando que tan torpe multitud fuese capaz de dispersarse, predicar en las calles, provocar a los reyes, morir crucificada para resucitar al tercer día y seguirle a él en el ascenso. Pero no soy un Cristo, por eso no me veis crucificado, esperando la muerte para escuchar la voz del Padre, para esperar que los ángeles muevan la roca que me retiene en una patria maldita que es igual a la muerte, y salir triunfante. No, no lo soy, y vosotros, hijos míos, no sois tampoco una multitud torpe. Por eso volveré por vosotros dos y he aquí os digo que si el trigo cae en tierra no muere, queda solo, sí, pero si muere da mucho fruto.

¡Ay, que os hablo en parábolas para aguantar las lágrimas que arrastrarían mis palabras como el Orinoco se lleva las piedras, río bravo, río bravo, que me voy!

Vosotros seréis mi fruto, hijos, lo sois desde que nacisteis. Y por vosotros me voy, deseando encontrar un pedazo de tierra donde pueda brindaros la libertad que merecéis, dispuesto estoy a pagar con la vida por vosotros dos. Que no es mía mi vida, desde que nacisteis no lo es. Así como no es mía esta patria ni de vosotros; esa patria, quiero decir.

Prometo que volveré, he aquí mi miedo: que no entendáis mi esfuerzo, que olvidéis mis intentos y perdáis de vista la coherencia de mis decisiones. Pido perdón por irme, así como antes de irme les pedí perdón tantas veces por quedarme. Perdonad mi mirada triste de ayer, mis ojos nublados quieren creer en el reencuentro, lejos de toda patria, en el hogar… Vosotros dos y yo, el hogar.

Siempre vuestro,

Papá.

Por: Gusmar Carleix Sosa Crespo

Escritor – Socio en Luna Azul Ediciones

Correo: gusmarsosa@hotmail.com

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