Fe: la vía positiva.

No. Cuando hablo de fe no hablo de religión. Cuando hablo de fe, de hecho, hablo de todo menos de religión.

Desde el comienzo, desde que los seres humanos se comienzan a relacionar unos a otros, han tenido la necesidad de expresar la forma en la que ellos concibe la realidad. Tal como un tambor comienza a latir en resonancia con las personas que escuchan su ritmo, todo relato de fe que compartimos en una comunidad, busca generar empatía en el otro, sin comprobar si es verdadero o falso. Y así, las dudas que sienten unos, se transforman en las dudas de todos; ¿Qué somos? ¿Qué es todo? ¿Cuál es nuestro origen? ¿Qué pasa con nosotros al morir? Las dudas existenciales que posteriormente la filosofía abordaría desde su amor a las preguntas por la vía negativa, forjarían en las comunidades la necesidad construir posibilidades por la vía positiva.

  “Tal como un tambor comienza a latir en resonancia con las personas que escuchan su ritmo, todo relato de fe que compartimos en una comunidad busca generar empatía en el otro, sin comprobar si es verdadero o falso”.

Si bien, esta vía negativa es un proceso por el cual la mente trata de alcanzar la verdad sobre su objeto mediante la negación de lo que es y no a través de la afirmación de lo que es, en la dialéctica, el momento negativo es aquel en el cual examinamos críticamente un enunciado a través de la afirmación de su contrario.

Sin embargo, la vía positiva es la construcción de las infinitas posibilidades de lo que sí es en la ficción de las probabilidades. A estos relatos que intentan responder dudas existenciales por la vía positiva es a lo que llamamos un “relato de fe”, que también se puede comprender como se gestaba desde los orígenes de la humanidad. Como un relato etiológico.

La etiología (en griego: explicación de la causa) es un relato, oral o escrito, por medio del cual se pretende explicar una tradición, una institución, un nombre, un rito, un fenómeno de la naturaleza, etc., cuyo significado original se ha perdido (L. Alonso Schökel). “Por tanto, es la explicación refleja para fundamentar la existencia de una realidad que se experimenta históricamente. El punto de partida de la etiología es siempre el presente y su camino se dirige a recorrer hacia atrás el desarrollo del suceso del que se está hablando. Las modalidades expresivas de la etiología pueden ser sumamente variadas y, como tales, pueden afectar al patrimonio expresivo cultural intemacional, incluida la forma del mito, que tiene como característica propia ilustrar el suceso realmente ocurrido que dio origen, en un tiempo no cuantificable, a la situación que ahora se vive” (L. Duch, Ciencia de la religión y mito, Abadía Monserrat 1973).

Este tipo de relatos etiológicos eran los que permitían a la comunidad establecer vínculos de convivencia, aunque eran aceptados como relatos inciertos, pues era divertido juntarse junto al fuego bajo una noche estrellada a escuchar las bellezas versadas sobres las construcciones del universo, que era hasta donde alcanzara la vista. Las habilidades del relator, hacía que ellos sintieran más confianza. Los griegos habrían dicho de tal relator que estaba bendecido por la diosa Pistis (Πίστις) la personificación de la confianza y fiabilidad; los romanos de su versión latinizada de la misma diosa, Fides, que en nuestro español, por traducción, conocemos por FE.

Por eso, cuando hablo de fe, hablo de lo que la religión nos ha arrebatado. Hablo de relatos, de las expresiones de confianza desde nuestras particulares cosmovisiones, las que han quedado relegadas a aquellos que se arrogan el derecho sobre un relato fe y lo posicionan como la “verdad” por ser validado por muchos, rompiendo el arte sobre la incertidumbre para transformarlo en la certeza sobre la ficción en lo que se conoce como una “falacia ad populum” (si la mayoría dice que esto es cierto, debe ser cierto). Transformando, de este modo, a la religión en una de las primeras figuras sociales en coartar el pensamiento creativo y construir un palacio defensor de una “verdad” sobre los cimientos de mentiras.

  La fe no es un conjunto de reglas dogmáticas que conforman una religión. Eso es lo que la religión construyó de ella.

Søren Kierkegaard, en su libro heterónimo “Temor y Temblor“, afirma que la decisión de aceptar el relato de fe no está fundada en, ni necesita de, la justificación racional. Ese es el fideísmo de Kierkegaard, el “salto al vacío”. La “angustia” misma del existir. La creencia innata de vivir, el relato primo sobre nuestra existencia, aquel relato con el que vibramos de sólo pensar en nuestra muerte al estrellarse nuestra cara frente al pavimento luego de saltar de un edificio de 50 pisos.

Cuando hablo de fe, hablo de aquello que siento cuando veo a María Paz Grandjean interpretar el discurso final en “La Mala Clase“, obra de Luis Barrales.

Cuando hablo de fe, me refiero a la sensación de movimiento en el cosmos en “La Notte Stellata sul Rodano” de Vincent Van Gogh.

Quiero creer en esos mundos porque son los que me mueven desde adentro. Esos futuros posibles me alimentan y nos alimentan a todos. Nos muestran las posibilidades, nos dan esperanzas, son nuestras utopías. Esos discursos son en los que quiero confiar. Esos son mi fe.

La fe es todos esos relatos que hacen mis recuerdos y articulan mi historia. Soy yo en los relatos que he escrito con mis decisiones tomadas por valor, cobardía u omisión. Mi fe es el relato que construyo desde la interpretación de mi pasado hasta las utopías por las que lucho para cambiar mi futuro; aquel relato que nace conmigo para morir y trascender en tu recuerdo.

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